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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 21, Marzo de 2005  

>>    Las culpas ajenas y las nuestras

La fotografía de portada del cuerpo ‘B’ de EL DEBER del pasado viernes muestra a numerosas personas (quizá eran centenares o millares que no captó el lente), en una manifestación de protesta en Washington, contra la deuda externa de los países del tercer mundo, por el alivio de esta deuda y exigiendo donaciones más significativas para luchar contra la pobreza y contra terribles enfermedades. Tipos tirados sobre el piso como símbolo de la postración de los pueblos, aunque con aliento para sostener fúnebres cruces, habían escrito sobre éstas los nombres de naciones africanas en la miseria y entre ellas el de Bolivia con una cifra visible: 4,8 que significa la deuda externa boliviana de 4.800 millones de dólares.
Como es usual en citas cumbres de la naturaleza que fuere, pero especialmente cuando se trata de encuentros de los gobernantes de las grandes potencias, los manifestantes les echan en cara las desgracias de los países subdesarrollados y les reclaman, tal cual aconteció en la capital estadounidense, un sustancial desahogo económico y un respaldo en medicamentos, vituallas y otros bienes. Dentro de estas peticiones, a veces marcando fechas inaplazables, se reivindica los derechos, se pide justicia y se reclama el resarcimiento de daños por la explotación inescrupulosa de las riquezas.
Nada se dice, sin embargo, de los motivos que más pesan en las desgracias que las naciones subdesarrolladas vienen arrastrando desde que proclamaron su independencia, que tienen que ver con las pésimas administraciones gubernamentales y con la nefasta corrupción. En el caso concreto de Bolivia, las guerras intestinas fruto de apetitos personales desmedidos, peor todavía, las guerras internacionales que redujeron a la mitad el territorio nacional y más que eso, que nos hicieron perder riquezas inestimables como la propia salida al mar -que pudieron evitarse nada más que cuidando nuestras fronteras como lo hacen todos los pueblos del mundo, la escasa idoneidad para el trabajo, la facilidad con que se interrumpe la jornada laboral por el motivo más baladí, y en los últimos tiempos, el criminal bloqueo de caminos que todo lo paraliza, son los elementos que nosotros mismos prohijamos y que completamos con las ya citadas pésimas gestiones de gobierno y con la malhadada corrupción, para sumirnos en un atraso punto menos que cavernario. Por último, ni siquiera se toma en cuenta que después de esas guerras y otras tragedias -como pueden ser los desastres naturales devastadores-, no hicimos el acto de contrición y no nos propusimos enmendar errores y decidirnos por el cumplimiento honrado de nuestras obligaciones, que fue como procedieron los ‘imperialistas’ americanos, europeos y algunos asiáticos a los que ahora vivimos echándole el perro muerto de nuestras desventuras. Ni por casualidad se le cruza por la mente calenturienta de ningún manifestante la idea de exigir, asimismo, que los gobiernos y los ciudadanos de este tercer mundo miserable, se pongan la mano al pecho y decidan enderezar el rumbo por el que tan obstinada y equivocadamente están transitando.
Es equitativo, ideal, noble, una demostración de amor al prójimo, la condonación de deudas, el aporte para mitigar el hambre y el dolor de pueblos que sufren sin ser culpables, asimismo, una indemnización por lo que los ricos se llevaron a precio de gallina muerta o que lisa y llanamente saquearon sin dejar ningún beneficio. Pero, más prudente aún será que las protestas se dirijan con igual o mayor vehemencia contra los gobernantes, líderes políticos y sindicales, autoridades, parlamentarios, juzgadores, etcétera, que ayer y hoy hicieron del manejo del Estado y de los intereses populares un estropajo, un botín para llenar hasta el hartazgo sus bolsillos, un campo para ensayar los abusos más incalificables.
Mucho de todo ello pasó y pasa en esta patria desventurada que es Bolivia, por eso estamos con un pie en la sepultura.


¡Qué manera de complicarnos la vida!

Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina

¡Qué lindo sería que amaneciera como antes!
Con el canto agudo de los gallos en los canchones.
Con el dulce trino de las aves.
Con el tañido de las campanas parroquiales llamando a los fieles a las misas del alba.
Con las voces sosegadas del carretero madrugador.
Con la calle humedecida de rocío.
Con el olor a pan recién horneado.
Embalsamado el ambiente en las fragancias de los jazmines y de los naranjos en flor.
Qué lindo sería que amaneciera como antes.
Con el saludo fraterno entre vecinos de portón a portón.
Con las tertulias cálidas sobre el tiempo y las aguas.
Con el ir y venir del chisme picaresco, casi nunca teñido de malevolencias.
Con el lenguaje llano, franco y sin dobles intenciones.
Ese lenguaje breve que, sin embargo, alcanzaba para transmitir nociones completas acerca de las realidades del día.
Qué lindo sería tropezar de nuevo, en la despareja acera, con la muchachuela que tímidamente, casi en susurros, ofrecía roscas de maíz o pandearroces o chimas o molletes o gelatina de pata.
"¿No quiere, señor, una gelatina? Es de la buena, de donde las Araúces."
"Cómpreme roscas, son de donde las Bascopeces y las doy con yapa".
En tanto de casa en casa, el carretero ofrecía "leña de la que no humea" por ser de negrillo y por estar bien seca.
Qué lindo sería restablecer la institución de la vecindad.
Sentimiento, el de la vecindad, natural, espontáneo, profundo.
Que hacía del vecino un hermano, más que un hermano a veces.
¿O no era el vecino el primero en nuestra casa cuando nos sacudía la desgracia?
¿O el primero en nuestros momentos de alegría?
¿No acudíamos al vecino para pedir prestado el tan famoso "muruncuntrullo?"
¿O para que nos facilitara unos centavos o nos prestara una camisa o cuidara de nuestra tapera cuando teníamos que viajar al campo o asistir a alguna fiesta de aquellas que se organizaban "hasta que las velas no ardan"?
Tan amplio era el alcance de aquel sentimiento de la vecindad que, sin sombra de dudas, sabíamos quién vivía a ambos lados de nuestra casa, a lo largo de toda la cuadra e incluso dentro del marco de la manzana y hasta a varias manzanas a la redonda.
La vecindad era cálida, llena de amor, crisol de la comprensión y de la buena voluntad.
La vecindad ya no cuenta ahora.
Nos refundimos, cada cual en su agujero, y aislados nos pasamos años de años sin dignarnos cuando menos, a abrirnos con un saludo.
Ya nadie tiene un muruncuntrullo con que auxiliar a su vecino.
Qué va a tenerlo, si ni siquiera tiene una idea vaga de lo que es o de lo que fue el famoso muruncuntrullo. (Sigue)

 

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