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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 24, Marzo de 2005  

>>    Fuerzas de choque más que otra cosa

Es legítimo el derecho a organizarse. Está plenamente reconocido y garantizado por las leyes fundamentales de la república. Con la única condición de perseguir fines lícitos, los ciudadanos gozan de entera libertad para conformar asociaciones y, subsiguientemente, para institucionalizarlas y expandirlas.
En nuestro país no llevamos atraso alguno en cuanto al ejercicio de ese derecho inalienable e imprescriptible, a organizarnos, a crear instituciones. Por el contrario, nos parece que hemos tomado la delantera. No en vano, más de una vez, han venido a Bolivia grupos de observadores interesados en sacar modelos de nuestras agrupaciones, especialmente de las de tipo gremial.
Pero no siempre las instituciones creadas por nosotros, las asociaciones que hemos conformado, por lo general con buenas intenciones originalmente, han respondido a los fines que las inspiró. Podemos confeccionar una larga lista de entidades nacidas al calor de los mejores ideales, que de pronto se desviaron y terminaron convertidas más que otra cosa en grupos, en fuerzas de choque.
Hacer de las instituciones que creamos con sentimientos altruistas, instrumentos de pendencia, de confrontación es como desahuciarlas de entrada, como condenarlas a una penosa esterilidad. Y lamentablemente, un poco en este sentido se orientan las cosas.
Es normal que entre tantas instituciones como las hay, muchas de ellas persigan finalidades totalmente contrapuestas tanto por la naturaleza humana de sus componentes, como por las finalidades que persiguen y hasta por las inclinaciones sociales, políticas y económicas que adoptan. Sin embargo, el hecho de que se den en el mismo entorno instituciones contrapuestas no tiene por qué, fatalmente, desembocar en roces o peor, en choques frontales.
Muy por el contrario, antes que hacer de nuestras instituciones fuerzas de choque, habría que recurrir a ellas como medios de conciliación, de entendimiento y hasta de pacificación. Afortunadamente en este terreno, el de la concertación, actúan, se manejan, se mueven nuestras más importantes y respetadas instituciones. Mas las hay, y no pocas sensiblemente, que no conocen otra vía que la del enfrentamiento que degenera en caos. A merced de este tipo de asociaciones ha discurrido una buena parte de nuestra existencia republicana, en especial en estos últimos tiempos.
Ha faltado, de parte de los que conducen la vida de la república, y en especial de los que administran la justicia, una buena dosis de severidad para poner en vereda a esas organizaciones que, en lugar de servir intereses sectoriales o de alentar programas de beneficio público, se prestan para servir de instrumentos de choque. Instituciones de esta índole están fuera de los marcos legales, pero no aparece, a la hora de las decisiones, quien se atreva a poner el cascabel al gato. Por eso aún no logramos mantener al país distante de la irracionalidad.
Es delictuoso asociarse, hay que remarcarlo, con la finalidad de reforzar la confrontación, el choque, de alterar el orden, de quebrantar la paz social. De oficio se tiene que actuar contra aquellos que se prestan al antipatriótico juego de enrarecer hasta el aire que se respira. En este punto tenemos que ser intransigentes si de verdad pretendemos cambiar la hoy triste suerte de la nación.


Cuán difícil será que un día tengamos otro José Gutiérrez

Marcelo Rivero

Su estado de salud se deterioró y lo obligó a dejar la conducción del Comité de Defensa de los Socios de Cotas (como se llamó en un principio el Comité de Defensa de los Socios y Usuarios de los Servicios Públicos de Santa Cruz), y tuvo que viajar al exterior para el tratamiento respectivo. Lo vi un día por la calle y se me hizo un nudo en la garganta porque lo noté mal, aunque después se recuperó y hasta se mostró con las energías suficientes para decir unas cuantas verdades con su voz clara y contundente, de nuevo con el problema de la cooperativa de teléfonos y como en los tiempos de las luchas por las regalías petroleras cuando era uno de los soldados más valientes de su pueblo. Otra vez desapareció del escenario y finalmente, el 16 de marzo pasado, bajó a la tumba para que lo cobije la tierra cruceña que tanto amó.
El doctor José Gutiérrez Gutiérrez fue, sin duda, uno de los leales servidores de los intereses regionales siempre escamoteados por el poder central boliviano. Pasados aquellos años turbulentos y cuando con todos los merecimientos podía acogerse al retiro, su vigor, su espíritu de servicio y su amor por las causas nobles lo devolvieron a la trinchera, aquella con la que toparon los llamados logieros que se habían apoderado de las cooperativas de telefonía, agua y electricidad que con tanta visión habían creado ciudadanos íntegros, cruceños casi todos, entre ellos el doctor José.
Coraje, inteligencia y bienes materiales puso este hombre excepcional en aquella brega desigual, de la que sin embargo salió triunfante tras la memorable asamblea del 17 de diciembre de 1997 llevada a cabo en el estadio departamental, de donde los logieros instalados en Cotas salieron con la cola entre las piernas y fueron echados con ignominia. Pero claro, tenían al gobierno ADN-MIR de su lado y como sus intereses y negociados suponían decenas de millones de dólares, el cuero de anta que tenían resistió los embates de la masa societaria y así continuaron de dueños de la telefónica, valiéndose del poder del dinero, de las influencias en el mismo Palacio Quemado, montando monstruosa maquinaria para perpetuarse en el dominio no sólo de Cotas: es que los tentáculos del pulpo, como está dicho, alcanzaban -y siguen alcanzando-, a CRE y a Saguapac.
Lástima que José Gutiérrez enfermó gravemente, otro hubiera sido otro el cantar si hubiese seguido al mando del Comité de Defensa. Pero esto ya es historia, la cruda realidad es que ha muerto un ciudadano ilustre, uno de los más calificados profesionales de la medicina, cualidades éstas y otras que lo colocaron en primer plano en Santa Cruz. En esta época de escasos idealismos, cuán difícil será que algún día tengamos otro José Gutiérrez Gutiérrez.

 

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