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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 19, Marzo de 2005

../images/blanco.gifTe extraño papá



Alain Núñez Rojas (*)

Trato de compartir con mi pequeño hijo de seis años una vida de alegría, que esté marcada por el juego, la diversión y la fantasía, pues se sabe que los hombres, mientras más nos alejamos de la niñez, somos más infelices. El domingo, mientras lo miraba dormido, me transporté a mi niñez cuando mi padre, que conducía su viejo Toyota Land Cruiser Uno, me llevaba en sus faldas: para mí era encontrar el cielo, estaba con mi padre y, además, manejaba un vehículo.
Al igual que a mi madre, ese día, como todos los días de mi vida, extrañé a mi padre, al que ya no está, se fue o se lo llevaron, pero a mí me basta ver el cielo y encontrarlo en cada estrella. Si bien no recuerdo mucho de mi niñez, ese día se me quedó grabado y esa escena llenó de dolor mi alma. Era el mes de agosto de 1977, hacía casi cinco días que mi padre -como era tradicional- no se sentaba a compartir el almuerzo con nosotros para luego llevarnos al colegio. Llegué a mi escuela y, luego de un rato, una secretaria irrumpió en el aula y en una forma muy pero muy cruel dijo: “El alumno Núñez debe dejar la clase. Su padre ha muerto”. No puedo describir la sensación de ese momento. Luego de algunos minutos me encontré con mis hermanos que también estudiaban ahí y nos fuimos a casa. No recuerdo haber pronunciado palabra alguna hasta llegar a mi casa, donde mi dolor fue más grande porque habían decidido que, por mi edad, no podía estar presente para darle el último adiós a quien me dio la vida. Me quedé solo. Mi consuelo era llorar y lo hice por varias horas.
No fue fácil la vida sin él. Creo que los hombres siempre necesitamos de ese ser. Yo lo necesité porque, desde que pasó al oriente eterno, no estuvo para escucharme sobre mi primera pelea en el colegio, no tuve a quién abrazar para el Día del Padre; esos días visitaba el cementerio y sólo hablaba con una fría loza de cemento; no estuvo en los desfiles y ya no me dejó y recogió del colegio hasta mis seis años. Lo extrañé cuando fui haciéndome hombre, cuando la virilidad me llegó, cuando no tuve a quién preguntar sobre mis dudas por las noches húmedas que viví, cuando me tocó escoger a la persona con quien uniría mi vida, sobre mis fracasos y mis errores, sobre mis amores, sobre la vida misma. De esto también fue víctima mi hijo que no conoció a su abuelo, hoy con nostalgia comparto con él amarillentas fotografías en blanco y negro; él tampoco tuvo quién lo malcríe por encima de mis deseos o regímenes disciplinarios, o quien lo lleve al parque porque su papá estaba ocupado.
Te extraño papá porque, a pesar de haberte tenido tan poco, fuiste la persona más importante de mi vida y el mejor recuerdo de mi infancia. No conocí mucho de ti, lo bueno y lo malo me lo contó mi madre y mis hermanas mayores, eres mi héroe, pero a pesar de amarte tanto no me gusta escuchar las historias que cuentan de ti, porque regresan los recuerdos que me devuelven a la realidad de saber que no tengo padre a quien honrar, sino sólo su memoria. Cuando veo a mis amigos, incluso mayores que yo, me nace una sana envidia por ver que un hombre mayor cuenta con esta imagen, con ese guía, con el personaje que puede ser un padre, que, al igual que nuestra madre, son un recurso inagotable de amor, pero lamentablemente no renovable.
Ojalá que quienes tienen padre lo puedan aprovechar, pues ellos no sólo están para poner disciplina, orden o callar a alguien en la mesa, ellos son capaces de dar amor.

(*) Ciudadano Uninominal

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