El mausoleo de Lenin
Hernando García Vespa
En la Plaza Roja de Moscú y al pie de las murallas del Kremlin, se halla el
mausoleo de Lenin.
Como siempre, gigantescas multitudes, así sea bajo el sol, la lluvia o la nieve,
en ordenadas columnas de dos desfilan para ver al mítico fundador del imperio
soviético.
Éstas son –pienso- las más largas e impresionantes exequias de la historia.
El mausoleo, en mármol y granito rojo y negro, es imponente. Sobrio por fuera.
Sobrecogedor por dentro.
En su interior, una luz directa, amarilla, lúgubre cae sobre el rostro de Lenin
y contribuye a dar al ambiente un aire espectral, fantasmagórico, que intimida
hasta el paroxismo del miedo. La gente entra descubierta, con los brazos sueltos
y las manos libres.
En una urna de cristal y embalsamado, Lenin yace intacto, como dormido. A veces
sonrosado, a veces cerúleo. Traje negro, impecable. La mano derecha, ligeramente
cerrada; la otra, abierta. Ambos brazos descansan sobre su cuerpo en posición
horizontal y paralela.
Los bigotes y la barba lucen ese rojo cobrizo tan natural en él. Su pera,
discreta, rala, bien cuidada. No sobra pelo alguno en esa cara de ojos oblicuos,
de frente angulosa, de cabeza prominente y calva.
Celosos y enérgicos guardias imponen un silencio absoluto, total, casi místico,
al interior de esta perpetua cámara mortuoria.
Y mientras se anda con lentitud, en semicírculo, nadie detiene el paso ni un
segundo; nadie que quiera contemplar directamente la momia del creador de una
utopía, de una nueva sociedad.
Confieso que uno sale del mausoleo con la impresión emocional más devastadora.
Con pena real de Lenin.
Es que él no merece esta flagrante violación de su derecho a la intimidad; a
descansar en paz.
Vuelvo a la Plaza Roja, a las murallas del Kremlin, donde reposan las cenizas de
otros jerarcas del régimen. Sepultados están algunos en la tierra, con sus
bustos erigidos sobre adustas columnas de granito.
Vi a Stalin, cuyos crímenes Nikita S. Kruschov logró condenar en el XX Congreso
del PCUS en febrero de 1956. Advierto los esfuerzos del escultor por suavizar
sus rasgos con expresión humana y paternal. Sus ojos pretenden aparentar bondad.
En el muro, también J.A. Gagarin (1934-1968), el primer cosmonauta del mundo, el
romántico quijote del espacio.
Y bajo un cielo nublado, medito sobre el poder, la gloria y la caída.
* Apuntes tomados durante una visita del autor al mausoleo de Lenin, en compañía
de los embajadores Julio Garrett Ayllón y Walter Guevara Arze, el 20 de junio de
1972.
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