Rehenes
Jorge Siles Salinas
Deshumanización es, tal vez, la palabra que mejor cuadra en la acción
criminal de Evo Morales y sus secuaces al tener retenidos en la ruta de Chapare
a cientos de vehículos de transporte de carga y pasajeros durante días
interminables. Las víctimas de esta siniestra maniobra son los conductores, los
pasajeros, los productores agropecuarios, reducidos a una situación de hambre y
extenuación, de terror y desesperación, en su condición de prisioneros de los
forajidos que los han tenido en sus manos.
Chapare, región paradisíaca, dotada admirablemente para la atracción de un
turismo masivo, privilegiada también por su inagotable producción de frutas
tropicales, se ha convertido ahora en un verdadero espacio de pesadilla para más
de un millar de personas sometidas a esta inicua tortura de la amenaza constante
y la humillación atentatoria de los más elementales derechos humanos.
La condición propia en que tales personas se encuentran, entre ellas muchos
niños y ancianos, es la de rehenes privados de su libertad bajo términos que
fija el secuestrador, en situaciones semejantes a las que se vivieron en la
Segunda Guerra Mundial o en los horrores de la reciente contienda balcánica,
para obligar al adversario a aceptar exigencias impuestas por voluntad de quien
se siente por el momento dueño de sus vidas.
También en ciertos países de nuestra América desgarrada por la violencia, como
en Perú, bajo la acción de la guerrilla asesina; o en Colombia, en la fatídica
lucha que acongoja a los campesinos de ese país, promovida ciertamente por el
narcotráfico, o en Centroamérica, en la época de los atroces enfrentamientos de
los años 80, se generaron situaciones parecidas a las que hoy dan el triste
espectáculo del trópico cochabambino. Aquí, igualmente, como en Colombia, es el
narcotráfico el generador infame de la violencia que sufren tantas vidas
inocentes, cuyos padecimientos conmueven el corazón de los bolivianos que no
están inficionados por el virus de la demagogia o en situación extrema de
demencia.
No se entiende cómo en el largo proceso iniciado en el 2000, en el que el
bloqueo de caminos y de calles se ha convertido en práctica habitual del
extremismo desenfrenado, no se ha aplicado una sola vez la cláusula del Código
Penal (art. 213) que dispone lo siguiente: El que por cualquier modo impidiere,
perturbare o pusiere en peligro la seguridad o la regularidad de los transportes
públicos, por tierra, aire o agua, será sancionado con reclusión de 2 a 8 años.
Es particularmente condenable la resolución de los fiscales reunidos en
Cochabamba al declarar que no constituyen un acto delictivo alguno los bloqueos
de caminos. El presidente Mesa tiene toda la razón al rechazar esta descomunal
torpeza jurídica de los fiscales de la nación.
En el momento de redactar esta nota me llega la noticia de la suspensión del
bloqueo de Chapare, mantenido con tanta perfidia y cobardía por el repudiado
‘tiranuelo’ que lo impuso. Pero esto no quita nada al espectáculo abominable que
corrió por todo el mundo como demostración de la anarquía a la que se quiere
arrastrar al país.
Comparto sin reservas los sentimientos de pesadumbre expresados en la noche del
15 de marzo por el Presidente de la República. Su sacrificada gestión es un
ejemplo de dignidad, patriotismo intachable y moralidad a toda prueba que serán,
seguramente, apreciados por la historia. Queda todavía la esperanza, por leve
que ella sea, de su continuidad en el poder, habida cuenta del respaldo
incuestionable de la gran mayoría de los bolivianos.
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