Pese a la pobrísima disponibilidad de medios, nada hay dentro
del complejo marco de nuestros problemas que no hubiese sido atendido o cuando
menos escuchado y evaluado. Pero así y todo no conseguimos, y al parecer no lo
lograremos nunca, salir del pantano, liberarnos de la situación de ahogo en que
nos venimos debatiendo sin tener presente que, al final de cuentas, no habrá
cuerpo que lo resista.
Y no puede ser de otra manera si se toma en consideración que ni bien hemos
expuesto unos problemas capitales, se nos ha escuchado, se han abierto los
caminos para la conciliación e incluso se ha llegado a ésta, ya nos encontramos
volviendo a la carga con otro cúmulo impresionante y urgente de reclamaciones y
de demandas.
Pesa, sin duda, en la conciencia de todos los sectores ciudadanos sin excepción
alguna, el hecho de las limitaciones materiales enormes en que discurre la vida
republicana. Con un erario nacional aquejado por centenarios déficits, con bajos
niveles de productividad, sin vías de comunicación y mediterráneo para hacer más
patético nuestro posicionamiento, el país sobrevive un poco por milagro del
cielo. Mas, pese a tan dramática realidad que nadie ignora, no paramos de pedir
esto y aquello cual si estuviese al alcance de la mano. De algo así como pedir
peras al olmo tenemos que declararnos protagonistas.
El momento crucial por el que estamos atravesando con claras señales de que
puede desembocar en el desastre total, debiera movernos ante todo a la
reconciliación. Reconciliación a la sombra de sentimientos altruistas, dejando
de lado banderíos políticos, caciquismos, resentimientos étnicos, gratuitos y
enfermizos recelos. Reconciliación para buscar en paz y en concordia no sólo el
restablecimiento del orden, del principio de autoridad legítimamente
constituido, sino al mismo tiempo una calidad de vida mejor para todos.
A nosotros mismos, los que en carne propia vivimos nuestros dramas, nos
sorprende que tanto tiempo llevemos enfrentados, asfixiados por las pasiones
descontroladas. Proyectamos al mundo no la imagen de un pueblo con sus propios
credos y principios y pendiendo de un cordón umbilical común. Somos algo peor
que una pluralidad de estados beligerantes, de tribus salvajes. Somos
especímenes de galaxias empeñados en copar espacios, tanto los propios como los
ajenos.
Pero en lugar de dar cara a esas realidades y de procurar un cambio de
actitudes, seguimos empeñados en salirnos con la nuestra así el país, a la
deriva, quede a merced del naufragio, Primero es lo sectario, primero es lo
personal, primeros los intereses subalternos. Que del país y su futuro se haga
cargo la bienaventuranza o que se produzca la fatal desintegración.
La gimnasia ciudadana es insólitamente dinámica, pero lo insólito de su
dinamismo no tiene nada que ver con la preservación de la integridad física o la
búsqueda de una más saludable proyección. Aquello y esto, bien poco preocupan.
¿Que el país está en llamas? Pues, a avivar el fuego para que de una buena vez
se funda.
No son siempre los gobiernos los que no tienen fórmulas para conducir y llevar a
puerto seguro los destinos nacionales. Son más bien los rebeldes sectores
ciudadanos, con frecuencia sin causas, los que no admiten que se aplique fórmula
alguna. Prefieren el río revuelto, convencidos como están de que es la hora de
la buena pesca.
El transporte en micros y el
sacrificio de la población
Marcelo Rivero
Son horas difíciles que vive la gran mayoría de la población
de la capital cruceña por falta de transporte público, es decir de colectivos.
En razón a que la ciudad se ha extendido tanto y a que en la periferia vive esa
gran mayoría que debe trasladarse a diario a desarrollar sus actividades
laborales en los sitios más diversos (tomando con frecuencia hasta tres micros),
el servicio en cuestión se ha tornado básico. De esta condición de básico
servicio se están valiendo los propietarios para darle carácter indefinido a la
huelga en la que ingresaron la semana pasada en demanda del alza del precio del
pasaje para mayores de edad, sometiendo a su clientela -que es la que los hace
ganar buenos quintos-, a duro e injusto castigo.
Evidentemente los pasajeros, aunque no debe haber ni uno que quiera que le suban
al valor del pasaje, no son los culpables del enredo que se ha armado. Los
culpables habría que buscarlos entre quienes propiciaron la intromisión de la
Superintendencia de Transportes en asuntos urbanos, que por esto mismo son de
exclusiva competencia de las municipalidades. Los culpables podrían ser los que
en un comienzo permitieron el monopolio -contraviniendo la ley-, al punto de que
las líneas tienen dueños, para meter en ellas un colectivo es poniendo miles de
dólares, los recorridos también son propiedad ajena, la alcaldía no tiene pito
que tocar, radicando en estas características algunas de las razones por las que
tantos “autobuses” anden vacíos, dándoles vueltas a los mercados y quizá
trabajando a pérdida. Los culpables, en suma, hay que buscarlos entre quienes no
se atreven a tomar el toro por las astas, vale decir recuperar el control del
transporte urbano, analizar los costos, conocer si el barrio Oriental precisa
10, 50 ó 100 micros, y cuántos el Pari, la Pampa de la Isla y los otros 500
barrios cruceños, para saber la cantidad de colectivos que requerimos y
finalmente establecer a ciencia cierta si debe aumentar el precio -o más bien
bajar- y en qué porcentaje. De paso para saber si esos sujetos que ofician de
choferes lo son profesionales, o meros aprendices, paisanos que se conforman con
los cuatro reales que les pagan, que renuncian a sus beneficios sociales y que
encima son usados como carne de cañón.
Mientras buscan a los culpables del zafarrancho en que está convertido el
transporte público urbano de Santa Cruz, no le queda más al pueblo inocente -el
que peso sobre peso pone las monedas que luego se convierten en millones-, que
revestirse de paciencia y apelar a su espíritu de sacrificio para seguir
aguantando la peña.
Ese sacrificio que parece llegar al final pero que resiste sólo porque Dios es
grande.