La muerte de Jesús de Nazaret
Gustavo Maldonado Medina
La Semana Santa. Una semana dedicada al recuerdo de cómo se desarrollaron los
últimos días de la vida de Jesús de Nazaret, antes de que fuera ejecutado por el
Gobierno establecido en la Jerusalén de la época. Según lo que nos enseña Jaime
en el Diario de Córdova, todos aquellos sucesos ocurridos en Jerusalén en los
tiempos del rey Herodes, del gobernador romano Pilatos y del sumo sacerdote
Caifás tienen una doble dimensión: la dimensión estrictamente histórica y la
dimensión trascendental subyacente.
Para Jaime, desde el punto de vista estrictamente histórico, la muerte de Jesús
de Nazaret reviste todas las características de una ‘muerte anunciada’. Meses
antes de las fiestas nacionales del mes de Nisán (el primer mes de la
primavera), las autoridades de Jerusalén habían tomado la decisión de que el
profeta galileo constituía un peligro para el orden establecido. La lectura e
interpretación que hacía de las normas de la Ley de Moisés tenían el cariz de
una revolución ideológica y cultural: la ley se había hecho para el hombre, no
el hombre para la ley. La observancia puntual de los ritos y prescripciones del
culto carecía de valor en sí misma. Lo importante no era cumplir las normas
rigurosamente, sino la actitud interior que éstas debían expresar. La
organización religiosa de Jerusalén se había convertido en una estructura de
poder socioeconómico, en la que los ‘grandes’ que ocupaban la cúpula sacerdotal
utilizaban en su propio beneficio el poder que les había confiado para que lo
pusieran al servicio del pueblo llano. El éxito popular del profeta galileo era
peligroso. Las aguas podían desbordarse.
Diversos intentos de tomar preso al profeta galileo y de silenciar de una vez su
palabra perturbadora resultaron fallidos. Se temió que el apresamiento de Jesús
de Nazaret pudiera provocar un levantamiento popular. Finalmente se encontró la
ocasión propicia. En el silencio y oscuridad de la noche, y con la colaboración
de un ‘infiltrado’ en el círculo de sus colaboradores más estrechos, se logra el
objetivo de la detención policial del profeta ‘perturbador’.
A continuación se inicia un juicio sin garantías jurídicas. Acusaciones
falsamente fabricadas. Humillaciones y torturas para debilitar la resistencia
física y psicológica del reo. Chantaje al gobernador romano sugiriéndole que su
posición política ante las autoridades centrales de Roma podría quedar dañada.
Al final, los ‘intereses creados’ de una parte y de otra lograron llegar al
punto donde desde meses atrás querían llegar: la eliminación de Jesús de Nazaret.
Ésta es la historia de los hechos. No es la única vez que tales sucesos han
tenido lugar. Lo que en aquella ocasión pasó con Jesús de Nazaret ha ocurrido
con miles y miles de hombres y mujeres en múltiples lugares y en diversos
tiempos. Sin embargo, el caso de Jesús de Nazaret es singular desde otro punto
de vista. Todo no terminó con su muerte. Si la muerte estaba anunciada, también
estaba anunciada la resurrección. Jesús no era un hombre cualquiera. Era el hijo
y enviado de Dios. Su muerte está enmarcada en los planes de Dios. De acuerdo
con Jaime, todo lo que ocurrió en Jerusalén en esos días es la aseveración de
que los planes de Dios nada tienen que ver con los planes de los hombres. Lo que
para muchos fue el fracaso de Jesús, para Dios es la victoria. Porque lo que
para los hombres es un éxito, para Dios es un fracaso. Y al revés, lo que los
hombres consideran un fracaso, eso es, justamente, el éxito de Dios.
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