Bellott busca al asesino de la llamita
Ajetreo. El plano secuencia de dos minutos les demandó dos horas de trabajo. Estarán rodando en la ciudad
Pablo Ortiz
Dos renos custodian la puerta de Los Tajibos y un pino con adornos dorados
corona la antesala del hotel. Es marzo, pero adentro parece Navidad. Hace frío y
Rodrigo Bellott y toda la tribu de La Fábrica se reúnen para las dos últimas
escenas de su trigésimo día de trabajo. La historia se llama ¿Quién mató a la
llamita blanca? y comenzó a rodarse en el cementerio general de La Paz, durante
carnavalito. El tiempo ha marcado como fuego el equipo. Bellott luce varios
kilos más delgado y los técnicos tienen un bronceado ganado en los días de
rodaje y bloqueo en Chapare. “Voy a patentar la fórmula. Se llama reducine: baje
de peso haciendo cine”, dice Bellott, mientras Roberto Lanza, director de
fotografía, se enfunda en el chaleco al que conectará el stady cam que
utilizarán para la toma.
La escena es un plano secuencia de unos dos minutos. Jacinto y Domitila, los
superhéroes andinos, llegan a Los Tajibos para alojarse y recorren el hotel
hasta la zona de la terraza. El acto se transformará en una marca personal de
Bellott y la ‘gran entrada’ se parece mucho, en la concepción, a la que hizo Liv
Fruyano en Dependencia sexual.
De pronto, el lobby se transforma en una trastienda de la producción: una
maquilladora persigue a Guery Sandóval (el narrador de la historia), para
arreglarle el cabello, mientras otra retoca los labios de Éricka Andia (Domitila),
la protagonista de la película que está en el sexto mes de gestación. “¿Te está
pateando? ¡Qué lindo!”, le dice la maquillista y Éricka responde con una
sonrisa, con los ojos cerrados.
Cada cual está como en su mundo: Lanza revisa el stady, Bellott ubica a los
extras, los actores se maquillan y el sonidista arregla el enchufe de sus
destartalados audífonos.
Aparece en escena Miguel Valverde (Jacinto). Lleva un saco dorado, bastante ‘kitsch’,
birlocho y que conjuga a la perfección con la media pollera azul eléctrico con
lentejuelas que lleva Domitila. “Mi personaje (Jacinto), es una persona activa,
ingenua pero con suerte. Es un superhéroe, gigoló extrovertido que se vuelve un
maleante. Esta película nos ayuda a reflexionar sobre lo que somos en realidad
los bolivianos. Tiene mucho de todas partes y será como un reencuentro”, dice
Valverde, que lleva 10 años haciendo cortometraje, debuta en actuación y en
septiembre rodará su primer largometraje, con una ayudita de sus compañeros de
La Fábrica.
Pronto Bellott los convoca y realiza tres ensayos, dos de ellos con cámara y en
toda la secuencia. Ordena a todos en sus lugares y comienza la toma. En cada uno
de los intentos descubren un vidrio que funciona como espejo y que les arruina
la escena. Luego, al quinto intento, la escena les sale perfecta. Éricka respira
y camina rumbo al ingreso del hotel. Ya es medianoche y aún le queda una escena.
Se sienta en el interior de la peta que les sirve de transporte y se acaricia la
panza. “Esta película te lleva a reflexionar sobre la corrupción que existe en
Bolivia”, dice mientras espera la orden para actuar. En cuatro días más podrá
descansar.
Bloqueados, insultados, pero motivados
¿Quién mató a la llamita blanca? Es la pregunta sobre la cual gira el rodaje
de La Fábrica, la escuela de cine cochabambina que ofrece a los estudiantes
rodar un largometraje como final de curso. Es un proyecto estudiantil en el cual
involucraron a Rodrigo Bellott para que lo dirigiese. El director de Dependencia
sexual se enganchó desde el primer momento. Supervisó la creación del guión y
ayudó a todos a planear cada detalle del rodaje.
Comenzaron para carnavalito en el entierro del pepino en La Paz y terminarán
este domingo o lunes en Santa Cruz de la Sierra, todo dependerá del clima.
Para llegar hasta aquí, tuvieron que aguantar algunos insultos en algunos
incidentes aislados en El Alto, sortear los bloqueos en Chapare y viajar con un
contingente de más de 30 personas a través del convulsionado territorio patrio.
La historia narra la travesía de Jacinto y Domitila, dos cholitos transformados
en un par de extraños superhéroes que deben luchar contra las injusticias del
país mientras transportan 50 kilos de cocaína hasta la frontera con Brasil. Es
un ‘roadmovie’, una comedia de viaje rodada en digital de alta resolución que
intenta demostrar que hacer cine es posible en Bolivia, con poca plata , muchas
ganas y talento. El trabajo será editado en Cochabamba, para luego ser
transferido a 35 milímetros.
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