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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 17, Marzo de 2005  

>>    ¿Hacia dónde va el país?

Pese a la pobrísima disponibilidad de medios, nada hay dentro del complejo marco de nuestros problemas que no hubiese sido atendido o cuando menos escuchado y evaluado. Pero así y todo no conseguimos, y al parecer no lo lograremos nunca, salir del pantano, liberarnos de la situación de ahogo en que nos venimos debatiendo sin tener presente que, al final de cuentas, no habrá cuerpo que lo resista.
Y no puede ser de otra manera si se toma en consideración que ni bien hemos expuesto unos problemas capitales, se nos ha escuchado, se han abierto los caminos para la conciliación e incluso se ha llegado a ésta, ya nos encontramos volviendo a la carga con otro cúmulo impresionante y urgente de reclamaciones y de demandas.
Pesa, sin duda, en la conciencia de todos los sectores ciudadanos sin excepción alguna, el hecho de las limitaciones materiales enormes en que discurre la vida republicana. Con un erario nacional aquejado por centenarios déficits, con bajos niveles de productividad, sin vías de comunicación y mediterráneo para hacer más patético nuestro posicionamiento, el país sobrevive un poco por milagro del cielo. Mas, pese a tan dramática realidad que nadie ignora, no paramos de pedir esto y aquello cual si estuviese al alcance de la mano. De algo así como pedir peras al olmo tenemos que declararnos protagonistas.
El momento crucial por el que estamos atravesando con claras señales de que puede desembocar en el desastre total, debiera movernos ante todo a la reconciliación. Reconciliación a la sombra de sentimientos altruistas, dejando de lado banderíos políticos, caciquismos, resentimientos étnicos, gratuitos y enfermizos recelos. Reconciliación para buscar en paz y en concordia no sólo el restablecimiento del orden, del principio de autoridad legítimamente constituido, sino al mismo tiempo una calidad de vida mejor para todos.
A nosotros mismos, los que en carne propia vivimos nuestros dramas, nos sorprende que tanto tiempo llevemos enfrentados, asfixiados por las pasiones descontroladas. Proyectamos al mundo no la imagen de un pueblo con sus propios credos y principios y pendiendo de un cordón umbilical común. Somos algo peor que una pluralidad de estados beligerantes, de tribus salvajes. Somos especímenes de galaxias empeñados en copar espacios, tanto los propios como los ajenos.
Pero en lugar de dar cara a esas realidades y de procurar un cambio de actitudes, seguimos empeñados en salirnos con la nuestra así el país, a la deriva, quede a merced del naufragio, Primero es lo sectario, primero es lo personal, primeros los intereses subalternos. Que del país y su futuro se haga cargo la bienaventuranza o que se produzca la fatal desintegración.
La gimnasia ciudadana es insólitamente dinámica, pero lo insólito de su dinamismo no tiene nada que ver con la preservación de la integridad física o la búsqueda de una más saludable proyección. Aquello y esto, bien poco preocupan. ¿Que el país está en llamas? Pues, a avivar el fuego para que de una buena vez se funda.
No son siempre los gobiernos los que no tienen fórmulas para conducir y llevar a puerto seguro los destinos nacionales. Son más bien los rebeldes sectores ciudadanos, con frecuencia sin causas, los que no admiten que se aplique fórmula alguna. Prefieren el río revuelto, convencidos como están de que es la hora de la buena pesca.


El transporte en micros y el sacrificio de la población

Marcelo Rivero

Son horas difíciles que vive la gran mayoría de la población de la capital cruceña por falta de transporte público, es decir de colectivos. En razón a que la ciudad se ha extendido tanto y a que en la periferia vive esa gran mayoría que debe trasladarse a diario a desarrollar sus actividades laborales en los sitios más diversos (tomando con frecuencia hasta tres micros), el servicio en cuestión se ha tornado básico. De esta condición de básico servicio se están valiendo los propietarios para darle carácter indefinido a la huelga en la que ingresaron la semana pasada en demanda del alza del precio del pasaje para mayores de edad, sometiendo a su clientela -que es la que los hace ganar buenos quintos-, a duro e injusto castigo.
Evidentemente los pasajeros, aunque no debe haber ni uno que quiera que le suban al valor del pasaje, no son los culpables del enredo que se ha armado. Los culpables habría que buscarlos entre quienes propiciaron la intromisión de la Superintendencia de Transportes en asuntos urbanos, que por esto mismo son de exclusiva competencia de las municipalidades. Los culpables podrían ser los que en un comienzo permitieron el monopolio -contraviniendo la ley-, al punto de que las líneas tienen dueños, para meter en ellas un colectivo es poniendo miles de dólares, los recorridos también son propiedad ajena, la alcaldía no tiene pito que tocar, radicando en estas características algunas de las razones por las que tantos “autobuses” anden vacíos, dándoles vueltas a los mercados y quizá trabajando a pérdida. Los culpables, en suma, hay que buscarlos entre quienes no se atreven a tomar el toro por las astas, vale decir recuperar el control del transporte urbano, analizar los costos, conocer si el barrio Oriental precisa 10, 50 ó 100 micros, y cuántos el Pari, la Pampa de la Isla y los otros 500 barrios cruceños, para saber la cantidad de colectivos que requerimos y finalmente establecer a ciencia cierta si debe aumentar el precio -o más bien bajar- y en qué porcentaje. De paso para saber si esos sujetos que ofician de choferes lo son profesionales, o meros aprendices, paisanos que se conforman con los cuatro reales que les pagan, que renuncian a sus beneficios sociales y que encima son usados como carne de cañón.
Mientras buscan a los culpables del zafarrancho en que está convertido el transporte público urbano de Santa Cruz, no le queda más al pueblo inocente -el que peso sobre peso pone las monedas que luego se convierten en millones-, que revestirse de paciencia y apelar a su espíritu de sacrificio para seguir aguantando la peña.
Ese sacrificio que parece llegar al final pero que resiste sólo porque Dios es grande.

 

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