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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 20, Marzo de 2005

../images/blanco.gifEntre fantasmas y modas...



Mario Rueda Peña

Salta a la vista que en Bolivia, en determinados sectores, la política sigue siendo credo y no ciencia. Idearios que incitan más a lo votivo que al raciocinio. Principios que impone la moda y no la dinámica del intelecto. El dogma dando vueltas en casi todos los lados, de espaldas a la terca y dura realidad.
Desde la Europa de las décadas de los 30 y 40, el paradigma ‘nacionalsocialista’ sedujo en Bolivia a sectores civiles y militares. Hasta tuvo resonancias de implícitos ¡‘Heilt Hitler’! en ejecuciones sumarias, en los barrancos yungueños de Chuspipata. No faltaron civiles que acreditaban su identidad ideológico-política con la diestra en alto, al estilo de las huestes de Mussolini, Hitler o Franco. El MNR se salvó de hacer lo mismo gracias a Carlos Montenegro, cuya carga teórico-ideológica en la fundación del partido, en la línea del nacionalismo revolucionario, se había impuesto al entusiasmo inicial por el nacionalsocialismo. Optó más bien por diferenciarse con la ‘V de la Victoria’. Desde la ultratumba, el espíritu de Trotsky, un ruso-judío que en realidad apellidaba Bronstein, se valió de ciertos ‘mediums’ foráneos para dictar la famosa ‘Tesis de Pulacayo’, en nombre de la cual, durante años, influenciada también por el ánima del anarquista Bukanin, la COB intentó someter al Estado al ‘control directo de las masas’, Primero Stalin y luego Lenin, saldrían después a enfrentarse a Trotsky y a Carlos Montenegro. Esto tuvo lugar no sólo en la estructura sindical minera, sino también en la mayor parte de las universidades del país, particularmente en las de La Paz, Cochabamba y Oruro. La pulseta entre trotskistas, marxistas leninistas y nacionalistas revolucionarios cobraría así, en Bolivia, rigor superior al de la Guerra Fría entre Washington y Moscú. Se acoplaría después a esta trifulca, la que sostendrían los prosélitos de Washington (‘Doctrina de la Seguridad Nacional’ y el foquismo guerrillero). La unipolaridad sucedánea al derrumbe del sistema socialista europeo impondría finalmente en Bolivia (‘Consenso de Washington’), igual que en muchos otros países subdesarrollados y dependientes, el modelo neoliberal que acabó en Bolivia con el capitalismo de Estado (DS 21060 y privatizaciones), ciñéndonos a las reglas del mercado, lo cual, seguramente, festejó a rabiar, en su tumba de Inglaterra, Adam Smith.
En el plano de la racionalidad latinoamericana, donde cobra particular vigencia el principio de que la política no es ni debe ser aventura suicida sino ‘arte de lo posible’, la onda de moda para la izquierda consiste en dar dos pasos al costado derecho, consolidando una posición de centro-izquierda, lugar desde el cual se puede observar con mayor precisión a ambos lados, lo que permite hacer cuanto se debe en el marco de una correlación de fuerzas, tanto en la dimensión nacional como en la internacional, que sólo radicales y fanáticos se permiten ignorar. En eso están los gobiernos de la denominada ‘neoizquierda’ latinoamericana.
Entre nosotros, la vieja izquierda, ésa que se postraba ante Trotsky, Stalin, Lenin o el Che Guevara, cambia también, pero sólo de símbolos. En vez de aquellos íconos, ahora entroniza en sus altares efigies alusivas a un neopopulismo teñido de ultranativismo, ultranacionalismo, neocapitalismo de Estado y corporativismo. Sin embargo, acaso sean Trostky y Bakunin los que más sobreviven en sus tácticas de lucha, pero no con ‘masas’ (pueblo integral) sino con pelotones... de bloqueadores de calles y caminos (minorías manifiestas).

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