Sombras en el muro...
Mario Rueda Peña
Parece afirmarse en el exterior una visión terrorífica sobre el futuro
inmediato del país. En los principales diarios de América Latina encontramos
opiniones que se igualan en semejante enfoque. Hasta el influyente The
Washington Post se ubica en la misma línea. En una de sus últimas ediciones
afirmaba que Bolivia y su democracia estaban a punto de ser engullidas por el
neopopulismo de izquierda.
Naturalmente que asociaba a Evo Morales y el MAS con tal deglución, premonitoria
de otras que podrían darse en América Latina, riesgo que obligaría a la
democracia sudamericana a ponerse en guardia. Salta a la vista que la
posibilidad le quita también el sueño al Departamento de Estado. Así parece
sugerirlo el rigor con el cual un alto funcionario de la diplomacia yanqui
aborda el tema de la seguridad subcontinental en la gira que actualmente realiza
por los países vecinos.
¿Paranoia? Se sabe que a raíz de la destrucción de las torres gemelas de Nueva
York, respecto al terrorismo, el Tío Sam suele ver hoy grandes y temibles
alimañas donde hay sólo minúsculos insectos. Pero no es en la psicología sino en
la lectura equivocada de los hechos y situaciones donde se halla el origen del
equívoco. Éste, por otra parte, no es sólo de los americanos. Igualmente
incurren en él círculos intelectuales y de Gobierno de muchos países de América
Latina.
Sobredimensionan de forma exagerada las posibilidades reales del neopopulismo
boliviano para la toma del poder político. Ignoran olímpicamente el verdadero
lugar de esta corriente en el cuadro de la correlación interna de fuerzas. Si
consultaran las cifras de las últimas elecciones municipales y las que arrojan
las encuestas sobre preferencias político-electorales, comprobarían enseguida
que los Evos, Mallkus, Oliveras, Solares, De la Cruz, Mamanis, etc., en
conjunto, carecen de la gravidez y estatura cuantitativas necesarias para
emprender con éxito aquella empresa. Todos juntos no representan ni el 20% del
pueblo político. Es decir, de aquél que define en las urnas quién va a palacio a
regirlo. Pero lo más grave no radica tanto en el hecho de que tengan en contra
al 80% de la población, sino en la casi nula posibilidad de que puedan
articularse en un solo y duradero frente, izando una sola bandera ideológica y
programática. Constituyen un conglomerado erizado de variopintas enseñas
alusivas a marchas históricas del pasado (Tawantinsuyu), en algunos casos, o
hacia adelante (social-estatismo que caiga sobre el agua, la sal y hasta el
aire), en otros, e inclusive hacia un costado (el cocalerismo) que no le cae
nada en gracia a la comunidad internacional.
Tampoco perciben las causas reales por las cuales lo diminuto alcanza en sus
pupilas dimensiones alarmantes. Pasan por alto el drástico efecto de ampliación
con el cual, sin proponérselo siquiera, dentro de una pura mecánica
mercadotécnica, los medios de comunicación social, tanto en Bolivia como en el
exterior, favorecen a los sectores del neopopulismo. Se dejan engañar por las
sombras de pocos miles de bloqueadores que las luces de la televisión proyectan
colosalmente agigantadas en la pantalla chica. ¡Confunden, como confundió Mesa,
en aquel ‘octubre negro’, a unos cuantos con todo el pueblo de Bolivia...!
Ignoran, por último, el hecho crucial de que si en Bolivia cualquier grupo puede
hacer lo que le venga en gana, es a causa del derrumbe total del principio de
autoridad y de la demolición progresiva del Estado de derecho...
A menos que, naturalmente, en las riberas del Potomac se posea información
idónea sobre el terrorismo que resbala a Bolivia desde el eje crítico
Colombia-Ecuador-Perú, con chasquido de guerrilla y narcotráfico. O que allí
tengan evidencia de algo mucho más grave todavía...
Entretanto, estamos ante meras sombras en el muro de cuerpos cuya magnitud real
nadie constata en el exterior.
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