Contamos con numerosas casas de estudios. Casi el ciento por
ciento de ellas, de las casas de estudios, o bien está instalado en Santa Cruz
de la Sierra exclusivamente, o cuando menos aquí tiene su matriz, su centro
principal.
Hasta donde nos ha sido posible conocer, que no es poco por supuesto, todas las
casas superiores de estudios aquí cuentan con modernas, confortables, adecuadas
y bien equipadas infraestructuras. Incluyen las infraestructuras, bibliotecas,
gabinetes, laboratorios para experimentaciones diversas, lugares de
esparcimiento y, en fin, cuanto se puede pedir como complemento de la fase de la
formación profesional.
La calidad de la enseñanza, por otro lado, nada deja que desear. No sólo que se
ajusta a los más modernos y adecuados programas, sino que además se sirve de
profesores de las más altas calificaciones tanto académicas como morales y desde
luego didácticas. Entonces, y tomando en cuenta el excelente nivel en que se
mueven nuestras superiores casas de estudios, carece de sentido, en absoluto,
que nuestros jóvenes estudiantes salgan del país o asistan a centros del
interior para formarse pues, además, aquí se ofrece sin duda, la gama más
completa de profesiones a lograr.
De su lado, los propietarios o los administradores de nuestros centros
superiores de estudios, con seguridad que no tienen razón alguna para sentirse
frustrados. Ninguno de estos centros funciona con menos de dos o tres millares
de estudiantes. Y para hacer más gratificante el análisis estadístico, cabe
destacar que los porcentajes de deserción o de fracaso no pasan de ser los
normales en estos campos. En suma, que es con buen pie que nuestras casas
superiores de estudios, modernas, confortables y bien equipadas, prestan el alto
servicio de formar profesionales con credibilidad y un buen sello de idoneidad.
La oferta de profesionales bien formados, irreprochables, tiene que ser muy
significativa cada año. Procedentes de tantas de nuestras excelentes casas
superiores de estudios, sin duda que se ofrece periódicamente profesionales,
mucho más que los que normalmente se puede requerir. Parte de nuestra agitada
vida cultural y social son las promociones de flamantes profesionales que suman
centenares en cada disciplina. Si tenemos que dar por hecho que nuestro mercado,
aún estrecho, está súper saturado por la oferta de profesionales nuevos, resulta
justa la preocupación que causa la suerte de ese personal satisfactoriamente
calificado, que no encuentra acomodo ni en el sector público ni en el privado,
de nuestra ciudad.
Nos parece, y perdón si pecamos por ignorantes, que no existe disposición alguna
que proteja, que beneficie preferentemente a los profesionales que son de aquí o
que se forman en nuestras superiores casas de estudios, frente a los que se
desplazan procedentes del interior y del exterior del país. En el pasado fue
corriente, y al parecer la cosa no ha cambiado, el hecho de la instalación aquí
de oficinas, despachos o empresas que antes funcionaban especialmente en la sede
del gobierno. Y, obviamente, el traslado incluía un desplazamiento de
directores, subdirectores y personal subalterno, con camas y petacas, más las
familias a cuestas. Una manera de dar la impresión de que aquí no había gente
capacitada en quien depositar confianza.
Hoy contamos con una juventud profesional ansiosa a la espera de su oportunidad.
Se ha formado en buenas universidades, con excelentes profesores y según métodos
y programas modernos. En nuestro medio, a ese capital, hay que reconocerle
ciertas preferencias, como se hace en cualquier parte del mundo. De lo
contrario, será condenarlos a frustraciones muy amargas.
Ciudadela no, ciudad satélite
Andrés Ibáñez sí
Marcelo Rivero
El Plan Tres Mil cumplió 22 años desde su creación a raíz de
los desbordes del Piraí que obligaron al traslado de unos tres mil damnificados.
Eso fue el 18 de marzo de 1983 y desde entonces el pequeño barrio no paró de
crecer, lo que tampoco es una rareza en Santa Cruz.
Pero no es de ese crecimiento, de carencias y logros, de riqueza y pobreza en el
Plan Tres Mil, que tratará este comentario. Es de la facilidad con que le
ponemos denominaciones a las cosas y de la forma en que insistimos en el error
sin que haya persona capaz de enmendarlo, ni autoridad que rectifique por
diversos conductos las incorrecciones.
Así pues a diario, o mejor dicho a cada minuto, en los medios de comunicación,
en las declaraciones de funcionarios y jefes de toda categoría, en la
conversación entre vecinos, en el diálogo entre pasajeros de un colectivo o
entre compradores y vendedores en los mercados, escuchamos o leemos que el Plan
Tres Mil por aquí, que el barrio Andrés Ibáñez por allá y que la ciudadela por
acullá. Una chanfaina en la que el disparate mayor se la lleva esta última
denominación, “ciudadela”.
Ciudadela, como es fácil “descubrir” en el diccionario y como se solía oír en
las películas del “Far West” americano, es el “recinto de fortificación
permanente en el interior de una plaza, que sirve para dominarla o de último
refugio a su guarnición”. Breve y clara la definición, sin otra acepción como
para que se preste a la duda. ¿Quién fue el de la ocurrencia de llamar ciudadela
a lo que tiene entre sus principales características la absoluta falta de un
recinto de fortificación...?
En realidad poco importa el porqué de ciudadela, lo que importa es que se
insista en el error. Lo que tendría que decirse, como alguna vez lo sugerí y que
podría aplicarse a barrios igualmente extensos, es “ciudad satélite” que
-también según el castellano-, es el “núcleo urbano dotado de cierta autonomía
funcional, pero dependiente de otro mayor y más completo, del cual se halla en
relativa cercanía”. Como se puede deducir, teniendo el Plan Tres Mil, la Villa
1º de Mayo, la Pampa de la Isla y otras zonas un subalcalde y otras
reparticiones públicas, les calza perfectamente el calificativo de ciudad
satélite, pero jamás de los jamases aquello de ciudadela.
Finalmente la alcaldía y el concejo municipal deben tomar una decisión en cuanto
al nombre exacto. ¿Plan Tres Mil o Andrés Ibáñez? Me dijeron que Sergio Antelo,
alcalde de aquel entonces, justificó esta denominación que le puso él. Está bien
pero en lugar de ciudadela debe ser ciudad satélite Andrés Ibáñez. La huevada, y
apostaría mil contra un guineo, es que si deciden que sea “ciudad satélite” van
a empezar a chantarle mayúsculas.