¡Simplemente… Carlitos!
Cayetano Llobet ®® Entre paréntesis
¡Y el gran enemigo de las telenovelas terminó siendo el principal
protagonista nacional de una de ellas! Es cierto que los protagonismos tienen
sus riesgos, pero cuando se entra a la política, esos riesgos se juegan en
serio: no es una cuestión de aplausos, de chillidos histéricos y de manipulación
mediática. Cuando se juega en serio, es al todo o nada. Lo demás es cálculo, es
táctica, es golpe de efecto. A veces exitosos, pero por un momento. Es el
problema de los juegos tácticos cuando no hay estrategia.
En la política, aquí y allá, ahora y siempre, hay dos grandes traidores: la
multitud y el ego. Y Carlos Mesa eligió como principales asesores… ¡a la
multitud y al ego! Y asumió que su verbo - ¡normalmente brillante!- era
suficiente para resolver problemas, para lograr concertaciones, para encauzar
agendas, para definir calendarios, para conciliar regiones.
Durante años defendió a Sánchez de Lozada y su política. Se montó en el
derrocamiento de Goni -algunos llaman felonía a esos actos- y generó la mayor
expectativa nacional sobre la recuperación de los recursos naturales. Su
referéndum, burdo y tramposo, lo llevó al callejón sin salida de una Ley de
Hidrocarburos demagógica. Y, de repente, se vuelve ‘razonable’ y comienza a
entender que hay un orden internacional, unas reglas de juego, unos poderes, y
abandona -¡como abandonó al gonismo!- sus cartas populistas. Instaura la
política del discurso múltiple. Pero, ¡colmo de colmos!, le exige al país que lo
acompañe, con apoyo militante, en todas sus locuras de veleta. ¿Con qué viento
me voy? ¡Con el que me resulte útil! Lo que importa soy yo: y si encuentro unas
señoras lloronas, pañuelitos blancos y medios que me apoyen, podré quedarme un
tiempo más. ¡Lo importante soy yo! Les digo a todos lo que todos quieren
escuchar, ¡aunque sean cosas opuestas! Y como creo en mi popularidad y en mi ego
y asumo que senadores y diputados son imbéciles, propongo hacer trampa
constitucional para ser nuevamente Presidente.
Pero las cosas y las decisiones son, en la realidad, más simples -¡o jodidamente
más complicadas!- porque te embarazas o no te embarazas, te divorcias o no te
divorcias,... ¡renuncias o no renuncias, pero no juegas al ‘me voy pero me
quedo’! Que no les reproche a los diputados el estar cuidando su curul, ¡porque
él está cuidando una banda presidencial prestada!
Y a la ordinariez del oportunismo hay que añadirle el componente de la miserable
alcahuetería nacido del transfugio, protagonizado por su ‘bancada patriótica’
-¿patriótica?- encargada de anunciar que el Presidente presentaría su renuncia
irrevocable en caso de rechazo congresal y comunicando, después de ese rechazo,
que el Presidente estaba contento y optimista.
Y resultó que el Presidente no estaba ni optimista ni contento. Estaba
resignado, había optado por quedarse -¡su gran objetivo!-, y ofreció, el jueves,
el más triste y pobre de sus discursos. No pudo articular un argumento: porque,
¿qué había cambiado en este país que dos días antes era absolutamente
ingobernable? Nada cambió, ¡salvo la imagen de un señor que, pase lo que pase,
quiere quedarse!
Y es lo que sucede en las telenovelas. En el primer capítulo fue don Carlos, ese
señor que representaba la renovación del sistema político. En el capítulo del
jueves -y pudieron haber otros hasta este domingo-, el protagonista de esta
pobre telenovela nacional fue… ¡simplemente Carlitos!
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