¿Por qué Jesucristo retrocedió a la copa de la agonía?
Miguel Roca V.
En el lugar donde Jesucristo vivió horas de agonía, Getsemaní, existe una
roca en la que Jesucristo estaba luchando contra la agonía, la copa de la
agonía. Apesadumbrado llegó junto a una roca en el huerto, se arrodilló, oró y
en tres ocasiones dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. Con
esto reconocemos que lo que Cristo pasó aquella noche tenebrosa realmente era
para aterrorizarse. Pero, ¿qué era lo que producía pavor en Cristo para no
querer beber esa copa?, ¿la traición de Judas o el fracaso de los discípulos?
Sí, ambas cosas lo desilusionaron, pero había algo más grave aún que le indujo a
decir: “Mi alma está muy triste hasta la muerte”. La contaminación del pecado.
¿Sabe qué había en la copa? El pecado de los siglos, cada pensamiento sucio,
cada acto malvado, cada cosa odiosa, los pecados de esta nación y todos los
pecados del mundo; ahora añádale todos los pecados del pasado y todos los
pecados del futuro, más la violación, la sodomía, el abuso de niños, las cámaras
de gas de Hitler, el asesinato, las blasfemias, la brujería; vierta toda esta
inmundicia en esa copa y désela a beber y dígale: “Bebe la amarga escoria,
conviértete en pecado, no sólo llevar el pecado sino llegar a ser pecado”. Él
nunca pecó pero se hizo pecado por nosotros, porque Él cargó esa falta en la
cruz. Jesús sabía lo que era el pecado porque presenció cómo éste convirtió a
ángeles en demonios y a hombres en bestias. La contaminación del pecado estaba
en esa copa. Pero junto con la contaminación también se encontraba el castigo
que conlleva el pecado. Jesús sabía que el castigo de toda la humanidad caería
sobre Él; cargaría con todo. Ésta es la razón por la cual la Biblia dice en
Romanos 8:32: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por
nosotros”. Jesús iba a recibir la ira de Dios; el Hijo eterno, que había estado
en el seno del Padre desde la eternidad, iba ahora a ser separado de Dios al
cargar nuestros pecados en la cruz, y él iba a exclamar: “Dios mío, por qué me
has desamparado”, y la respuesta es que Dios el Padre es santo y sus ojos puros
no pueden mirar la iniquidad, por ello tuvo que darle la espalda.
Jesucristo sufrió una eternidad infernal en esa cruz y pagó por los pecados de
todos los siglos y de toda la humanidad.
El Señor Jesús bebió las amargas escorias. ¿Retrocedió? Sí, retrocedió,
aterrorizado, porque lo que iba a pasar no era un juego sino algo real.
Si no sabe por qué retrocedió, entonces usted no sabe lo que contenía esa copa.
En su humanidad y santidad, al ver la asquerosidad y la inmundicia del pecado,
dijo: “Oh Dios, si hubiera alguna otra manera”, y el silencio del cielo
respondió: “No hay otra manera”. Él estaba aterrorizado, pero dijo: “No se haga
mi voluntad sino la tuya”. Fue el único hombre que eligió morir, no había pecado
en él, él no tenía que morir, sólo lo hizo para llevar sus pecados y mis pecados
y clavarlos en la cruz y salvar a toda persona que lo recibe como su Señor y
Salvador. ¿No quisiera recibirlo?
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