Sobre Sartre
Pedro Shimose
Sartre no es santo de mi devoción. Nunca lo fue. A él tampoco le importaba
que lo admiraran. Mi generación prefirió leer a Camus. Si hoy escribo sobre
Jean-Paul Sartre no es para celebrar el centenario de su nacimiento (París,
21.06.1905). Lo hago para comentar un desconcertante artículo sin firma
aparecido en el diario “La Razón” (La Paz, 12/03/05) con el titulo, más
desconcertante aún, de “Hace 100 años nació el filósofo del siglo XX”.
¡Albricias!
No es lo mismo decir ‘un’ filósofo del siglo XX que ‘el’ filósofo del siglo XX.
El filósofo del siglo XX sería en todo caso, Martín Heidegger, maestro de Sartre.
Aún así, sería discutible tal jerarquía, porque están Ludwig Wittgenstein,
Nicolai Hartmann, Alfred North Whitehead, Edmund Husserl, Benedetto Croce, Henri
Bergson...
Otro error lamentable del citado artículo es atribuir a Sartre la paternidad del
existencialismo. Éste nace con la obra del filósofo danés Soren Kierkegaard y en
las novelas capitales del escritor ruso Fiodor Dostoyevski. Mucho antes de que
Sartre publicara, en 1938, su novelita La náusea y El Ser y la Nada (1943),
ensayo de ontología fenomenológica, el español Miguel de Unamuno había ya
publicado Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos
(1913), profundo ensayo de pura cepa existencialista.
Dieciséis años antes, en 1927, se publicaron, al unísono, Ser y Tiempo, del
alemán Heidegger y Diario metafísico, del francés Gabriel Marcel. Once años
antes, el libro Filosofía, de Karl Jaspers. ¿Cómo puede decirse, entonces, que
Sartre es ‘el padre del existencialismo’?
También se afirma que “el alcohol y las mujeres fueron las dos musas del también
dramaturgo”. Sartre no se merece esta frivolidad. Por si fuera poca la ligereza
del comentarista, el artículo va acompañado de una fotografía de Sartre con un
texto que empieza: ‘el anarquista...’. ¿En qué quedamos? ¿Existencialista o
anarquista?
Cierto es que Sartre llegó a decir que la palabra ‘existencialista’ era
estúpida. En 1975, dice: “Hoy yo no la aceptaría. Pero ya nadie me llama
existencialista, salvo en los manuales, donde eso no quiere decir nada”. Después
parece resignarse y le confiesa a su entrevistador que “si fuera absolutamente
necesaria una etiqueta, me gustarla más la de existencialista”.
A los veinticinco años de su muerte (París, 15/04/1980) Sartre es un filósofo
devaluado. Al final de su vida dijo que sólo le interesaban la filosofía, la
política y la música. Le gustaba el jazz y la música sinfónica. Era un buen
pianista, tenía voz de barítono y compuso una sonata.
¿Qué queda de Sartre? Su obra literaria. Sus ensayos Lo imaginario (1940), El
existencialismo es un humanismo (1946), Reflexiones sobre la cuestión judía
(1946), ¿Qué es la literatura? (1948), su teatro, sus artículos y prefacios
reunidos en diez volúmenes bajo el titulo de Sitúations (1947-1975), su libro de
memorias Las palabras (1964) y sus estudios sobre Baudelaire, Mallarmé, Flaubert
y Jean Genet.
Sartre era lo que los franceses llaman ‘un homme de lettres’, es decir, un
literato. Un hombre enamorado de la literatura. Escribía con frenesí, metódica y
compulsivamente. Buscaba la notoriedad, el escándalo, la confrontación. En su
juventud había sido boxeador aficionado. Espíritu contradictorio, polémico,
alcanzó la cima de la celebridad al rechazar el Premio Nobel en 1964.
Sus contemporáneos lo equipararon a Voltaire, el Voltaire del siglo XX. Durante
la guerra de Argelia, Sartre se pronunció contra el colonialismo francés.
Quisieron apresarlo, pero el general De Gaulle paró su detención con una frase:
‘A Voltaire no se lo toca’.
En Bolivia lo habrían detenido, insultado, humillado, abofeteado, pateado,
perseguido y exiliado. Esa es una de las diferencias entre Francia y Bolivia.
Hay otras, claro. // Madrid, 18/03/2005.
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