Mesa aprendiendo de Velasco (I)
Nino Gandarilla Guardia
El que no aprende de la historia está ‘frito’ y el que la critica, puede ser
víctima de las ironías del destino. Obviando las ‘artes’ político-comunicacionales
del Presidente, nos concentraremos en su rol histórico como primer mandatario y
como crítico de la historia. Carlos Mesa Gisbert, en su libro Presidentes de
Bolivia, entre urnas y fusiles, realiza apreciaciones poco generosas sobre las
gestiones presidenciales del libertador cruceño José Miguel de Velasco.
Se refiere a él así: “Fue protagonista de dos de los tres momentos de mayor
inestabilidad del país…”. Hasta aquí ya puede imaginarse adónde voy. En la pág.
50 es rotundo: “De algún modo Velasco fue una especie de comodín en el periodo
inmediatamente posterior a la independencia (…) El paso de Velasco por la
presidencia fue realmente poco significativo y su obra de gobierno dejó poco
para la historia”.
Si tuviéramos que dibujar el destino, lo pintaríamos con una gran sonrisa
irónica. A Mesa le ha tocado vivir, siglo y medio después, similar coyuntura en
este país que nunca terminó de nacer. Obviamente, sus apreciaciones sobre el
prócer cruceño están erradas.
Otro escritor consideró que a Velasco le “faltó firmeza para gobernar”, porque
en su tiempo no metía bala para ordenar el país. Al presidente Velasco le tocó
una época en la que reinaba el caos en los cuatro puntos cardinales; a él acudía
el pueblo de manera fervorosa para volver a la estabilidad democrática y apartar
a los que tenían intereses ajenos a la nueva República.
Mayor de Ejército en la campaña libertadora, se incorporó al ejército del
general San Martín y luego a las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre.
Batalló en Junín y Ayacucho. “Su pericia militar, su valor nunca desmentido, su
conducta irreprochable y la ilustración de su inteligencia hiciéronlo ascender
en el escalafón militar” (Lascano). La admiración del mariscal Sucre por la
integridad de Velasco hizo que lo incluyera en una terna para la elección de
Presidente, cuando se disponía a abandonar el país.
Dictó el decreto del 2 de agosto de 1828 y dejó el gobierno al Consejo de
Ministros, cuyo encargado de ejercer la presidencia, como ministro de Guerra,
fue su hombre de confianza, José Miguel de Velasco. El Congreso designó
Presidente de la República a Andrés de Santa Cruz y vicepresidente a Velasco.
Evidentemente, Mesa ha heredado el colapso del sistema centralista que él mismo
representó siempre. Velasco era vicepresidente, pero en ausencia de Santa Cruz,
que se encontraba en Chile, asumió la titularidad en circunstancias diferentes,
pero similar coyuntura.
Batalló como jefe de Estado Mayor en la guerra de la Confederación, impulsada
por Santa Cruz; como gran estratega salió victorioso de Yanacocha y Socabaya.
Sin embargo, desengañado por las ambiciones del mariscal de Zepita, que pusieron
a Bolivia en segundo plano, se rebeló contra la Confederación. El 9 de febrero
de 1839 declaró restaurada la independencia de Bolivia y convocó el Congreso
Constituyente.
En agosto resultó elegido por inmensa mayoría; lo llamó el ‘Gobierno de la
Restauración’. El Congreso aprobó la cuarta Constitución y declaró la capital
con el nombre del mariscal Sucre. “Rasgos prominentes de esta Constitución, la
más liberal de las que Bolivia ha tenido, son la abolición de la pena capital
por delitos políticos, la de los tribunales especiales, la erección de las
municipalidades, el derecho de petición, y la prohibición de recibir los
diputados empleos rentados del gobierno” (Manuel Lascano).
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