Un claro maquiavelismo conllevan los cuestionarios con que
ciertos medios de prensa abordan a hombres públicos de importancia. Micrófonos y
grabadoras por delante, las cámaras emitiendo constantemente cegadores
relámpagos, los cuestionadores del cuarto y todo poderoso poder del Estado, se
ensañan de lo lindo con esas sus sartas interminables de preguntas maliciosas.
Cuando correspondería aprovecharse la presencia de los que conducen los destinos
nacionales para preguntar, por ejemplo, qué se está haciendo con la finalidad de
mejorar la calidad de vida de los bolivianos, miserablemente se saltan, ignoran
ese cuestionamiento y salen con la pregunta de la que se espera obtener la
respuesta que haga brotar roncha.
De pronto, y de manera insólita, son más importantes los dimes y los diretes que
los problemas y las crudas realidades entre las que nos debatimos
angustiosamente. Lo que se dijo o lo que no se dijo, públicamente o en charlas
de café o se escuchó por radio-cocina, se vuelve vital cuando queda franca la
oportunidad de presentar un cuestionario a un jefe de Estado, a un ministro, a
un líder en fin. El bombardeo de preguntas, micrófonos y grabadoras en ristre,
más las cámaras disparadas a full, está centrado en el propósito de prender o de
avivar hogueras de discordia.
"Señor Presidente, que usted dijo y que usted no dijo y que la CAINCO protestó y
la CAO replicó cerrándole sus puertas. ¿Qué opinión le merece lo que se dijo o
lo que no se dijo, lo que se hizo o lo que se dejó de hacer?" Y al Presidente
acosado, el micrófono y la grabadora que le queman las narices.
No se pierden una a la hora de hacerse eco de los agravios que a veces ni
siquiera lo son o que por lo menos no llevaron esa intención. Y tomándose muy a
pecho el presunto agravio, salen veloces a la pesca de la réplica. Por ese medio
ya poco edificante es que prenden el fuego y por ese mismo medio es que lo
avivan.
Luego se resisten obstinadamente a aceptar la prudente actitud evasiva, el
implícito "sin comentario", la cautela, la elegante salida por la tangente. Son
inadmisibles todas estas actitudes serenas. El negocio de los cuestionadores de
todos los días es prender la hoguera y si está prendida, avivarla. El negocio de
los cuestionadores es lograr que corra la sangre, que unos a otros, en esta
áspera viña del Señor, nos comamos a dentelladas el pecho.
Poco llama la atención, poca bola les dan, los cuestionadores de micrófonos y
radiograbadoras en ristre al que suministra la buena nueva en sentido de que en
el país reinan el orden y la paz, de que han disminuido los oprobiosos índices
del analfabetismo, de que se han dado pasos trascendentales para mejorar la
salud de las comunidades, de que el país está dando buenas notas en el concierto
internacional, de que logran significativa efectividad los sistemas de
protección de nuestros niños. Para recoger las noticias de buena índole, no hay
micrófonos ni grabadoras en ristre, ni cuestionadores en abundancia crucificando
virtualmente a los portavoces.
Lo válido, lamentablemente, es todo lo que puede mantenernos en ebullición,
dentro de la misma olla y el vapor al máximo de la resistencia. Da pena
aceptarlo pero, realmente, así es como se dan las cosas.
El tiluchi
Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina
Avecilla casi doméstica.
La hubo en abundancia, dueña y señora de los viejos canchones de nuestras
también viejas taperas.
Ejemplo de laboriosidad.
Sin más instrumento que su frágil pico construía su casita de arcilla que no
reblandecía ni el diluvio universal.
Hasta ahora se ignora de dónde el tiluchi extraía su impermeabilizante.
Sospechan que vía contrabando lo metía desde los Estados Unidos.
Contagiado de la indiferencia que afecta hasta a los que crean, ahora el tiluchi
no construye su casita.
Prefiere vivir en una propiedad horizontal.
Es más caro y hay que pagar en dólares.
Pero es más cómodo.
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Con el indefenso tiluchi se la han agarrado los que les ponen letras a nuestras
alegres y chispeantes músicas folclóricas.
Y qué disparates los que dicen de la pobre avecilla indefensa.
Para empezar, hablan de su melódico canto.
De todo tiene el canto del tiluchi, menos de melódico.
Podría decirse metálico.
Podría decirse vigoroso.
Pero melódico, ¡que el buen Dios nos asista!.
Es tan melódico el canto del tiluchi como el ruido que produce una lata golpeada
por un palo.
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Pero el colmo de los colmos es mayúsculo aún.
En otra de esas letrillas con que se hace trizas nuestra música folclórica, se
presenta al pobre tiluchi frente al carao.
Para los que no están bien informados, es necesario hacerles saber que el carao
es una especie de ave zancuda.
Algo más grande que una garza, con la que comparte el hábitat de los lagos, las
lagunas y las aguadas que se forman los días lluviosos en las pampas.
Salvando las distancias, el carao viene a ser algo así como Goliat.
Y a su lado el tiluchi resulta más grande incluso que el bíblico David.
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Pues bien, algún inspirado letrista no ha titubeado en colocar frente a frente
al carao y al tiluchi.
Y no sólo por un golpe del azar o más bien por azares de la naturaleza.
¡No señor!
El letrista nos pinta al carao y al tiluchi mirándose tiernamente.
Revenidos de amor.
Flechados sus corazones.
Particularmente, nunca quisiera estar en el papel del tiluchi.