Tres avenidas albergan la inseguridad
del primer anillo
Adictos. Una ‘clefera’ no se hace ningún problema por drogarse en la avenida Uruguay. La foto fue tomada a las 19:25
En sólo tres cuadras hay 17 bares, pero no están en la misma
zona, sino dispersos en las avenidas Cañoto, Uruguay y la calle Vallegrande que
colinda con la avenida Irala.
Cada uno con sus peculiaridades, forman en cada avenida el epicentro de lo que
se viene a denominar zonas rojas.
En la Cañoto, a un par de cuadras de la ex terminal de buses, estas choperías
funcionan también como prostíbulos camuflados, aunque cada vez son más
evidentes.
Cerca de allí, en la cuadra del cine Metro, las choperías tienen la peculiaridad
de que se han dado infinidad de casos de ‘pildoritas’.
“Uh, cada rato aparece un ‘pildoreado’ ahí enfrente”, asegura Ramona, una
vecina, y cinco denuncias, de 22, en el puesto policial del frente (ex terminal)
corroboran su versión.
Según el policía Erland Castillo, uno de los encargados del puesto, diariamente
se reciben entre dos y tres denuncias y la mayoría son de robos. Una de las
modalidades es el de las ‘pildoritas’, pero también se presentan casos de
peleas, incluso con consecuencias graves, como acuchillados, por ejemplo.
No obstante, las estadísticas no son muy claras, ya que los delitos no siempre
se denuncian o no se reportan directamente en el puesto policial más cercano.
Mediante los partes policiales se puede tener un panorama de lo peligroso que se
ha vuelto la zona. En marzo se han dado seis casos de asaltos violentos e
incluso uno fue de muerte (ver columna).
Un joven murió a causa de siete puñaladas en plena avenida Cañoto y otro se
salvó, apenas, tras recibir tres.
Un ebrio que paseaba por el Palacio de Justicia fue a dar al hospital con tres
costillas rotas después de ser asaltado.
Y lo más insólito fue el asalto, a media mañana, contra el propietario de un
Suzuki Vitara.
Infinidad de casos se dan de robos de celulares, cadenas y bolsos en estas
zonas. La presencia de colonias de cleferos en las jardineras de las avenidas
son un aviso del potencial peligro que existe.
Hay puestos policiales en la ex terminal y en el parque El Arenal, pero no
cuentan con las comodidades necesarias para poder cumplir mejor una tarea de
seguridad, sobre todo en la prevención.
Isabella Prado / Psicóloga social
Vivimos en una sociedad
desestructurada
Lo que sucede en las
zonas rojas del centro es una síntesis de lo que pasa en toda la ciudad. Por
supuesto no es el único lugar donde existe peligro, pero es lo que vemos más
seguido porque tenemos que pasar por ahí.
Esto es un reflejo de una sociedad desestructurada en la cual vivimos, donde la
familia ha dejado de ser el centro. Por eso, cuando no hay una familia que lo
ampare, el joven va a optar por la calle, y por ende, tiene mayores
posibilidades de caer en el vicio y la delincuencia.
En ese sentido, encontrar soluciones al problema no es tan sencillo, porque son
varias causas las que se deben tener en cuenta.
Por un lado, no existen políticas que brinden alternativas a los jóvenes. Por
ejemplo, en algún momento funcionaron los centro culturales de los barrios y eso
generó actividades para los jóvenes. Ésa es una manera de prevenir la
delincuencia y es mucho más barato que las medidas coercitivas. No basta con
encerrar a los drogadictos que están en las calles, porque el problema igual
continúa. Es un asunto mucho más complejo. Tampoco basta sólo con establecer
políticas alternativas para los jóvenes. Éstas, y otras más que se puedan dar,
son medidas complementarias.
Los mercados atraen a los
malvivientes
No es casualidad que las zonas rojas se encuentren asentadas
en las inmediaciones de los mercados. Según Isabella Prado, responsable del
Programa de Formación Ciudadana, esto simplemente se explica porque en los
mercados hay más ‘clientes’ para los delincuentes.
Esto se agrava ante la pasividad que existe en las leyes y autoridades contra
los que venden artículos robados.
Tanto en Los Pozos como en La Ramada existen los llamados ‘cachivachis’ o
‘tantakatos’ donde se ofertan sin ningún pudor artículos robados de diversa
índole. En otras partes de la ciudad sucede lo mismo.
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