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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 23, Marzo de 2005

../images/blanco.gifNuestro mar cautivo



Paquita A. de Lavayén

Mis ojos se han posado en casi todos los rincones de mi país y, en su suelo fértil, mis pies han dejado sus huellas y no hay duda de que la belleza divina ha quedado estampada en esta tierra tan bella y querida.
Pasajes paradisíacos que, al contemplarlos, elevan nuestro espíritu hacia el cielo en busca de su creador; ríos que corren serpenteantes, mansa y suavemente por su invariable cauce; aguas claras o turbulentas que en su carrera de siglos forman cascadas y cachuelas que, embravecidas, avanzan en veloz carrera sin detenerse; árboles añosos que dan sombra a los habitantes de la selva y producen hermosas flores y ricos frutos, además de un sinnúmero de maravillas que sólo Dios puede crear.
Lo que con gran pena no he visto son las blancas gaviotas revoloteando majestuosamente sobre ese mar inmenso que un día fue nuestro y que nos lo arrebató arteramente la avidez del araucano, ni he escuchado el rugido de las olas chocar contra los acantilados ni el eterno vaivén de sus espumas ni el desgaste de las rocas en las orillas al ser golpeadas por el oleaje. Sin embargo, busqué con mis ojos ansiosos nuestro mar, pero sólo pude verlo desde lejos... muy lejos; entonces derramé lágrimas muy amargas al ver en la lejanía ese anchuroso mar azul, inquieto y majestuoso que hoy no podemos recuperarlo.
Ahora no nos queda más que volver a hacerlo nuestro de alguna manera. Y cuando llegue ese ansiado día, flameará orgullosa nuestra dignidad hecha bandera y entonces los bolivianos navegaremos libres y soberanos por las azules aguas del Pacífico, que nos está esperando ansioso de convertirse nuevamente en boliviano.

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