Como quien dice
Medio siglo
Hoy se cumplen 50 años de la aparición de Pedro Páramo, tal vez las 100 páginas que más han influido en las letras hispanas de las últimas décadas. Su estructura aún es admirada por su complejidad, que contrasta con la sencillez del lenguaje que acuñó Rulfo
Brújula
Cuando Juan Rulfo cambió el "Fui a Tuxcacuesco" por el "Vine a Comala porque
me dijeron que acá vivía mi padre", se destinó a sí mismo a permanecer por
siempre en la literatura. Encerrar a su personaje en un mundo de muertos hizo
que Pedro Páramo se convierta en influencia para la mayoría de los escritores de
habla hispana que publicaron sus obras en las últimas cinco décadas. Hoy se
cumple medio siglo desde que los primeros 2.000 ejemplares de Pedro Páramo
fueron editados por el Fondo de Cultura Económica y ya nadie sabe cuántos le han
seguido. Pero Juan Preciado no es el único que dice ser hijo de Pedro, sino que
ahora, se sabe, que engendró incluso después de muerto y hasta los rebeldes de
la generación Crack dicen ser hijos suyos.
Es que el caso de Juan Rulfo es único. Sus obras completas caben en un libro de
bolsillo, pero su influencia es palpable en todo el mundo. Pedro Páramo es una
novela de 100 páginas, madurada durante toda una vida, escrita en un año y que,
según comentó él mismo en 1985, tardó cuatro años en vender mil ejemplares. “Los
otros mil los regalé a quien me los pidiera”, dijo, cuando recordó el fracaso
editorial que significó su primera edición.
En ese texto, Rulfo también echa un poco de luz sobre el proceso de la escritura
de la novela. En mayo de 1954 compró un cuaderno escolar y anotó en él el primer
capítulo de una novela que durante muchos años había madurado en su cabeza.
“Sentí por fin haber encontrado el tomo y la atmósfera tan buscada para el libro
que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las
que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media
calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al
llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la
Goodrich, pasaba mis apuntes a cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente
Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera
dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día
siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas.
Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”, escribió
para la agencia EFE en 1985, un año antes de morir.
Esa fue la primera versión de Pedro Páramo, pero en realidad, la que hoy
conocemos es la tercera. Lo primero que hizo fue escribir otra versión más
corta, de 150 páginas a la que luego eliminó “toda divagación y las
intromisiones del autor”.
En esos tiempos, Arnaldo Orfila lo apuraba para que le entregara el libro, pero
él aún no sabía si estaba listo o no, así que lo sometió a criba de su grupo
literario. Todos los miércoles asistía a las tertulias literarias del Centro
Mexicano de Escritores. Allí comparecían Arreola, Chumacero, Ricardo Garibay,
Miguel Guardia y Luisa Josefina Hernández. La primera lectura de los manuscrito
de Pedro Páramo dividió aguas: “Arreola, Chumacero, la señora Sheed y Xirau me
decían: Vas muy bien. Miguel Guardia encontraba en él sólo un montón de escenas
deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para
insistir en que el libro era una porquería”, confesó.
La discusión y el rechazo a la obra se encontraba en la complejidad de su
estructura. La novela tardó muchos años en nacer porque Rulfo analizó la
estructura narrativa al límite. En una obra que cuenta la historia de ánimas que
se encuentran en un limbo llamado Comala, el tiempo y el espacio se funden, el
pasado se vuelve mañana y el presente no existe, por más que esté narrado en
primera persona y siempre en tiempo presente.
Esa complejidad condensada en 100 páginas es explicada como necesaria por el
autor. “En primer lugar, fue una búsqueda de estilo. Tenía los personajes y el
ambiente. Estaba familiarizado con esa región del país (Jalisco), donde había
pasado la infancia, y tenía muy ahondadas esas situaciones. Pero no encontraba
un modo de expresarlas. Entonces, simplemente intenté hacerlo con el lenguaje
que yo había oído de mi gente, de la gente de mi pueblo. Había hecho otros
intentos -de tipo lingüístico- que habían fracasado porque me resultaban poco
académicos y más o menos falsos. Eran incomprensibles en el contexto del
ambiente donde yo me había desarrollado. Entonces el sistema aplicado
finalmente, primero en los cuentos, después en la novela, fue utilizar el
lenguaje del pueblo, el lenguaje hablado que yo había oído de mis mayores, y que
sigue vivo hasta hoy”, dijo en una entrevista concedida en 1973.
