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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 19, Marzo de 2005

../images/blanco.gif‘Mesaurus’ creció rápido para morir joven



Gustavo Maldonado Medina

El temible tiranosaurus rex, el mayor predador del período cretácico, crecía a un ritmo de 2,1 kilos diarios, lo que le permitía, en sus casi 30 años de vida, alcanzar las seis toneladas de peso. El tiranosaurus crecía rápido y moría joven. Conocer la vida de estos animales es muy importante porque nos permite entender la evolución del gigantismo y teorizar sobre el ‘pequeñismo’ de nuestros políticos.
Actualmente, en este período ‘cretino’, tenemos al ‘Mesaurus’ que también es carnívoro y se alimentó de otros dinosaurios, herbívoros y camaleónidos, como los reptiles saurios del MNR, MIR, NFR, UCS y ADN, que en 25 minutos lo ratificaron en el Congreso. Al igual que el carnívoro voraz que vivió hace 65 millones de años, nuestro ‘Mesaurus’ creció a un ritmo de algunos kilos diarios, lo que le permitió, en sus 50 años de vida, alcanzar las toneladas de peso de la Presidencia de la República. Pasó de ser un camaleón periodista, de una tonelada, a un dinosaurio devorador de rivales, de seis toneladas, con pocos competidores en el mundo prehistórico político boliviano. El asunto es que el ‘Mesaurus’ -al igual que el tiranosaurus- creció rápido para morir joven.
La sobrevivencia del ‘Mesaurus’ dependió de su ambivalente y locuaz papel de intelectual en el mundo prehistórico político boliviano, en el que otros reptiles saurios -estimulados por la ‘erythroxylum coca’- crecen a un ritmo extremadamente rápido, lo que les permite alcanzar un enorme tamaño en poco tiempo, como el ‘Evosaurio’ más conocido como ‘cocasaurio rex’. En Bolivia, son por lo menos tres las actitudes que puede adoptar el intelectual en relación con el contorno político. Primero está el intelectual puramente contemplativo que traiciona su integridad y vocación, cuando subordina su adhesión estricta a los valores inmutables de la verdad, la belleza y la justicia a la satisfacción de intereses temporales, sean de raza, de clase o de nación.
En el extremo opuesto se halla el modelo del intelectual que interviene activamente en la arena pública, que sale, por decirlo así, de su especialidad para tomar partido, a riesgo aun de sucumbir a la tentación ideológica y sacrificar, por consiguiente, la independencia de espíritu que es inherente y necesaria a la crítica.
Finalmente está el intelectual que, sin renunciar a la objetividad y demás imperativos de su oficio, se siente llamado a un compromiso explícito por imposición de su circunstancia nacional. Por lo general, se detendrá en el umbral de la acción para preservar su facultad de pensar y enriquecer la vida política mediante la reflexión, viendo más allá de los partidos y las pasiones. Su perfil, en cualquier caso, invita a no recluirse en el silencio, a no desentenderse de los problemas colectivos y contribuir, en cambio, a su solución.
La perspectiva es diferente de la del político. También son otros los recursos conceptuales, la distancia y acaso el rigor. Hubo un tiempo en el que era noble y loable luchar intelectualmente por las causas perdidas, si éstas eran dignas como el petróleo y el gas. Que la nación boliviana y sus hidrocarburos lo han sido, es difícil dudarlo. Veamos los ejemplos de Carlos Montenegro, Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortiz Mercado y otros valientes. Pero ahora vivimos un tiempo en el que algunos intelectuales, como el ‘Mesaurus’, sólo luchan por las causas previamente ganadas por su bolsillo. Y luego renuncian al mando o son los primeros en abandonar el barco cuando se percatan de que éste se hunde. Si no me cree, pregúntele al ‘Gonisaurio’.

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