Te extraño papá
Alain Núñez Rojas (*)
Trato de compartir con mi pequeño hijo de seis años una vida de alegría, que
esté marcada por el juego, la diversión y la fantasía, pues se sabe que los
hombres, mientras más nos alejamos de la niñez, somos más infelices. El domingo,
mientras lo miraba dormido, me transporté a mi niñez cuando mi padre, que
conducía su viejo Toyota Land Cruiser Uno, me llevaba en sus faldas: para mí era
encontrar el cielo, estaba con mi padre y, además, manejaba un vehículo.
Al igual que a mi madre, ese día, como todos los días de mi vida, extrañé a mi
padre, al que ya no está, se fue o se lo llevaron, pero a mí me basta ver el
cielo y encontrarlo en cada estrella. Si bien no recuerdo mucho de mi niñez, ese
día se me quedó grabado y esa escena llenó de dolor mi alma. Era el mes de
agosto de 1977, hacía casi cinco días que mi padre -como era tradicional- no se
sentaba a compartir el almuerzo con nosotros para luego llevarnos al colegio.
Llegué a mi escuela y, luego de un rato, una secretaria irrumpió en el aula y en
una forma muy pero muy cruel dijo: “El alumno Núñez debe dejar la clase. Su
padre ha muerto”. No puedo describir la sensación de ese momento. Luego de
algunos minutos me encontré con mis hermanos que también estudiaban ahí y nos
fuimos a casa. No recuerdo haber pronunciado palabra alguna hasta llegar a mi
casa, donde mi dolor fue más grande porque habían decidido que, por mi edad, no
podía estar presente para darle el último adiós a quien me dio la vida. Me quedé
solo. Mi consuelo era llorar y lo hice por varias horas.
No fue fácil la vida sin él. Creo que los hombres siempre necesitamos de ese
ser. Yo lo necesité porque, desde que pasó al oriente eterno, no estuvo para
escucharme sobre mi primera pelea en el colegio, no tuve a quién abrazar para el
Día del Padre; esos días visitaba el cementerio y sólo hablaba con una fría loza
de cemento; no estuvo en los desfiles y ya no me dejó y recogió del colegio
hasta mis seis años. Lo extrañé cuando fui haciéndome hombre, cuando la
virilidad me llegó, cuando no tuve a quién preguntar sobre mis dudas por las
noches húmedas que viví, cuando me tocó escoger a la persona con quien uniría mi
vida, sobre mis fracasos y mis errores, sobre mis amores, sobre la vida misma.
De esto también fue víctima mi hijo que no conoció a su abuelo, hoy con
nostalgia comparto con él amarillentas fotografías en blanco y negro; él tampoco
tuvo quién lo malcríe por encima de mis deseos o regímenes disciplinarios, o
quien lo lleve al parque porque su papá estaba ocupado.
Te extraño papá porque, a pesar de haberte tenido tan poco, fuiste la persona
más importante de mi vida y el mejor recuerdo de mi infancia. No conocí mucho de
ti, lo bueno y lo malo me lo contó mi madre y mis hermanas mayores, eres mi
héroe, pero a pesar de amarte tanto no me gusta escuchar las historias que
cuentan de ti, porque regresan los recuerdos que me devuelven a la realidad de
saber que no tengo padre a quien honrar, sino sólo su memoria. Cuando veo a mis
amigos, incluso mayores que yo, me nace una sana envidia por ver que un hombre
mayor cuenta con esta imagen, con ese guía, con el personaje que puede ser un
padre, que, al igual que nuestra madre, son un recurso inagotable de amor, pero
lamentablemente no renovable.
Ojalá que quienes tienen padre lo puedan aprovechar, pues ellos no sólo están
para poner disciplina, orden o callar a alguien en la mesa, ellos son capaces de
dar amor.
(*) Ciudadano Uninominal
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