Los partidos políticos deben revitalizarse
Adhemar Suárez Salas
El notable escritor y político cochabambino Augusto Céspedes (1903-1997)
decía: “Son la corrupción, el financiamiento ilegal, las prácticas clientelistas,
las listas electorales cerradas y la existencia de oligarquías perpetuas lo que
explica el divorcio entre los partidos políticos y la sociedad. Si dichas
organizaciones políticas no quieren perecer, deben remontar todas esas taras que
los maniatan y anquilosan ”.
En efecto, los partidos están amenazados desde distintos frentes.
Desde abajo, por los cambios socioeconómicos y culturales experimentados por una
sociedad ahora más fragmentada, con intereses heterogéneos e indiferente a
convocatorias genéricas basadas en consignas o antinomias de otras épocas. Desde
arriba, por el proceso de globalización que, al acotar los márgenes de autonomía
del Estado-Nación tradicional, replantea el campo de acción de la propia
política. Desde lo ideológico, por las crisis de las grandes narraciones
histórico-políticas que ceden su lugar a visiones pragmáticas.
Desde los medios de comunicación, por el predominio de éstos en la
retroalimentación de la opinión pública y en la mediación de las demandas
populares.
Por último, hay que tomar nota de que estamos viviendo en cuatro espacios
públicos relevantes: el local interno, el del Estado-Nación clásico, el regional
supranacional y el global. Pero, la política se realiza apenas en los dos
primeros, mientras que los otros escapan al control de los representantes.
Sumémosles a estos elementos los hechos graves de corrupción y nos vamos a
encontrar con una mayoría social que percibe la política como una actividad
improductiva y de interés exclusivo y egoísta de los seudoprofesionales, es
decir, de los que viven de la política y mejoran su vida a costa de ella.
Entonces, la mirada popular da cuenta de una actividad basada en el más puro
individualismo y alejada de todo ideal.
Este conjunto de condicionantes obliga no sólo a una acción para sanear la vida
partidaria, sino también a redefinir el rol de la política y de los partidos. No
es casual que frente a la decadencia de las ideologías totalizadoras y la crisis
de los modelos de organización y acumulación política en la base de la sociedad,
los partidos tiendan a convertirse en máquinas o aparatos que sólo funcionan en
tiempos electorales. Se pasa del partido de masas, de cuadros en torno a un
proyecto de sociedad, al partido ‘marketinero-electoral’.
En el otro extremo están las figuras que sobresalen en el escenario público,
sobre las cuales se montan pequeñas estructuras, carentes de representación, que
dependen básicamente de la suerte del referente. De aquí la indiferencia y la
irrelevancia social de los partidos, la predominancia del dinero para ‘aceitar’
aparatos básicamente clientelistas y la imagen que tiene la sociedad, reflejadas
en el último informe sobre la democracia del Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo, como en el de Transparencia Internacional.
Frente a este panorama sombrío, corresponde devolverle a los partidos su
capacidad de vincular la política democrática con la sociedad, sus funciones de
representación, de elaboración de proyectos y propuestas, de estimuladores de la
deliberación pública y el debate, de agregación de las demandas, de canalización
de conflictos y de preparación y formación de dirigentes para las principales
posiciones del Estado y la función pública. En definitiva, y para que no se
cumplan las profecías del ‘Chueco’ Céspedes, los partidos políticos deben
“volver a nacer” al socaire de nuevas corrientes de agua cristalina.
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