La última cena
Paulovich ®®La noticia de perfil
No crean ustedes que se trata de la misma crónica que escribí el Jueves Santo
del año pasado, aunque el tema es el mismo; lo que sucede es que los recuerdos
de aquella cena a la que asistí son imborrables y los cuento cada año, aunque
corro el riesgo de que algunos lectores me digan que soy reiterativo y
fantasioso, o un alabancioso.
Les ruego que me crean cuando les digo que viví varias vidas y una de ellas en
Jerusalén en tiempos de Jesús, cuando fui ayudante de carpintero en una
mueblería que se llamaba San José, donde me enteré de que Jesús y sus amigos
celebrarían la Pascua con una cena en la que comerían cordero y beberían vino
tinto.
Pregunté en la carpintería cuántas personas asistirían, pero no pude obtener el
dato pues sólo me dijeron: “Estará el Maestro y sus apóstoles, o sea que será
una comida sólo para hombres, y se dice que trece personas se sentarán a la
mesa”, lo cual no me gustó porque yo siempre fui supersticioso y creo que el
número 13 es fatal.
Mi madre fue siempre muy amiga de María, la madre de Jesús, y al verme tan
triste porque no me habían invitado a la cena me dijo: “Hablaré con la María
para que te dejen entrar como colador, o sea, sin invitación, y podrás ver desde
la cocina cómo se desarrolla la cena; seguramente te invitarán un poco de
cordero y te lo servirán en la mesa del pellejo”.
Le agradecí a mi madre por ayudarme y, efectivamente, cumplió con su promesa,
habló con su amiga María, y de esa manera llegué a su casa antes que los otros
invitados y me acomodé en la cocina; ayudé a las mujeres en la preparación de la
comida y también lavé platos y vasos.
Llegaron casi todos al mismo tiempo, menos Judas que se atrasó un poco diciendo
a los otros apóstoles que había estado muy ocupado realizando una operación
financiera, detalle que no extrañó a nadie porque todos sabían que ésa era su
especialidad. Todos empezaron a charlar aunque se les notaba mucha tristeza en
sus rostros. María llevó una jofaina al comedor y una jarra con agua; Jesús
procedió a lavar los pies de sus discípulos, aunque algunos protestaron, pero
ésa era la costumbre entre los judíos y Jesús cumplió con ese rito, lleno de
humildad.
Cuando se cumplió con el pediluvio empezó la cena propiamente dicha, y escuché
que Jesús les dijo que uno de ellos lo traicionaría, palabras que sorprendieron
a todos, y uno por uno le preguntaron al Maestro quién sería el traidor; cuando
preguntó Judas, Jesús le dijo que él sería quien lo traicionaría, lo cual
molestó mucho al traidor que salió del comedor y se fue dando un portazo.
La cena se desarrolló normalmente, pero una tristeza infinita se apoderó de
todos los concurrentes, sobre todo en el momento en que Jesús partió el pan e
invitó un cachito a cada uno, haciendo la misma invitación con el vino, pero ya
no pude entender el significado de sus palabras porque me encontraba en la
cocina y las mujeres comenzaron a llorar y decían que Jesús les había anunciado
su propia muerte.
Al concluir la comida, todos se dirigieron a Getsemaní y yo corrí tras ellos
para ver lo que pasaría.
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