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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 24, Marzo de 2005

../images/blanco.gifSombras en el muro...



Mario Rueda Peña

Parece afirmarse en el exterior una visión terrorífica sobre el futuro inmediato del país. En los principales diarios de América Latina encontramos opiniones que se igualan en semejante enfoque. Hasta el influyente The Washington Post se ubica en la misma línea. En una de sus últimas ediciones afirmaba que Bolivia y su democracia estaban a punto de ser engullidas por el neopopulismo de izquierda.
Naturalmente que asociaba a Evo Morales y el MAS con tal deglución, premonitoria de otras que podrían darse en América Latina, riesgo que obligaría a la democracia sudamericana a ponerse en guardia. Salta a la vista que la posibilidad le quita también el sueño al Departamento de Estado. Así parece sugerirlo el rigor con el cual un alto funcionario de la diplomacia yanqui aborda el tema de la seguridad subcontinental en la gira que actualmente realiza por los países vecinos.
¿Paranoia? Se sabe que a raíz de la destrucción de las torres gemelas de Nueva York, respecto al terrorismo, el Tío Sam suele ver hoy grandes y temibles alimañas donde hay sólo minúsculos insectos. Pero no es en la psicología sino en la lectura equivocada de los hechos y situaciones donde se halla el origen del equívoco. Éste, por otra parte, no es sólo de los americanos. Igualmente incurren en él círculos intelectuales y de Gobierno de muchos países de América Latina.
Sobredimensionan de forma exagerada las posibilidades reales del neopopulismo boliviano para la toma del poder político. Ignoran olímpicamente el verdadero lugar de esta corriente en el cuadro de la correlación interna de fuerzas. Si consultaran las cifras de las últimas elecciones municipales y las que arrojan las encuestas sobre preferencias político-electorales, comprobarían enseguida que los Evos, Mallkus, Oliveras, Solares, De la Cruz, Mamanis, etc., en conjunto, carecen de la gravidez y estatura cuantitativas necesarias para emprender con éxito aquella empresa. Todos juntos no representan ni el 20% del pueblo político. Es decir, de aquél que define en las urnas quién va a palacio a regirlo. Pero lo más grave no radica tanto en el hecho de que tengan en contra al 80% de la población, sino en la casi nula posibilidad de que puedan articularse en un solo y duradero frente, izando una sola bandera ideológica y programática. Constituyen un conglomerado erizado de variopintas enseñas alusivas a marchas históricas del pasado (Tawantinsuyu), en algunos casos, o hacia adelante (social-estatismo que caiga sobre el agua, la sal y hasta el aire), en otros, e inclusive hacia un costado (el cocalerismo) que no le cae nada en gracia a la comunidad internacional.
Tampoco perciben las causas reales por las cuales lo diminuto alcanza en sus pupilas dimensiones alarmantes. Pasan por alto el drástico efecto de ampliación con el cual, sin proponérselo siquiera, dentro de una pura mecánica mercadotécnica, los medios de comunicación social, tanto en Bolivia como en el exterior, favorecen a los sectores del neopopulismo. Se dejan engañar por las sombras de pocos miles de bloqueadores que las luces de la televisión proyectan colosalmente agigantadas en la pantalla chica. ¡Confunden, como confundió Mesa, en aquel ‘octubre negro’, a unos cuantos con todo el pueblo de Bolivia...! Ignoran, por último, el hecho crucial de que si en Bolivia cualquier grupo puede hacer lo que le venga en gana, es a causa del derrumbe total del principio de autoridad y de la demolición progresiva del Estado de derecho...
A menos que, naturalmente, en las riberas del Potomac se posea información idónea sobre el terrorismo que resbala a Bolivia desde el eje crítico Colombia-Ecuador-Perú, con chasquido de guerrilla y narcotráfico. O que allí tengan evidencia de algo mucho más grave todavía...
Entretanto, estamos ante meras sombras en el muro de cuerpos cuya magnitud real nadie constata en el exterior.

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