Lévi-Strauss. Este mundo ya no es el mío
Referente para varias generaciones de intelectuales, ya próximo a cumplir un siglo, Claude Lévi-Strauss repasa aquí los años que vivió en Brasil. En la charla aparecen el impacto colosal de la ‘selva virgen’ y de la formación urbana, así como los cambios que sufrió nuestra relación con los pueblos primitivos
Le Monde y Clarín
-¿Es posible quedar marcado físicamente y para siempre por un país?
-Sin duda. Cuando yo fui a Brasil, en 1935, para enseñar sociología en la
Universidad de San Pablo, mi primer impacto fue la naturaleza, tal como todavía
era posible contemplarla sobre las pendientes de la Serra do Mar, entre San
Pablo y el puerto de Santos. Allí existía un desnivel de 800 metros tan abrupto
que la civilización había desdeñado el lugar en beneficio de la selva virgen. Al
desembarcar en Santos se tenía un contacto breve pero inmediato con lo que el
Brasil del interior, a miles de kilómetros de allí, todavía podía reservar. En
el interior me encontré de nuevo con una naturaleza absolutamente distinta de la
que había conocido... Pero hay otra dimensión a la que no siempre se le presta
atención y que para mí fue fundamental: el fenómeno urbano. En 1935 decían que
se construía una casa por hora en San Pablo. Había una compañía británica que
abría los territorios al oeste del Estado y construía una línea de ferrocarril y
urbanizaba una ciudad cada quince kilómetros. En esa época, uno de los grandes
privilegios de Brasil era poder asistir, de manera casi experimental, a la
formación de ese fantástico fenómeno humano que es una ciudad.
-¿Toda ciudad?
-En nuestro país, la ciudad es a veces sin duda el resultado de una decisión del
Estado, pero sobre todo de millones de pequeñas iniciativas individuales tomadas
a lo largo de los siglos. En el Brasil de los años 30 se podía observar cómo se
producía todo el proceso en unos años. Como yo ejercía la etnografía, los indios
fueron para mí esenciales, pero esa experiencia urbana ocupó un lugar muy
importante, y los dos Brasil coexistían. Novelistas como Euclides da Cunha
-autor del clásico Os Sertes- describieron magníficamente a ese Brasil.
-¿Volvió a ver a sus amigos, los indios caduveos, bororos o nambikwaras, que
usted había estudiado?
-En 1985, Brasilia era una de las etapas del viaje presidencial. El diario O
Estado de Sao Paulo me propuso llevarme a ver a los bororos, un viaje que me
había costado mucho en 1935, pero que, en avión, se podía hacer en unas horas.
Subimos una mañana a una avioneta que transportaba solamente tres pasajeros: mi
mujer, una colega brasileña y yo. El avión voló sobre los territorios bororos,
pudimos incluso divisar algunas aldeas todavía con su estructura circular, pero
cada una tenía ahora una pista de aterrizaje. No volví a ver a los bororos en
carne y hueso, pero sobrevolé el Bermejo, un afluente del Paraguay que me había
llevado varios días remontar en piragua, y que ahora está bordeado por una ruta
asfaltada.
-¿Qué pasa con el Museo del Hombre, inaugurado en 1938?
-El Museo del Hombre se encamina hacia un nuevo destino. Fue concebido siguiendo
una fórmula muy ambiciosa pero que, en mi opinión, ya no responde a las
realidades del momento. Su objeto era unir la prehistoria, la antropología
física, la etnografía, que tomaron en cada caso caminos divergentes. En el caso
de la etnografía, el Museo del Hombre pretendía mostrar cómo vivían aún en 1920
y 1930 los pueblos lejanos que los etnólogos iban a estudiar. Eso ya no responde
al presente. Si quisiéramos mostrar cómo vive hoy una población melanesia,
desconocida en 1930, habría que poner en la vitrina bolsas de café y autos
Toyota junto a algunos utensilios tradicionales. Y sería una imagen mentirosa.
La idea general del futuro museo del Quai Branly es recoger todo lo que estas
civilizaciones han producido de grande y bello, teniendo en cuenta que son
testimonios del pasado. Eso responde bien a la relación que esas civilizaciones
pueden y deben mantener con su pasado, y a la que podemos mantener hoy con
ellas.
-¿Es posible que un objeto sacado de su contexto ritual, comunitario, conserve
su sentido?
-Una máscara que tiene una función ritual es también una obra de arte. El
enfoque estético no me inquieta en absoluto. El Museo del Louvre es ante todo un
museo de bellas artes. Tiene, por lo tanto, un espíritu y una función ‘estetizantes’.
Nunca impidió que la historia o la sociología del arte se desarrollaran, ni que
los conservadores de ese museo fueran muy buenos estudiosos. El hecho de
suscitar el interés o la emoción del público a través de objetos bellos no me
preocupa para nada. La estética es una de las vías que le permitirá descubrir
las civilizaciones que los produjeron. Y así algunos se convertirán en
historiadores, observadores, estudiosos que se dedicarán a esas civilizaciones.
-Usted coleccionó objetos y llegó a comparar los mitos, tema de sus
investigaciones, con "objetos muy bellos que no nos cansamos de contemplar".
¿Todavía le encantan?
-Siempre he amado los objetos, desde la infancia, el baratillo. En un tiempo,
los objetos que llamábamos primitivos eran accesibles a los bolsillos modestos.
Con André Breton, por ejemplo, cuando estábamos en Estados Unidos, sabíamos que
esos objetos eran tan bellos como los de otras civilizaciones; y que podíamos
comprarlos por casi nada. Todos los objetos ahora tienen un precio tan alto que
lo único que se puede hacer es mirarlos de lejos sin pensar en tenerlos. Si las
condiciones se hubieran mantenido, seguramente seguiría coleccionando. En 1950,
tuve problemas personales y a toda costa tenía que comprar un departamento. Tuve
que separarme de mi colección. Hoy veo pasar objetos que me pertenecieron.
-Usted es melómano. Su libro "Mitológicas" arranca con una obertura y cierra con
una finale. En "Lo crudo y lo cocido", el primero de los cuatro volúmenes de
"Mitológicas", comienza recitando un canto Bororo: la melodía del buscador de
pájaros. ¿Analizó su música?
-No, para nada, no soy etnomusicólogo; no estudié sus cantos. En algunos casos
me impresionaron, en otros me emocionaron. Por otra parte, una de mis primeras
emociones fue la de las ceremonias que se desarrollaban cuando conocí a los
bororos. Acompañaban sus cantos con sonajeros que manipulaban con tanto
virtuosismo como un director de orquesta su batuta. Hace unos meses recibí la
visita de dos indios bororos que acompañaban a dos investigadores de la
universidad de Campo Grande del Mato Grosso, donde ellos mismos enseñan.
Quisieron, en mi oficina del Collège de France, por su propia iniciativa, cantar
y bailar para mí. Ésa es una de las paradojas en las que vivimos: esos colegas
bororos conservaban toda la frescura y autenticidad de una música que yo había
escuchado sesenta años antes. Fue muy emocionante. La música es el misterio más
grande que enfrentamos. La música popular brasileña de mi tiempo era, además,
sumamente sabrosa.
-¿Qué diría del futuro?
-No me pregunte nada de eso. Estamos en un mundo al que ya no pertenezco. El que
conocí y amé tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6 mil
millones de humanos. Ya no es el mío. Y el de mañana, poblado por 9 mil millones
de hombres y mujeres -aunque se trate de un pico de población, como nos dicen
para consolarnos- me impide cualquier predicción...
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