Luego confesó que todo era más o menos mentira, o ficción, que no es lo mismo.
El paisaje que describe en Pedro Páramo no existe y, como quien dice, con el
tiempo los de las sierras de Jalisco también se dieron cuenta de que ellos no
hablan así. Es decir, Rulfo tiene mucho más valor aún al plantear una falsa o
ficticia sensación de leer algo que está escrito como se habla, en un lenguaje
campesino. El mexicano reinventa o recrea una forma de hablar para sus paisanos,
lo pone en un paisaje, cierra el período de la novela de revolución mexicana e
inaugura una narrativa contemporánea que influiría en toda la región (América
Latina, aquí también, lengua es territorio).
Allí también hay una posición ética. La vida de Rulfo fue dura, durísima. Quedó
huérfano a temprana edad y siempre evitó hacer referencias autobiográficas
directas en su literatura. “Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una
familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente
destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre
fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de
devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he
encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la
Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa
ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en
esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de
asesinatos y de crueldades”, dijo en 1973. Y así tuvo que vivir. Estudió en un
seminario católico y cuando migró a la ciudad de México para seguir la
secundaria, no le reconocieron los cursos realizados en Guadalajara, así que
tomó clases como oyente y comenzó a trabajar como vendedor ambulante. Entre
viaje y viaje, escribía cuentos que el poeta Efrén Hernández le publicaba en la
revista América. Así, de forma casi fragmentaria, su forma de narrar se ganó el
aprecio y la admiración de propios y extraños.
Y sus influencias llegaron a un escritor como el argentino Héctor Tizón. En el
congreso sobre Comunicación y Literatura realizado en octubre pasado en
Cochabamba, el jujeño confesó que fue leer la obra de Rulfo lo que lo convenció
de que podía ser escritor, que él había crecido con una nana quechua y se sentía
indefenso ante el arte de la palabra que se expresaba en la biblioteca de su
casa, poblada de obras de Cervantes y del siglo de oro español. Sin embargo, fue
leer la simpleza y la validez del lenguaje de El llano en llamas y Pedro Páramo
lo que lo empujó a escribir. Y le fue bien. A principios de año oficializaron su
candidatura al Nobel de Literatura.
Tizón conoció a Rulfo en México y la influencia fue directa. Pero no así los
Crack Padilla y Volpi. Los niños terribles de la literatura mexicana, los que
destrozaron a hachazos las reputaciones de lo ‘boomerang’, se declaran hijos de
Rulfo.
“Somos hijos de Rulfo de una manera brutal -dice Ignacio Padilla- , a tal punto
que tuvimos que hacer un exorcismo de su fantasma. Cuando nos conocimos
estábamos absolutamente fascinados por Rulfo, como debería ser, y decidimos
escribir una novela a ocho manos, entre cuatro autores, burlándonos de los
cuentos rurales, siendo nosotros de la cuidad. Pero ese exorcismo no era
renunciar a Rulfo sino incorporarlo para no repetirlo. Queríamos aprender de él
y al mismo tiempo renovarnos con otro tipo de tradición. Sí, somos hijos de
Rulfo: todos somos hijos de Pedro Páramo”.
Y es que siempre fue así. Cuando se editó Pedro Páramo, el 19 de marzo de 1955,
la primera crítica fue realizada por Archivaldo Burns, el más poderoso de los
analistas literarios de ese tiempo. La destrozó. Incluso su propio amigo y
editor de Fondo de Cultura Económica, Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo
le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas.
“Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le
dije a mi querido amigo Alí: "Eres el jefe de producción del Fondo y escribes
que el libro no es bueno". Alí me contestó: "No te preocupes, de todos modos no
se venderá". Y así fue: unos 1.000 ejemplares tardaron en venderse cuatro años.
El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían”, recordó Rulfo en 1985.
Sin embargo, fueron unos jóvenes llamados Carlos Blanco Aguinaga, Carlos Fuentes
y Octavio Paz quienes le dieron manija en artículos escritos para diferentes
revistas y en pocos años se tradujo al francés, inglés, alemán e italiano. Antes
de morirse, Juan Rulfo se dio el gusto de saber que su pequeña novela podía ser
leída en turco, chino, griego o ucraniano. “El mérito no es mío, sino de los
lectores. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad.
Porque para escribir se sufre en serio”, dijo. Y sin embargo, leerlo sigue
siendo un gran placer, medio siglo después de su gran fracaso editorial, aún
permanece, no ha podido salir de Comala. Nosotros tampoco.
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