Nuestro
mar
cautivo
Paquita A. de Lavayén
Mis ojos se han posado en casi todos los rincones de mi país y, en su suelo
fértil, mis pies han dejado sus huellas y no hay duda de que la belleza divina
ha quedado estampada en esta tierra tan bella y querida.
Pasajes paradisíacos que, al contemplarlos, elevan nuestro espíritu hacia el
cielo en busca de su creador; ríos que corren serpenteantes, mansa y suavemente
por su invariable cauce; aguas claras o turbulentas que en su carrera de siglos
forman cascadas y cachuelas que, embravecidas, avanzan en veloz carrera sin
detenerse; árboles añosos que dan sombra a los habitantes de la selva y producen
hermosas flores y ricos frutos, además de un sinnúmero de maravillas que sólo
Dios puede crear.
Lo que con gran pena no he visto son las blancas gaviotas revoloteando
majestuosamente sobre ese mar inmenso que un día fue nuestro y que nos lo
arrebató arteramente la avidez del araucano, ni he escuchado el rugido de las
olas chocar contra los acantilados ni el eterno vaivén de sus espumas ni el
desgaste de las rocas en las orillas al ser golpeadas por el oleaje. Sin
embargo, busqué con mis ojos ansiosos nuestro mar, pero sólo pude verlo desde
lejos... muy lejos; entonces derramé lágrimas muy amargas al ver en la lejanía
ese anchuroso mar azul, inquieto y majestuoso que hoy no podemos recuperarlo.
Ahora no nos queda más que volver a hacerlo nuestro de alguna manera. Y cuando
llegue ese ansiado día, flameará orgullosa nuestra dignidad hecha bandera y
entonces los bolivianos navegaremos libres y soberanos por las azules aguas del
Pacífico, que nos está esperando ansioso de convertirse nuevamente en boliviano.
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