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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 25, Marzo de 2005

../images/blanco.gifLo matamos entre todos



Paulovich ®®La noticia de perfil

Continúo con mi relato de lo que sucedió aquellos días en Jerusalén. Nos habíamos quedado en aquel momento cuando Jesús y sus apóstoles se habían trasladado al huerto de Getsemaní para orar, poniéndome cerca de ellos para no perder un solo detalle de los hechos importantes que sucederían.
Vi que Jesús oraba y empezó a angustiarse de tal manera que le salieron algunas lágrimas y empezó a transpirar sangre ante la certidumbre de que su muerte estaba próxima, y me conmovió al percibir que dirigiéndose a Dios Padre le decía algo parecido a que sentía miedo a los tormentos y a la muerte, pero que se cumpliera Su voluntad.
Casi todos los apóstoles no habían podido aguantar el sueño después de haber comido y se durmieron al igual que muchos lo hacemos durante la misa, cuando nos topamos con un cura aburrido. Jesús se había quedado prácticamente solo y mirándome despierto, un poco más allá, me dijo con sus ojos: “Ya lo ves, todos se han dormido...”, y al poco tiempo se escucharon voces de una patrulla judía que, guiada por Judas, se acercaba a capturar a Jesús.
Corriendo fui hasta los apóstoles y los desperté diciendo: “Han llegado unos judíos para capturar al Maestro, despiértense y vamos a defender a Jesús porque la patrulla está armada y quieren capturarlo como si fuera un delincuente o un malhechor”. Entonces vi que Judas se adelantó a los captores y se acercó a Jesús para darle un beso en la mejilla, que era la señal convenida para que lo capturasen.
Me parece que fue San Pedro el que primero reaccionó y sacando su espada le cortó la oreja a uno de los judíos, pero Jesús lo reprendió; agarró la oreja que estaba en el suelo, la untó con su saliva y la volvió a colar en su sitio porque Jesús no creía en los métodos de violencia.
Cuando Jesús era conducido por sus captores judíos a las casas de sus principales dirigentes, todos sus amigos desaparecieron, aunque yo me puse detrás de un árbol para que no me vieran y desde allí les grité: “¡Judíos abusivos, suéltenlo!”. Y nuevamente me oculté tras mi árbol protector.
Para qué les voy a contar todo lo que hicieron con él si casi todos han visto la última película sobre la pasión y muerte de Jesús que se exhibió en nuestros cines principales. Sólo les digo que todo fue más triste y más horrible todavía. Al ver la película algunos lloramos, pero la realidad fue más cruda todavía, porque los latigazos fueron de verdad y los escupitajos que recibió en su cara fueron asquerosos y lanzados con bronca. El camino al Gólgota fue espantoso porque Jesús ya no podía cargar la cruz sobre su espalda con llagas, y les cuento que la corona de espinas que le ciñeron en su cabeza clavó sus agujas abriéndole surcos de sangre.
Y cuando vi al Cristo hecho un guiñapo volví la cara para mirar a los autores del crimen y allí vi a todos los hombres, a toda la humanidad. No echemos la culpa del deicidio a los judíos y a los romanos porque allí estuvimos todos mientras el único justo moría en la cruz para salvarnos.

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