La profunda fe cristiana que generación tras generación
heredamos alcanza sus más elocuentes manifestaciones todos los años, durante los
actos de la Semana Santa y, muy en particular, en el día viernes de la Pasión.
La entrega voluntaria y con amor del Padre Eterno para liberarnos del mal es la
más luminosa enseñanza y nos mueve a aceptar la vida, con todas sus asperezas,
como un divino presente del Cielo.
Para una comunidad tan fervorosa como es la nuestra, el Viernes Santo se
constituye en la parte más estremecedora de la liturgia en que se moldeó nuestro
espíritu. Sobrepasados los dos milenios de nuestra era, vivimos consternados la
Historia Sagrada acompañando a nuestro Salvador en su Vía Crucis, hasta su
gloriosa y espléndida resurrección y su ascensión al Reino de los Cielos.
Nuestra fe, aún admitiendo que suele ser afectada por flaquezas
circunstanciales, es la mayor bendición que nos ha transmitido piadosamente el
Altísimo. Porque nos sostiene la fe en estos tiempos tan duros, sobrevivimos más
o menos indemnes a todo género de privaciones, hacemos frente a la pobreza,
enfrentamos a las enfermedades y hallamos la resignación de cara a la fatalidad.
La fe es el don perfecto. La fe es todopoderosa. No por nada es universal el
dicho aquel de que la fe mueve montañas.
Pese a la sencillez de la liturgia a que normalmente se ajusta el ceremonial del
Viernes Santo, es con mucho la parte más saliente de la Semana de la Pasión. Al
menos así la entendemos los cristianos legos, porque así es como lo sentimos. Y
es que al ceremonial del Viernes Santo no sólo acudimos con recogimiento total,
sino además con constricción, con fervientes propósitos de enmienda.
El Viernes Santo, que repone la parte más humana, más estremecedora de la
historia de la Pasión, nos cambia en nuestra condición de hijos de Dios. Cómo,
después de revivir el Vía Crucis que voluntariamente aceptó al Padre por
nosotros, vamos a quejarnos, vamos a renegar de la suerte que nos ha
correspondido en este tiempo terrenal. Cambiemos de rostro, serenemos el
espíritu aceptando que el solo hecho de vivir ya es un don al que no puede
ponérsele precio alguno.
Tantas y siempre tan actuales son las enseñanzas que nos transmite la liturgia
de la Semana de la Pasión y en especial el Viernes Santo. Hay tanto de amor, de
piedad, de caridad a lo largo del tortuoso calvario que alcanza y sobra para
aleccionar incluso a los más descreídos, a los más vacilantes. De la Semana de
la Pasión, del Viernes Santo, de hecho sale robustecida la vieja fe cristiana de
nuestro pueblo.
Los tiempos en que vivimos imponen el compromiso de hacernos fuertes en torno de
nuestras creencias, de nuestras instituciones, de nuestros símbolos. Hay tanta
desorientación, son tan elocuentes las adulteraciones, son tan falsos los
profetas y los salvadores que si no nos robustecemos a la sombra de nuestros
viejos principios espirituales, vamos a terminar convertidos en fáciles
instrumentos del desquiciamiento y del caos. El desafío trasciende más allá de
la militancia pasiva. Es preciso, es vital, actuar con firmeza en favor de
aquello en que ciertamente se cree.
Fortalezcamos nuestra fe a partir de este Viernes Santo y apliquemos ese
fortalecimiento para incorporar a los que se mantienen dentro o en el borde de
las dudas.
Un viernes especial
Oso Molino*®® Sonría “Plis”
La jornada estuvo hoy, colmada de acontecimientos. Luego de la
cena de anoche en la casa de Simón, se temía que iban a iniciarse los bloqueos
en toda Jerusalén. Manifestantes gremialistas que el pasado domingo, habían
colmado el templo y fueron arrojados de él, por Él, estaban furiosos y fueron a
la Confederación de Empresarios Privados para pedir garantías.
La presión era muy grande. El temor a la Palabra era generalizada y se reflejaba
en los medios de comunicación que le dieron con todo. Al parecer, la idea era la
de pedirle que se vaya, que renuncie, aunque en el fondo de todo ciudadano, está
el convencimiento de que, la crisis que vive esta parte del mundo, no cambiará o
cambiará para peor
Esta madrugada, las autoridades actuaron rápido porque finalizada la cena,
rodearon el lugar. No hubo necesidad de gasificar ni disparar armas de fuego,
porque se encontraron con el grupo revolucionario que estaba tomando vino y
cantando himnos de paz, en el huerto de Simón.
Igual los arrestaron y solo uno hizo resistencia, cortándole la oreja a un
policía. El líder pidió que depongan las armas y se entregó a cambio de la
libertad de sus compañeros.
Él está ahora junto a los ladrones comunes. Barrabás es uno de ellos. Acusado de
asesinato y narcotráfico, de haber comprado jueces, violado mujeres y robado a
mano armada, será el que salga libre a cambio del idealista.
Así es el mundo. La Policía inclusive sacrifica vidas, pero el momento de hacer
justicia, el inocente ve el sol a cuadros y los culpables transitan chochos e la
vida, del brazo y por la calle, con el corrupto de turno.
A Él, no le importa mucho eso. Dice que dará la vida por purificar el mundo. Qué
ingenuo. Pasarán más de 20 siglos y la cosa será peor.
Lo recordarán secándose al sol, colgado en una cruz, lo cubrirán de oraciones,
pero nada cambiará. Se equivocó de planeta. Sembrar amor donde el odio es la
religión y el deporte oficial de la Tierra, es como abrir una peluquería para
peinar petas.
* Pecador arrepentido, pero no lo suficiente, como para cambiar y dejar de ser
malditango.