Democratizar
a través de Las Armas
Tras anunciar el fin de la historia y de la civilización, Francis Fukuyama dice ahora que es urgente fortalecer las instituciones porque los estados débiles o fracasados, subraya, causan casi todos los males del mundo: pobreza, sida, drogas, terrorismo. Aquí, junto al análisis de su último libro, Fukuyama responde
Revista Ñ © Babelia y Clarín
Francis Fukuyama es uno de los más significativos ideólogos del
conservadurismo estadounidense, y merece ser leído no sólo por eso (pues siempre
se aprende mucho más del adversario que del aliado) sino porque la mitad de las
veces demuestra tener un olfato certero. Así sucedió con aquel artículo de 1989
titulado El fin de la historia (cuyo libro tradujo Planeta en 1992) que le lanzó
al estrellato tras certificar la definitiva defunción del socialismo con la
caída del muro de Berlín.
Eso le granjeó la eterna fobia de la progresía mundial, que jamás le perdonará
haber constatado la evidencia de que el emperador estaba desnudo. Pero su odio
no carece de razón, pues Fukuyama cometió la torpeza de adornar su panfleto con
una envoltura fundada en la metafísica hegeliana que se hacía antipática de puro
pedante. Y además su título sonaba a falso, como la historia se encargó de
probar enseguida con la primera guerra de Irak.
Pero pese a todo, el argumento central sigue resultando incontestable al
demostrar que la democracia liberal y el capitalismo de mercado son las dos
grandes instituciones que han determinado el triunfo irreversible de la
civilización occidental. Pues ya entonces constató que la guerra fría se ganó
para siempre, pero no por la fuerza de las armas militares (como creían los
guerreros de las galaxias que ocupaban el Pentágono), sino por la fuerza de las
instituciones civiles.
Desde entonces Fukuyama ha proseguido una carrera intelectual que cabría
calificar de hemipléjica, desequilibrada como está por auténticos bodrios que a
duras penas son compensados por otros libros muy estimables. Entre sus peores
maulas destacan dos en especial, de un reaccionarismo tan subido que raya con el
fundamentalismo. El primero se titula La gran ruptura (Ediciones B, 2000) y
pretende sostener que la ineluctable decadencia de la civilización occidental
(está escribiendo durante la escandalosa Administración de Clinton) sólo tiene
un único culpable: y es el trabajo de las mujeres, que estaría destruyendo la
familia y con ella la autoridad paterna, fundamento del orden social. Increíble.
El otro es posterior, se titula El último hombre (Ediciones B, 2002), y es un
ataque contra las nuevas tecnologías genéticas basadas en la investigación con
células troncales. Para él, como para el Papa, la creación natural es sagrada.
En contraste con esto, Fukuyama también ha publicado una obra excelente,
titulada Trust (1995), traducida como La confianza (Ediciones B, 1998). La
verdad es que no tiene mucho de original, pues se basa en las intuiciones de
Robert Putnam sobre el capital social, entendido como aquellas redes de
reciprocidad que generan un clima de confianza generalizada. Pero así como
Putnam sólo entendía el capital social como fundamento de la democracia, en el
sentido de Tocqueville, Fukuyama amplía su efecto a la confianza empresarial,
demostrando que se halla en la base del moderno crecimiento económico. Y para
ello analiza cómo, a partir de las pequeñas empresas familiares, se puede ir
ampliando la escala de las relaciones de confianza hasta las empresas medianas y
grandes, con el boom de China como gran evidencia empírica.
Pues bien, ahora Fukuyama acaba de sacar otro libro, La construcción del Estado,
también muy interesante. En realidad es una especie de segunda parte deTrust,
pues también sostiene que la confianza es el catalizador mágico que debe
presidir la construcción del Estado (nation building), ya que sin ella no se
puede afianzar el imperio de la ley (rule of law) que es la condición sine qua
non para fundar instituciones autosostenidas. Y lo más interesante de este nuevo
libro es que su alegato se relaciona también con el primero de todos, pues
Fukuyama sostiene que esa imprescindible confianza institucional jamás puede
obtenerse imponiéndola por la fuerza militar.
De ahí que esta postura le haya enfrentado a los neocons de la Administración de
Washington, que pretenden democratizar por la fuerza a los países vasallos que
conquistan. Y es que con la democratización ocurre lo mismo que con la
planificación económica de los años sesenta: que la planificación imperativa no
funciona, y sólo lo hace la planificación indicativa. O dicho en términos de
Joseph Nye: con poder duro no se puede democratizar a nadie; eso sólo se puede
conseguir con poder suave.
Pero como este recomendable libro de Fukuyama se enfrenta de lleno a la
ideología oficial que predomina en Washington, ha sido escrito por ello con
demasiadas precauciones, dada la obsesiva censura patriotera que allí impera.
Esto explica que le haya salido tan desequilibrado o desmedido como su obra
entera. La parte teórica, centrada en un fino análisis académico de las
relaciones agente-principal en las organizaciones institucionales, resulta
impecable. Pero en cambio la parte normativa y empírica, cuando llega la hora de
aplicar su análisis al proceso efectivo de construir un Estado en Oriente Medio,
entonces falla estrepitosamente. ¿Será sólo por autocensura?
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