Ya no solamente vivimos, aquí en Santa Cruz de la Sierra,
apremiados por el diario batallar en procura de los medios de subsistencia.
Ahora lleva un cosmético de tinte dramático este ir y venir de todos los días
por nuestras vías públicas. Además de apremiados por las exigencia cotidianas,
vivimos aquí, en esta cálida ciudad grigotana, bajo el signo mayúsculo del
temor.
A la orden del día están los hechos de violencia. El asalto, el atraco, la
cuchillada, el balazo, han pasado a convertirse en parte fundamental de la
gimnasia ciudadana. El olor a pólvora está en el aire que respiramos. El correr
de la sangre, de tanto repetirse, ha dejado definitivamente de causar espanto.
Seguramente, -y esto es cosa que sin duda pueden confirmar los que manejan
estadísticas-, Santa Cruz de la Sierra se ha ganado un lugar preferente entre
las ciudades más peligrosas de Bolivia y, quién sabe, del mundo.
Lo peor del caso es que ya no se trata de focos aislados circunscritos en esos
abigarrados cinturones de la pobreza, de las drogas, de la vagancia, de la
miseria, del mal entretenimiento. El olor a pólvora se ha extendido de uno a
otro confín. La sangre corre por igual por los desagües del primer anillo de
circunvalación como por los del último. El temor es colectivo.
Por diversos medios públicos o privados se ha tratado de explicar las razones de
este aterrador fenómeno que nos tiene viviendo como con una espada fila
pendiendo sobre nuestras desprotegidas cabezas. Por un lado se habla del
empobrecimiento general, por otro, de la migración descontrolada que ha saturado
nuestra cordial y confiada planicie con todos los rebalses humanos del interior
y exterior de la república.
Y de paso se ha abierto juicios condenatorios contra las autoridades y las
instituciones que son las llamadas por ley para precautelar la vida y los bienes
de las personas. De la misma manera se ha puesto énfasis a la hora de denunciar
la facilidad, la absoluta falta de control que se evidencia en la compra venta
de armas letales, tanto de fuego como blancas.
En fin, no nos quedamos cortos en esta capital atemorizada, en el momento de
asignar dimensiones impresionantes al fenómeno de la criminalidad y a las
diversas circunstancias que lo coadyuvan de manera decisiva e irreversible.
Pero nada en blanco sacamos con el hecho de coincidir en que se está volviendo
intolerable este olor a pólvora de que está impregnado el aire que todos los
días respiramos. Nada en blanco sacamos, asimismo, coincidiendo en la
identificación de los hechos que vician el oxígeno que nos metemos en los
pulmones. Y no es muy larga la distancia que avanzamos proponiendo, asimismo,
fórmulas teóricas sobre sistemas para encarar la situación. Es muy bueno tener
conciencia sobre la gravedad del problema y lo es, además, manejar algunas
propuestas de solución. Pero urge, a la vez, hacer cosas efectivas.
Es en esta parte donde el concurso ciudadano en general no se está dejando
sentir. Según nuestro inveterado estilo, estamos esperando que las soluciones
todas bajen de arriba, que se nos otorgue garantías reales, que se nos defienda
tal como lo prevén las leyes fundamentales del Estado. La actitud es correcta,
pero no se contrapone con la voluntad de cada cual para aportar algún remedio de
su propia cosecha. Ayúdate a ti mismo, que Dios te ayudará, es una fórmula
suprema que, en nuestro caso particular, puede producir excelentes resultados.
¡Qué manera de complicarnos
la vida! (II)
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
No se dan más los viejos goces.
De sus sabores agridulces, ni sospechas se tiene.
Hoy abrimos y cerramos los ojos en medio de una contaminación generalizada.
Ignoramos al vecino.
Negamos al pariente.
Uno y otro, a lo sumo nos merecen un gruñido.
Luego seguimos adelante repartiendo codazos.
Ahogados en medio de maldiciones que de apenas logramos refrenar.
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De por sí se ha vuelto muy dura, muy empinada la diaria batalla por la
supervivencia.
Y claro, ya no tenemos quien nos preste su muruncuntrullo.
Quien nos asista cuando precisamos una camisa,
Quien nos alcance unos pesos para poder plantar la olla condenada como siempre.
Nos hemos refundido en nuestras madrigueras.
Y lo propio han hecho todos los vecinos.
Que cada cual se lama solo.
Esa es la norma de este tiempo que de día en día gana en asperezas y se sacude
de sentimientos.
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Han dejado de interesarnos los rasgos que nos diferenciaban del animal.
Que ponían una distancia entre el ser humano y el robot.
Nada que nos entretenga nos llama la atención.
Nada que nos regocije alienta, cuando menos, nuestra curiosidad.
Pasamos a la carrera delante de lo que podría ser una pausa para sacudirnos del
cansancio y reponer las fuerzas.
Bramamos como condenados cuando escuchamos música o la cristalina alegría de los
niños.
Exigimos silencio porque estamos trabajando con el ceño fruncido y el alma en
los talones.
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Una especie de goce público propio de estos tiempos es eso de enzarzarnos en
cosas que, o entendemos poco, o no entendemos nada.
Llegamos hasta el extremo de rompernos la crisma por asuntos de los que sólo nos
hemos hecho pálidas ideas.
Así estamos, por ejemplo, con el cuento de la constituyente o de las autonomías
o del referéndum o de las regalías o del juicio a Goni o de la soya transgénica
o de la silicona, los pechos y los glúteos.
Poco o nada sabemos de cada tema.
Pero nos sobran los juicios de valor y somos capaces de comerle el pecho a
cualquiera por ellos.
La cuestión es complicarnos la vida. Es hallar la forma perfecta de
mortificarnos.
Y de paso, mortificar a los demás.
Triste el destino que nosotros mismos nos hemos trazado.