Doctor José: unos apuntes
Yo puedo sacar a relucir unos apuntes sobre el Dr. José Gutiérrez Gutiérrez,
cuya muerte lloré mientras me encontraba de viaje cumpliendo compromisos de los
tantos que se me echan encima. Y puedo tomarme esa licencia porque el Dr. José,
desde siempre, me distinguió con su amistad blanca y sin dobleces. Enamorados de
la noche cálida y buscando por dónde sacarle punta, lo acompañaba en torno de
una mesa en que hacía juguetones alardes de "maestro y tratadista" de la churuca,
ese simpático juego de naipes que realmente dominaba, como él mismo sostenía,
por el manejo que hacía de la "ciencia infusa", frente a sus contendores
ocasionales a quienes trataba de "iconoclastas".
La de surazos, aguaceros y noches tórridas con fugas de estrellas y luceros que
vimos diluirse en tanto su voz cantante espantaba sueños, bostezos y fatigas. La
de penas y preocupaciones que lográbamos sepultar al conjuro mágico de sus
frases hechas, de sus aforismos, de sus dichos con sabor terrígeno. Algo había
de singular y de extraordinario en la personalidad y en la forma de comunicarse
del doctor José que generaba una especie de limbo en el que reales eran las
ganas de eternizarse.
Pero no se trataba tan sólo del personaje chispeante que en un abrir y cerrar de
ojos hacía brotar los dorados ribetes de la conformidad y de la complacencia.
Puesto a encarar asuntos serios, a responder a los desafíos más duros, el doctor
José no presentaba arrugas, no se escapaba por la tangente para seguir los
acontecimientos de palco. Resuelto y sin poner condiciones, ocupaba un lugar en
las primeras líneas y no escondía el cuerpo cuando demandaban su liderazgo. No
por nada su nombre patricio, -aunque él mismo lo resistiera con ejemplar
modestia-, está inscrito en los cuadros de honor de las luchas cívicas de su
tierra, de nuestra Santa Cruz de la Sierra, que se abrió perfumada para acoger
sus venerados despojos hace apenas unos días.
Doctor José: Usted anduvo por todos los caminos de la vida, incluso por los más
ásperos y los más azarosos. Y en cada vericueto dio la talla excepcional del
hombre de bien, en el sentido más amplio del concepto.
Como todos aquellos que usted convocó para que se nutrieran de la "ciencia
infusa", me inclino reverente en homenaje a su memoria.
Pedro RIVERO MERCADO
|