Entre fantasmas y modas...
Mario Rueda Peña
Salta a la vista que en Bolivia, en determinados sectores, la política sigue
siendo credo y no ciencia. Idearios que incitan más a lo votivo que al
raciocinio. Principios que impone la moda y no la dinámica del intelecto. El
dogma dando vueltas en casi todos los lados, de espaldas a la terca y dura
realidad.
Desde la Europa de las décadas de los 30 y 40, el paradigma ‘nacionalsocialista’
sedujo en Bolivia a sectores civiles y militares. Hasta tuvo resonancias de
implícitos ¡‘Heilt Hitler’! en ejecuciones sumarias, en los barrancos yungueños
de Chuspipata. No faltaron civiles que acreditaban su identidad
ideológico-política con la diestra en alto, al estilo de las huestes de
Mussolini, Hitler o Franco. El MNR se salvó de hacer lo mismo gracias a Carlos
Montenegro, cuya carga teórico-ideológica en la fundación del partido, en la
línea del nacionalismo revolucionario, se había impuesto al entusiasmo inicial
por el nacionalsocialismo. Optó más bien por diferenciarse con la ‘V de la
Victoria’. Desde la ultratumba, el espíritu de Trotsky, un ruso-judío que en
realidad apellidaba Bronstein, se valió de ciertos ‘mediums’ foráneos para
dictar la famosa ‘Tesis de Pulacayo’, en nombre de la cual, durante años,
influenciada también por el ánima del anarquista Bukanin, la COB intentó someter
al Estado al ‘control directo de las masas’, Primero Stalin y luego Lenin,
saldrían después a enfrentarse a Trotsky y a Carlos Montenegro. Esto tuvo lugar
no sólo en la estructura sindical minera, sino también en la mayor parte de las
universidades del país, particularmente en las de La Paz, Cochabamba y Oruro. La
pulseta entre trotskistas, marxistas leninistas y nacionalistas revolucionarios
cobraría así, en Bolivia, rigor superior al de la Guerra Fría entre Washington y
Moscú. Se acoplaría después a esta trifulca, la que sostendrían los prosélitos
de Washington (‘Doctrina de la Seguridad Nacional’ y el foquismo guerrillero).
La unipolaridad sucedánea al derrumbe del sistema socialista europeo impondría
finalmente en Bolivia (‘Consenso de Washington’), igual que en muchos otros
países subdesarrollados y dependientes, el modelo neoliberal que acabó en
Bolivia con el capitalismo de Estado (DS 21060 y privatizaciones), ciñéndonos a
las reglas del mercado, lo cual, seguramente, festejó a rabiar, en su tumba de
Inglaterra, Adam Smith.
En el plano de la racionalidad latinoamericana, donde cobra particular vigencia
el principio de que la política no es ni debe ser aventura suicida sino ‘arte de
lo posible’, la onda de moda para la izquierda consiste en dar dos pasos al
costado derecho, consolidando una posición de centro-izquierda, lugar desde el
cual se puede observar con mayor precisión a ambos lados, lo que permite hacer
cuanto se debe en el marco de una correlación de fuerzas, tanto en la dimensión
nacional como en la internacional, que sólo radicales y fanáticos se permiten
ignorar. En eso están los gobiernos de la denominada ‘neoizquierda’
latinoamericana.
Entre nosotros, la vieja izquierda, ésa que se postraba ante Trotsky, Stalin,
Lenin o el Che Guevara, cambia también, pero sólo de símbolos. En vez de
aquellos íconos, ahora entroniza en sus altares efigies alusivas a un
neopopulismo teñido de ultranativismo, ultranacionalismo, neocapitalismo de
Estado y corporativismo. Sin embargo, acaso sean Trostky y Bakunin los que más
sobreviven en sus tácticas de lucha, pero no con ‘masas’ (pueblo integral) sino
con pelotones... de bloqueadores de calles y caminos (minorías manifiestas).
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