Gurús de la economía
Héctor Joffre Ch.
Las actitudes que adoptaron algunas personas en aras de sus intereses
privados resultaron a la medida para abultar las antologías de la estupidez. Se
ha puesto de moda convocar a cabildo por cualquier causa o circunstancia, como
en el caso de las tarifas del transporte público, tema propicio para ganar
popularidad al margen de otras consideraciones de capital importancia, con el
fin de asegurar la continuidad en la jefatura de las organizaciones de vecinos,
que se valen de un puñado de personas que se sospecha fueron recompensadas. La
presidencia de tales organizaciones convocó a los usuarios del transporte a un
esmirriado cabildo para determinar unilateralmente el precio de los pasajes. Con
tal método, el rechazo al incremento estaba asegurado. Plan tan preconcebido
como reunir a un grupo de borrachos para que determinen el precio del trago.
La agudeza mental de tal presidencia, y de otros ‘vices’ con parecidas
aspiraciones, raya en la genialidad a la hora de utilizar el tema. Es
sorprendente cómo han determinado que, en una comunidad económicamente
dependiente como la nuestra, la elevación del costo de vida debe afectar, por
decreto particular de los dirigentes, solamente a ciertos sectores mientras se
soslaya a otros. Tanto el transporte, en general, como el público, en
particular, son altamente sensibles a las variaciones de las divisas debido al
efecto inmediato en sus costos de operación. No solamente influye el
encarecimiento del dólar respecto al boliviano, también del yen respecto al
dólar, puesto que la provisión de repuestos viene de Japón. De esta manera,
considerar únicamente la elevación de los precios de los carburantes, es como
fijar el precio de un plato de locro, tomando en cuenta sólo el gas y no el
costo del pollo y de los otros ingredientes; y como los comensales no pueden
pagar, entonces que cargue la viandera con los platos rotos.
Adquirir un vehículo para ganar dinero es una inversión, como también lo es el
costo para adquirir una profesión. Sin embargo, en el primer caso el objeto de
la inversión se deteriora con el tiempo, mientras que en el segundo mejora o
debiera, cosa que en estas personas no parece confirmarse. En ambos casos debe
recuperarse la inversión.
Exigir al usuario del transporte conocimientos acerca de estos temas para que
luego tome decisiones, es lo mismo que se ha hecho cuando se pidió al pueblo que
decida sobre cuestiones tan complejas como la exportación de hidrocarburos. Este
tipo de ocurrencias sólo pueden darse en comunidades en las que las sinapsis
cerebrales han formado un laberinto de ideas y propuestas de las cuales no vamos
a salir ni con el hilo de Ariadna.
Éste es un pálido reflejo de lo que posiblemente suceda con las autonomías
tomadas a la ligera. El tema de las atribuciones, nacionales o locales, como en
el caso del transporte, podría convertirse en la tabla de salvación para
camuflar la incapacidad de las autoridades, como se lo ha hecho hasta ahora al
utilizar al centralismo como chivo expiatorio.
Muerto el perro no desaparecerán las pulgas, irán a otro animal.
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