Necesidad de una preconstituyente
Agustín Saavedra Weise
El tema de la Asamblea Constituyente está alcanzando ribetes demagógicos
alarmantes. ¿El problema de la tierra? ¡A la Constituyente! ¿Autonomías? ¡A la
Constituyente! Y así sucesivamente, desde los asuntos más serios hasta lo que
podría ser la distribución del desayuno escolar o si se prohíbe masticar chicle
en público, todo se lo quiere mandar a la Constituyente. A este paso, la
Asamblea que se instalará será una especie de gigantesca y bullanguera marmita a
la que se le han agregado tantos temas que, en lugar de ser el punto de partida
para fundar un nuevo país, puede transformarse en una fatídica olla de Mongolia,
como ese típico plato chino formado por retazos de lo que cae en un recipiente
con agua hirviendo puesto en frente de los comensales, que al final se comen
todo lo que hay dentro sin mayores discriminaciones. No, eso no puede ser, creo
que la Asamblea Constituyente debe ser otra cosa.
Si vamos a llamar a una Asamblea Constituyente, que quede bien claro que aunque
se trata –por definición– de crear un nuevo pacto social, una nueva
Constitución, no se trata solamente de darle forma a un pedazo vacío de papel.
Todo Estado nacional organizado es más, mucho más que un simple papel. El Estado
es espacio, territorio, medio ambiente y población, con todo lo que ello acarrea
en materia de recursos naturales y energéticos. El Estado es algo dinámico y no
meramente formal. Esta clara distinción refleja que toda asamblea constituyente
debe también tomar en cuenta aspectos de naturaleza geopolítica, o sea, la
relación entre geografía, poder político y los vínculos entre población y suelo.
La letra muerta de nada sirve sin el contraste con esa realidad.
Por otro lado, llevar todo a la Constituyente como si fuera la gigantesca
marmita cuyo brebaje ‘mágico’ solucionará los problemas del país, no me parece
lo más sensato posible. Más bien agravaría dichos problemas. Hay que proceder
con cordura, pues se trata de crear las bases de una flamante y vigorosa
Bolivia, no de ensamblar un gallinero en el que todos riñan y discutan para
llegar a crear (si se crea) un frustrante mamarracho.
Desde mi modesta perspectiva, pienso que hay que proceder con la Asamblea
Constituyente tal y como es usual proceder en el sistema de las Naciones Unidas.
Cada vez que hay un encuentro importante, la Secretaría General de la ONU
prepara, mediante sus órganos especializados, un documento base de discusión. A
partir de ahí, se reúnen comisiones regionales y comités preparatorios, los que
poco a poco van decantando el documento base y generando alternativas diversas.
Luego de todas estas reuniones, también poco a poco se va consensuando un
documento final, el que recién es llevado a la Asamblea. Instalada la Asamblea o
cumbre ‘x’ (de cualquiera de los grandes temas de la ONU) lo único que tiene que
hacer ésta es pulir el documento –que ha sido minuciosamente preparado con
anterioridad– y, por supuesto, aprobarlo de forma solemne.
Con este método se han logrado impresionantes documentos, declaraciones y
programas de acción que hoy rigen la vida organizada de las naciones. Nada se
hubiera podido hacer si todo se llevaba de inmediato a la discusión. Sin
embargo, en esta Bolivia tan peculiar y tan ‘bizarre’ se pretende comenzar al
revés...
Por eso propongo, formalmente, que se creen de inmediato las bases para una
Asamblea preconstituyente, asamblea que debe cernir ideas, consensuar pautas y
producir un documento global que sirva de marco general de discusión para la
Constituyente que se instale. Si se procede como se pretende proceder hasta
ahora, la Constituyente será un fracaso; habrá mucho más ruido que sustancia,
muchos más problemas que soluciones para una nación que angustiosamente precisa
generar una legitimidad global y mejorar sus peligrosos bajos índices de
legitimidad vertical y horizontal.
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