Es legítimo el derecho a organizarse. Está plenamente
reconocido y garantizado por las leyes fundamentales de la república. Con la
única condición de perseguir fines lícitos, los ciudadanos gozan de entera
libertad para conformar asociaciones y, subsiguientemente, para
institucionalizarlas y expandirlas.
En nuestro país no llevamos atraso alguno en cuanto al ejercicio de ese derecho
inalienable e imprescriptible, a organizarnos, a crear instituciones. Por el
contrario, nos parece que hemos tomado la delantera. No en vano, más de una vez,
han venido a Bolivia grupos de observadores interesados en sacar modelos de
nuestras agrupaciones, especialmente de las de tipo gremial.
Pero no siempre las instituciones creadas por nosotros, las asociaciones que
hemos conformado, por lo general con buenas intenciones originalmente, han
respondido a los fines que las inspiró. Podemos confeccionar una larga lista de
entidades nacidas al calor de los mejores ideales, que de pronto se desviaron y
terminaron convertidas más que otra cosa en grupos, en fuerzas de choque.
Hacer de las instituciones que creamos con sentimientos altruistas, instrumentos
de pendencia, de confrontación es como desahuciarlas de entrada, como
condenarlas a una penosa esterilidad. Y lamentablemente, un poco en este sentido
se orientan las cosas.
Es normal que entre tantas instituciones como las hay, muchas de ellas persigan
finalidades totalmente contrapuestas tanto por la naturaleza humana de sus
componentes, como por las finalidades que persiguen y hasta por las
inclinaciones sociales, políticas y económicas que adoptan. Sin embargo, el
hecho de que se den en el mismo entorno instituciones contrapuestas no tiene por
qué, fatalmente, desembocar en roces o peor, en choques frontales.
Muy por el contrario, antes que hacer de nuestras instituciones fuerzas de
choque, habría que recurrir a ellas como medios de conciliación, de
entendimiento y hasta de pacificación. Afortunadamente en este terreno, el de la
concertación, actúan, se manejan, se mueven nuestras más importantes y
respetadas instituciones. Mas las hay, y no pocas sensiblemente, que no conocen
otra vía que la del enfrentamiento que degenera en caos. A merced de este tipo
de asociaciones ha discurrido una buena parte de nuestra existencia republicana,
en especial en estos últimos tiempos.
Ha faltado, de parte de los que conducen la vida de la república, y en especial
de los que administran la justicia, una buena dosis de severidad para poner en
vereda a esas organizaciones que, en lugar de servir intereses sectoriales o de
alentar programas de beneficio público, se prestan para servir de instrumentos
de choque. Instituciones de esta índole están fuera de los marcos legales, pero
no aparece, a la hora de las decisiones, quien se atreva a poner el cascabel al
gato. Por eso aún no logramos mantener al país distante de la irracionalidad.
Es delictuoso asociarse, hay que remarcarlo, con la finalidad de reforzar la
confrontación, el choque, de alterar el orden, de quebrantar la paz social. De
oficio se tiene que actuar contra aquellos que se prestan al antipatriótico
juego de enrarecer hasta el aire que se respira. En este punto tenemos que ser
intransigentes si de verdad pretendemos cambiar la hoy triste suerte de la
nación.
Cuán difícil será que un día
tengamos otro José Gutiérrez
Marcelo Rivero
Su estado de salud se deterioró y lo obligó a dejar la
conducción del Comité de Defensa de los Socios de Cotas (como se llamó en un
principio el Comité de Defensa de los Socios y Usuarios de los Servicios
Públicos de Santa Cruz), y tuvo que viajar al exterior para el tratamiento
respectivo. Lo vi un día por la calle y se me hizo un nudo en la garganta porque
lo noté mal, aunque después se recuperó y hasta se mostró con las energías
suficientes para decir unas cuantas verdades con su voz clara y contundente, de
nuevo con el problema de la cooperativa de teléfonos y como en los tiempos de
las luchas por las regalías petroleras cuando era uno de los soldados más
valientes de su pueblo. Otra vez desapareció del escenario y finalmente, el 16
de marzo pasado, bajó a la tumba para que lo cobije la tierra cruceña que tanto
amó.
El doctor José Gutiérrez Gutiérrez fue, sin duda, uno de los leales servidores
de los intereses regionales siempre escamoteados por el poder central boliviano.
Pasados aquellos años turbulentos y cuando con todos los merecimientos podía
acogerse al retiro, su vigor, su espíritu de servicio y su amor por las causas
nobles lo devolvieron a la trinchera, aquella con la que toparon los llamados
logieros que se habían apoderado de las cooperativas de telefonía, agua y
electricidad que con tanta visión habían creado ciudadanos íntegros, cruceños
casi todos, entre ellos el doctor José.
Coraje, inteligencia y bienes materiales puso este hombre excepcional en aquella
brega desigual, de la que sin embargo salió triunfante tras la memorable
asamblea del 17 de diciembre de 1997 llevada a cabo en el estadio departamental,
de donde los logieros instalados en Cotas salieron con la cola entre las piernas
y fueron echados con ignominia. Pero claro, tenían al gobierno ADN-MIR de su
lado y como sus intereses y negociados suponían decenas de millones de dólares,
el cuero de anta que tenían resistió los embates de la masa societaria y así
continuaron de dueños de la telefónica, valiéndose del poder del dinero, de las
influencias en el mismo Palacio Quemado, montando monstruosa maquinaria para
perpetuarse en el dominio no sólo de Cotas: es que los tentáculos del pulpo,
como está dicho, alcanzaban -y siguen alcanzando-, a CRE y a Saguapac.
Lástima que José Gutiérrez enfermó gravemente, otro hubiera sido otro el cantar
si hubiese seguido al mando del Comité de Defensa. Pero esto ya es historia, la
cruda realidad es que ha muerto un ciudadano ilustre, uno de los más calificados
profesionales de la medicina, cualidades éstas y otras que lo colocaron en
primer plano en Santa Cruz. En esta época de escasos idealismos, cuán difícil
será que algún día tengamos otro José Gutiérrez Gutiérrez.