Los pantalones de Mesa
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Preocupado por la opinión de un famoso diputado acerca de los pantalones del
Presidente de la República, decidí averiguar por mi cuenta si los lleva o no los
lleva, los viste o los deja de vestir, una empresa difícil porque resultará
siempre extraño que alguien tenga que preguntar a otros si el señor Mesa usa
pantalones o gobierna sin ellos.
Mi primera intención fue buscar a la esposa del señor Mesa, la señora Elvira
Salinas y preguntarle: “¿Podría usted decirme si su marido tiene pantalones?”,
insólita interrogante que podría ser respondida: “Y a usted qué le importa”,
pues yo debería entender que la persona más interesada en los pantalones de su
marido es su mujer, por lo cual desistí de formular la famosa pregunta a la
señora Salinas.
En mis cavilaciones llegué a la conclusión de ir a buscar al sastre del señor
Mesa, pues su testimonio resultaría importante para saber si el Presidente lleva
pantalones o usa un pollerín como los escoceses, y me lancé a averiguar quién
podría ser el sastre del señor Mesa, comenzando por el maestro Manuel Sillerico,
a quien suelen recurrir los diputados, senadores, ministros y presidentes.
Cuando le expuse mi petición al afamado sastre para que me revelara los secretos
acerca de los pantalones del señor Mesa, aquél se excusó diplomáticamente y me
manifestó que todo aquello constituye un ‘secreto profesional’ que no lo
contaría a nadie y menos a un periodista indiscreto como yo.
Le dije vehementemente que el pueblo de Bolivia necesita conocer las dimensiones
de los pantalones de su Presidente constitucional, de la misma manera que el
Presidente estaba obligado a saber qué clase de pantalones lleva su pueblo, las
dimensiones de la cintura popular, y si los bolivianos llevamos bragueteras de
botón o cremallera, además de otras particularidades.
El sastre de corte y confección no quiso soltar prenda y se aferró a la
observancia de su secreto profesional, precepto que no pude vulnerar.
Fracasado en mi intento de conocer algo sobre los pantalones presidenciales
ingresé a mi escritorio donde guardo una colección de fotografías de los últimos
presidentes, siendo el más nuevo el de don Carlos Mesa, a quien le suelo prender
una velita cuando nos sentimos angustiados por la suerte de la República.
Contemplando su vera efigie le dije: “Carlitos, perdóname por haber indagado
acerca de tus pantalones de cuya existencia dudan algunos ciudadanos, pero yo sé
que los tienes porque hombre cobarde no entra a palacio, como dice un refrán
criollo”.
El Presidente comenzó a hablar y me dijo: “Gracias por tu preocupación acerca de
mis pantalones presidenciales. Yo te aseguro que los tengo y que los uso en todo
momento, aunque no soy de esos bolivianos valentones que gustan gritar su
machismo a tiempo de sacar el revólver que llevan en el cinto. Mi valentía es
diferente y espero que tus parientes y amigos así lo entiendan”.
Fue entonces que grité: “¡Albricias y pelillos a la mar! Nuestro Presidente
tiene pantalones pero no es un ‘machu machu’ ni un valentón de cantina”.
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