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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 23, Marzo de 2005  

>>    Con olor a pólvora

Ya no solamente vivimos, aquí en Santa Cruz de la Sierra, apremiados por el diario batallar en procura de los medios de subsistencia. Ahora lleva un cosmético de tinte dramático este ir y venir de todos los días por nuestras vías públicas. Además de apremiados por las exigencia cotidianas, vivimos aquí, en esta cálida ciudad grigotana, bajo el signo mayúsculo del temor.
A la orden del día están los hechos de violencia. El asalto, el atraco, la cuchillada, el balazo, han pasado a convertirse en parte fundamental de la gimnasia ciudadana. El olor a pólvora está en el aire que respiramos. El correr de la sangre, de tanto repetirse, ha dejado definitivamente de causar espanto. Seguramente, -y esto es cosa que sin duda pueden confirmar los que manejan estadísticas-, Santa Cruz de la Sierra se ha ganado un lugar preferente entre las ciudades más peligrosas de Bolivia y, quién sabe, del mundo.
Lo peor del caso es que ya no se trata de focos aislados circunscritos en esos abigarrados cinturones de la pobreza, de las drogas, de la vagancia, de la miseria, del mal entretenimiento. El olor a pólvora se ha extendido de uno a otro confín. La sangre corre por igual por los desagües del primer anillo de circunvalación como por los del último. El temor es colectivo.
Por diversos medios públicos o privados se ha tratado de explicar las razones de este aterrador fenómeno que nos tiene viviendo como con una espada fila pendiendo sobre nuestras desprotegidas cabezas. Por un lado se habla del empobrecimiento general, por otro, de la migración descontrolada que ha saturado nuestra cordial y confiada planicie con todos los rebalses humanos del interior y exterior de la república.
Y de paso se ha abierto juicios condenatorios contra las autoridades y las instituciones que son las llamadas por ley para precautelar la vida y los bienes de las personas. De la misma manera se ha puesto énfasis a la hora de denunciar la facilidad, la absoluta falta de control que se evidencia en la compra venta de armas letales, tanto de fuego como blancas.
En fin, no nos quedamos cortos en esta capital atemorizada, en el momento de asignar dimensiones impresionantes al fenómeno de la criminalidad y a las diversas circunstancias que lo coadyuvan de manera decisiva e irreversible.
Pero nada en blanco sacamos con el hecho de coincidir en que se está volviendo intolerable este olor a pólvora de que está impregnado el aire que todos los días respiramos. Nada en blanco sacamos, asimismo, coincidiendo en la identificación de los hechos que vician el oxígeno que nos metemos en los pulmones. Y no es muy larga la distancia que avanzamos proponiendo, asimismo, fórmulas teóricas sobre sistemas para encarar la situación. Es muy bueno tener conciencia sobre la gravedad del problema y lo es, además, manejar algunas propuestas de solución. Pero urge, a la vez, hacer cosas efectivas.
Es en esta parte donde el concurso ciudadano en general no se está dejando sentir. Según nuestro inveterado estilo, estamos esperando que las soluciones todas bajen de arriba, que se nos otorgue garantías reales, que se nos defienda tal como lo prevén las leyes fundamentales del Estado. La actitud es correcta, pero no se contrapone con la voluntad de cada cual para aportar algún remedio de su propia cosecha. Ayúdate a ti mismo, que Dios te ayudará, es una fórmula suprema que, en nuestro caso particular, puede producir excelentes resultados.


¡Qué manera de complicarnos la vida! (II)

Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

No se dan más los viejos goces.
De sus sabores agridulces, ni sospechas se tiene.
Hoy abrimos y cerramos los ojos en medio de una contaminación generalizada.
Ignoramos al vecino.
Negamos al pariente.
Uno y otro, a lo sumo nos merecen un gruñido.
Luego seguimos adelante repartiendo codazos.
Ahogados en medio de maldiciones que de apenas logramos refrenar.
****
De por sí se ha vuelto muy dura, muy empinada la diaria batalla por la supervivencia.
Y claro, ya no tenemos quien nos preste su muruncuntrullo.
Quien nos asista cuando precisamos una camisa,
Quien nos alcance unos pesos para poder plantar la olla condenada como siempre.
Nos hemos refundido en nuestras madrigueras.
Y lo propio han hecho todos los vecinos.
Que cada cual se lama solo.
Esa es la norma de este tiempo que de día en día gana en asperezas y se sacude de sentimientos.
****
Han dejado de interesarnos los rasgos que nos diferenciaban del animal.
Que ponían una distancia entre el ser humano y el robot.
Nada que nos entretenga nos llama la atención.
Nada que nos regocije alienta, cuando menos, nuestra curiosidad.
Pasamos a la carrera delante de lo que podría ser una pausa para sacudirnos del cansancio y reponer las fuerzas.
Bramamos como condenados cuando escuchamos música o la cristalina alegría de los niños.
Exigimos silencio porque estamos trabajando con el ceño fruncido y el alma en los talones.
****
Una especie de goce público propio de estos tiempos es eso de enzarzarnos en cosas que, o entendemos poco, o no entendemos nada.
Llegamos hasta el extremo de rompernos la crisma por asuntos de los que sólo nos hemos hecho pálidas ideas.
Así estamos, por ejemplo, con el cuento de la constituyente o de las autonomías o del referéndum o de las regalías o del juicio a Goni o de la soya transgénica o de la silicona, los pechos y los glúteos.
Poco o nada sabemos de cada tema.
Pero nos sobran los juicios de valor y somos capaces de comerle el pecho a cualquiera por ellos.
La cuestión es complicarnos la vida. Es hallar la forma perfecta de mortificarnos.
Y de paso, mortificar a los demás.
Triste el destino que nosotros mismos nos hemos trazado.

 

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