El reparto de poder en Irak se acerca al modelo libanés
Amistosos. Los presidentes de Francia, Jacques Chirac, y de EEUU, George W. Bush, durante la visita de éste a Europa
EFE. El Cairo
Las nuevas instituciones creadas en Irak en estos dos años de ocupación aún
esperan ser definidas con claridad, pero prima un reparto de poder con primacía
de los criterios religiosos y étnicos.
Este modelo en que los principios estrictamente democráticos son sacrificados a
una adecuada representación de las etnias y los grupos religiosos en Irak
comienza a parecerse al modelo libanés, único Estado que sigue ese criterio en
Oriente Medio.
El régimen del Partido Baaz con Saddam Hussein establecía el partido único, y
-de manera no explícita- se apoyaba en la comunidad sunní (un 20% de la
población), marginando a los kurdos (16%) y a los chiíes (60%), ambos grupos
sufrían periódicas campañas de represión.
Cuando las tropas de EEUU penetraron en Irak, el Gobierno iraquí apenas resistió
dos semanas en el poder, y el 9 de abril, cuando las tropas llegaron a Bagdad,
el régimen se desmoronó por completo.
Pero de inmediato se puso de manifiesto que tras la rápida campaña militar EEUU
no tenía planificación ni proyecto definitivo para la posterior transición
política.
El 16 de abril de 2003, apenas un mes después de empezar la guerra, EEUU
encomendó al ex general Jay Garner (64), el gobierno de Irak hasta las nuevas
elecciones como director de la Oficina de Reconstrucción y Asistencia
Humanitaria, bajo la autoridad del jefe de la operación militar, Tommy Franks.
Garner no duró un mes, y el 12 de mayo llegaba a Bagdad su sustituto, Paul
Bremer, que dirigió la Autoridad Provisional de la Coalición, dirigida por el
Pentágono.
Bremer tuvo la delicadeza de no llamar ‘ministerios’ a las oficinas que creó con
técnicos iraquíes dirigidos por EEUU, pero cometió un enorme error: disolvió el
Ejército iraquí y prohibió a partidarios del Baaz entrar en la nueva
administración.
La ACP se puso a la tarea de crear una nueva policía iraquí que se convirtió en
blanco de los ataques de la creciente insurgencia, lo que obligó a aumentar el
presupuesto de seguridad y a olvidarse de reducir el contingente de ocupación.
En junio de 2004, bajo una encarnizada campaña de atentados, Bremer abandonaba
Irak tras entregar el poder a un flamante ‘Consejo de Gobierno’ compuesto por
iraquíes y creado según criterios étnicos y religiosos, con representación
proporcional de los tres grupos.
El Consejo de Gobierno y la Asamblea Nacional de mil miembros, designada después
según los mismos criterios, condujeron al país hasta las elecciones del 30 de
enero, mientras la violencia se cebaba en las jóvenes instituciones.
Las elecciones se celebraron pese al boicot de los sunníes, y los 275 escaños
fueron a manos de los chiíes (que lograron la mayoría absoluta) y los kurdos,
pero los vencedores reconocen la necesidad de hallar fórmulas para integrar a
los sunníes.
El nuevo Parlamento debe preparar este año el borrador de una Constitución que
acoja a cada grupo, pero hay asuntos sensibles. Los chiíes exigen que se
reconozca un carácter confesional del Estado, y los kurdos quieren asegurar su
autonomía con un derecho de veto. Los sunníes, por su parte, buscan su nuevo
lugar en el nuevo Irak.
La UE busca ser parte de la solución
Europa, dividida en marzo de 2003 entre partidarios y detractores de la
invasión, supo enterrar sus divergencias internas y su tensión con EEUU, para
buscar su participación en el futuro del país. La Vieja Europa, encabezada por
Francia y Alemania -que se opusieron a la guerra en Irak y la calificaron de
ilegal-, no ha querido quedar de mero espectador de la violencia.
Al mismo tiempo, dos años de violencia y miles de muertos han bastado para que
Washington se dé cuenta de que necesita al resto del mundo en su aventura
prácticamente solitaria en Irak.
A Irak se une el conflicto palestino-israelí, la tensión nuclear con Irán, y la
presencia siria en Líbano, problemas cuya solución también pasa
irremediablemente por la mediación europea.
El primer gran punto y aparte en la actitud de Europa lo marcó la reunión
internacional de ministros, en noviembre, en Charm El Cheij, en Egipto, en la
que el continente se comprometió a apoyar la transición de Irak hacia la
democracia y concretamente, las legislativas de enero.
El segundo factor fue la visita del presidente de EEUU, George W. Bush, a
Bruselas en febrero, que hizo renacer las relaciones con Europa.
Tras la reelección de Bush en noviembre, Europa desea hacer entender a EEUU que
su visión neoconservadora del mundo no le hará ganar, ni en Irak ni en ningún
otro lugar, su ‘guerra contra el terrorismo’.
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