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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 19, Marzo de 2005

../20050319/images/es8.jpgComo quien dice Medio siglo


Hoy se cumplen 50 años de la aparición de Pedro Páramo, tal vez las 100 páginas que más han influido en las letras hispanas de las últimas décadas. Su estructura aún es admirada por su complejidad, que contrasta con la sencillez del lenguaje que acuñó Rulfo


Brújula

Cuando Juan Rulfo cambió el "Fui a Tuxcacuesco" por el "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre", se destinó a sí mismo a permanecer por siempre en la literatura. Encerrar a su personaje en un mundo de muertos hizo que Pedro Páramo se convierta en influencia para la mayoría de los escritores de habla hispana que publicaron sus obras en las últimas cinco décadas. Hoy se cumple medio siglo desde que los primeros 2.000 ejemplares de Pedro Páramo fueron editados por el Fondo de Cultura Económica y ya nadie sabe cuántos le han seguido. Pero Juan Preciado no es el único que dice ser hijo de Pedro, sino que ahora, se sabe, que engendró incluso después de muerto y hasta los rebeldes de la generación Crack dicen ser hijos suyos.
Es que el caso de Juan Rulfo es único. Sus obras completas caben en un libro de bolsillo, pero su influencia es palpable en todo el mundo. Pedro Páramo es una novela de 100 páginas, madurada durante toda una vida, escrita en un año y que, según comentó él mismo en 1985, tardó cuatro años en vender mil ejemplares. “Los otros mil los regalé a quien me los pidiera”, dijo, cuando recordó el fracaso editorial que significó su primera edición.
En ese texto, Rulfo también echa un poco de luz sobre el proceso de la escritura de la novela. En mayo de 1954 compró un cuaderno escolar y anotó en él el primer capítulo de una novela que durante muchos años había madurado en su cabeza. “Sentí por fin haber encontrado el tomo y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes a cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”, escribió para la agencia EFE en 1985, un año antes de morir.
Esa fue la primera versión de Pedro Páramo, pero en realidad, la que hoy conocemos es la tercera. Lo primero que hizo fue escribir otra versión más corta, de 150 páginas a la que luego eliminó “toda divagación y las intromisiones del autor”.
En esos tiempos, Arnaldo Orfila lo apuraba para que le entregara el libro, pero él aún no sabía si estaba listo o no, así que lo sometió a criba de su grupo literario. Todos los miércoles asistía a las tertulias literarias del Centro Mexicano de Escritores. Allí comparecían Arreola, Chumacero, Ricardo Garibay, Miguel Guardia y Luisa Josefina Hernández. La primera lectura de los manuscrito de Pedro Páramo dividió aguas: “Arreola, Chumacero, la señora Sheed y Xirau me decían: Vas muy bien. Miguel Guardia encontraba en él sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que el libro era una porquería”, confesó.
La discusión y el rechazo a la obra se encontraba en la complejidad de su estructura. La novela tardó muchos años en nacer porque Rulfo analizó la estructura narrativa al límite. En una obra que cuenta la historia de ánimas que se encuentran en un limbo llamado Comala, el tiempo y el espacio se funden, el pasado se vuelve mañana y el presente no existe, por más que esté narrado en primera persona y siempre en tiempo presente.
Esa complejidad condensada en 100 páginas es explicada como necesaria por el autor. “En primer lugar, fue una búsqueda de estilo. Tenía los personajes y el ambiente. Estaba familiarizado con esa región del país (Jalisco), donde había pasado la infancia, y tenía muy ahondadas esas situaciones. Pero no encontraba un modo de expresarlas. Entonces, simplemente intenté hacerlo con el lenguaje que yo había oído de mi gente, de la gente de mi pueblo. Había hecho otros intentos -de tipo lingüístico- que habían fracasado porque me resultaban poco académicos y más o menos falsos. Eran incomprensibles en el contexto del ambiente donde yo me había desarrollado. Entonces el sistema aplicado finalmente, primero en los cuentos, después en la novela, fue utilizar el lenguaje del pueblo, el lenguaje hablado que yo había oído de mis mayores, y que sigue vivo hasta hoy”, dijo en una entrevista concedida en 1973.
