‘Mesaurus’ creció rápido
para morir joven
Gustavo Maldonado Medina
El temible tiranosaurus rex, el mayor predador del período cretácico, crecía
a un ritmo de 2,1 kilos diarios, lo que le permitía, en sus casi 30 años de
vida, alcanzar las seis toneladas de peso. El tiranosaurus crecía rápido y moría
joven. Conocer la vida de estos animales es muy importante porque nos permite
entender la evolución del gigantismo y teorizar sobre el ‘pequeñismo’ de
nuestros políticos.
Actualmente, en este período ‘cretino’, tenemos al ‘Mesaurus’ que también es
carnívoro y se alimentó de otros dinosaurios, herbívoros y camaleónidos, como
los reptiles saurios del MNR, MIR, NFR, UCS y ADN, que en 25 minutos lo
ratificaron en el Congreso. Al igual que el carnívoro voraz que vivió hace 65
millones de años, nuestro ‘Mesaurus’ creció a un ritmo de algunos kilos diarios,
lo que le permitió, en sus 50 años de vida, alcanzar las toneladas de peso de la
Presidencia de la República. Pasó de ser un camaleón periodista, de una
tonelada, a un dinosaurio devorador de rivales, de seis toneladas, con pocos
competidores en el mundo prehistórico político boliviano. El asunto es que el
‘Mesaurus’ -al igual que el tiranosaurus- creció rápido para morir joven.
La sobrevivencia del ‘Mesaurus’ dependió de su ambivalente y locuaz papel de
intelectual en el mundo prehistórico político boliviano, en el que otros
reptiles saurios -estimulados por la ‘erythroxylum coca’- crecen a un ritmo
extremadamente rápido, lo que les permite alcanzar un enorme tamaño en poco
tiempo, como el ‘Evosaurio’ más conocido como ‘cocasaurio rex’. En Bolivia, son
por lo menos tres las actitudes que puede adoptar el intelectual en relación con
el contorno político. Primero está el intelectual puramente contemplativo que
traiciona su integridad y vocación, cuando subordina su adhesión estricta a los
valores inmutables de la verdad, la belleza y la justicia a la satisfacción de
intereses temporales, sean de raza, de clase o de nación.
En el extremo opuesto se halla el modelo del intelectual que interviene
activamente en la arena pública, que sale, por decirlo así, de su especialidad
para tomar partido, a riesgo aun de sucumbir a la tentación ideológica y
sacrificar, por consiguiente, la independencia de espíritu que es inherente y
necesaria a la crítica.
Finalmente está el intelectual que, sin renunciar a la objetividad y demás
imperativos de su oficio, se siente llamado a un compromiso explícito por
imposición de su circunstancia nacional. Por lo general, se detendrá en el
umbral de la acción para preservar su facultad de pensar y enriquecer la vida
política mediante la reflexión, viendo más allá de los partidos y las pasiones.
Su perfil, en cualquier caso, invita a no recluirse en el silencio, a no
desentenderse de los problemas colectivos y contribuir, en cambio, a su
solución.
La perspectiva es diferente de la del político. También son otros los recursos
conceptuales, la distancia y acaso el rigor. Hubo un tiempo en el que era noble
y loable luchar intelectualmente por las causas perdidas, si éstas eran dignas
como el petróleo y el gas. Que la nación boliviana y sus hidrocarburos lo han
sido, es difícil dudarlo. Veamos los ejemplos de Carlos Montenegro, Sergio
Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortiz Mercado y otros valientes. Pero
ahora vivimos un tiempo en el que algunos intelectuales, como el ‘Mesaurus’,
sólo luchan por las causas previamente ganadas por su bolsillo. Y luego
renuncian al mando o son los primeros en abandonar el barco cuando se percatan
de que éste se hunde. Si no me cree, pregúntele al ‘Gonisaurio’.
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