Del volcán boliviano (I)
Francisco Xavier Iturralde
El artículo ‘Del volcán boliviano’, publicado por el periódico español La
Vanguardia, me da motivo para hacer algunas consideraciones.
Que Bolivia es la síntesis del mundo, es mucho decir. Indudablemente cada región
es diferente, pero no tan incomparables en el mismo espacio como lo son España,
Francia, Alemania y Polonia. Lo que sucede en Europa es que existe una manera de
ser europea, pero los ciudadanos de cada país resaltan sus diferencias en la
vida familiar. Por ejemplo, de ninguna manera un español tiene la misma vida
familiar que un polaco. En Bolivia, las diferencias están por todo lado:
aimaras, quechuas, guaraníes, menonitas, rusos ortodoxos, coreanos, bolivianos
de origen español, japoneses, alemanes, judíos, árabes cristianos, peruanos,
argentinos, italianos y ex yugoslavos, sin contar los pueblos de Bolivia que
hablan portugués y otros que se parecen a los peruanos. No faltan los
descendientes de los fundadores de Asunción que, con su importante origen
sefardí, mantienen sus tradiciones en Santa Cruz, diferentes a las de los
blancos de La Paz o de Sucre. Incluso entre estos últimos existen marcadas
diferencias en su manera de ser. Ni qué hablar de la influencia chilena en los
profesionales del sector público y de los formados en Estados Unidos y México.
En todo este panorama se encuentra la gente de El Alto. Duros de verdad porque
no es humano vivir donde ellos viven. Todo es frío aunque el sol brilla fuerte.
Suciedad por doquier. Son los habitantes más fuertes del planeta, debido a que
entre ellos se engañan y se venden toda la podredumbre que se pueda imaginar,
desde pollos lavados con lavandina hasta hamburguesas preparadas con cartón y
carne de perro.
De ahí nacen prósperos comerciantes que, de operadores de contrabando en todo el
altiplano, pasan a manejar sectores del mismo y poco a poco ingresan a la zona
sur de La Paz, con sus negocios cobijados en el régimen simplificado. Algunos
que se buscaron la vida en El Alto ya están triunfando en la Av. Ballivián de La
Paz: es la nueva ‘clase media boliviana’. Sin embargo, no me trago la historia
de que Sánchez de Lozada se tuvo que ir por la reacción de El Alto. Las
contradicciones entre Sánchez Berzaín y Carlos Mesa, así como las políticas
típicas de un movimientista como Sánchez de Lozada y su Parlamento, que
aprobaron la Ley de Hidrocarburos en 1996, fueron las causas para que el
ejército actúe de manera vacilante. El 13 de octubre de 2003 vi cómo los
pacíficos residentes de Munaypata atacaron el convoy de cisternas con gasolina a
dinamitazos (“nos han atacado mientras estábamos bloqueando pacíficamente”). Los
militares encargados de proteger el convoy respondieron, de ahí surgió parte de
la lista de cadáveres. Y claro, el genial Carlos Mesa ocupó el puesto. Sánchez
de Lozada siempre supo que lo suplantaría. Para comenzar, no era independiente;
siempre fue admirador de Paz Estenssoro, ex abogado de la Patiño Mines, de esa
escuela de conversos de último momento. PAT quebrada fue inmediatamente
recompensada en las elecciones de 2002 ‘ganadas’ por el MNR. El manco de Lepanto,
como intelectual, no lo hubiera hecho mejor en La Paz.
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