Luego confesó que todo era más o menos mentira, o ficción, que no es lo mismo. El paisaje que describe en Pedro Páramo no existe y, como quien dice, con el tiempo los de las sierras de Jalisco también se dieron cuenta de que ellos no hablan así. Es decir, Rulfo tiene mucho más valor aún al plantear una falsa o ficticia sensación de leer algo que está escrito como se habla, en un lenguaje campesino. El mexicano reinventa o recrea una forma de hablar para sus paisanos, lo pone en un paisaje, cierra el período de la novela de revolución mexicana e inaugura una narrativa contemporánea que influiría en toda la región (América Latina, aquí también, lengua es territorio).
Allí también hay una posición ética. La vida de Rulfo fue dura, durísima. Quedó huérfano a temprana edad y siempre evitó hacer referencias autobiográficas directas en su literatura. “Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades”, dijo en 1973. Y así tuvo que vivir. Estudió en un seminario católico y cuando migró a la ciudad de México para seguir la secundaria, no le reconocieron los cursos realizados en Guadalajara, así que tomó clases como oyente y comenzó a trabajar como vendedor ambulante. Entre viaje y viaje, escribía cuentos que el poeta Efrén Hernández le publicaba en la revista América. Así, de forma casi fragmentaria, su forma de narrar se ganó el aprecio y la admiración de propios y extraños.
Y sus influencias llegaron a un escritor como el argentino Héctor Tizón. En el congreso sobre Comunicación y Literatura realizado en octubre pasado en Cochabamba, el jujeño confesó que fue leer la obra de Rulfo lo que lo convenció de que podía ser escritor, que él había crecido con una nana quechua y se sentía indefenso ante el arte de la palabra que se expresaba en la biblioteca de su casa, poblada de obras de Cervantes y del siglo de oro español. Sin embargo, fue leer la simpleza y la validez del lenguaje de El llano en llamas y Pedro Páramo lo que lo empujó a escribir. Y le fue bien. A principios de año oficializaron su candidatura al Nobel de Literatura.
Tizón conoció a Rulfo en México y la influencia fue directa. Pero no así los Crack Padilla y Volpi. Los niños terribles de la literatura mexicana, los que destrozaron a hachazos las reputaciones de lo ‘boomerang’, se declaran hijos de Rulfo.
“Somos hijos de Rulfo de una manera brutal -dice Ignacio Padilla- , a tal punto que tuvimos que hacer un exorcismo de su fantasma. Cuando nos conocimos estábamos absolutamente fascinados por Rulfo, como debería ser, y decidimos escribir una novela a ocho manos, entre cuatro autores, burlándonos de los cuentos rurales, siendo nosotros de la cuidad. Pero ese exorcismo no era renunciar a Rulfo sino incorporarlo para no repetirlo. Queríamos aprender de él y al mismo tiempo renovarnos con otro tipo de tradición. Sí, somos hijos de Rulfo: todos somos hijos de Pedro Páramo”.
Y es que siempre fue así. Cuando se editó Pedro Páramo, el 19 de marzo de 1955, la primera crítica fue realizada por Archivaldo Burns, el más poderoso de los analistas literarios de ese tiempo. La destrozó. Incluso su propio amigo y editor de Fondo de Cultura Económica, Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas.
“Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí: "Eres el jefe de producción del Fondo y escribes que el libro no es bueno". Alí me contestó: "No te preocupes, de todos modos no se venderá". Y así fue: unos 1.000 ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían”, recordó Rulfo en 1985.
Sin embargo, fueron unos jóvenes llamados Carlos Blanco Aguinaga, Carlos Fuentes y Octavio Paz quienes le dieron manija en artículos escritos para diferentes revistas y en pocos años se tradujo al francés, inglés, alemán e italiano. Antes de morirse, Juan Rulfo se dio el gusto de saber que su pequeña novela podía ser leída en turco, chino, griego o ucraniano. “El mérito no es mío, sino de los lectores. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio”, dijo. Y sin embargo, leerlo sigue siendo un gran placer, medio siglo después de su gran fracaso editorial, aún permanece, no ha podido salir de Comala. Nosotros tampoco.

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