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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 14, Marzo de 2005  

>>    Derechos de manifestación y protesta

Santa Cruz estableció un irreprochable precedente contra los que cometen delitos sancionados con cárcel por el Código Penal en el ejercicio de los derechos de manifestación y protesta. Las autoridades departamentales movilizaron a los fiscales y policías para que aprehendieran a transportistas que, a través de bloqueos, intentaban paralizar por completo la capital. Conducidos a las celdas de la PTJ, tras algunas horas de detención, fueron notificados con las medidas cautelares que anteceden al respectivo proceso penal. No podrán abandonar la ciudad y deberán presentarse determinados días de la semana ante el juez a cargo de los procedimientos.
No hubo ni muertos ni heridos, aunque sí violencia. Ésta, inevitable, por cierto. Los bloqueadores oponían palos y piedras a los policías que les instaban a despejar las vías. Así que a los uniformados no les quedó otra que apelar a la fuerza. A esa que la ley autoriza a emplear cuando hay resistencia a la autoridad empeñada en restablecer el orden público, la libre circulación y la seguridad de las personas.
La circunstancia de que la acción de fiscales y policías fuera aplaudida por mucha gente de los respectivos vecindarios, demuestra en forma inequívoca cuan molesta y hastiada se halla la colectividad con los bloqueos que tanto le perjudican. Algo a tomar en cuenta en el poder central de La Paz, donde de la vacilación debe pasarse a la acción resuelta, no con balas, sino con la ley en la mano, como se hizo a Santa Cruz, para acabar con los bloqueos camineros que desde los puntos estratégicos de la carretera La Paz-Cochabamba-Santa Cruz tienen semiparalizado al país, provocando al sector productivo pérdidas diarias superiores a los diez millones de dólares.
Si al precedente cruceño se suman otros igualmente efectivos en otros lugares del país, es casi seguro que dentro de muy poco tiempo empezará a desarrollarse en ciertos sectores de la población —expuestos, por múltiples razones, a la acción de los demagogos empeñados en acabar con la democracia boliviana— la conciencia de legalidad de la que actualmente carecen. Debe quedar bien en claro que es muy difícil lograr todo esto sin precedentes de suficiente fuerza intimatoria como el que dio Santa Cruz y pueden dar otras regiones del país.
Pero para que se afiance la citada cultura ciudadana de legalidad en el ejercicio de los derechos de manifestación y protesta, urge, además, reglamentar los incisos b), c) y h) del art. 7 de la Carta Magna, que implícitamente se refieren a ellos. Urge una ley que determine los pasos previos que debe dar cualquier sector de la colectividad para salir a protestar o a pedir algo. En todos los países, en el marco de esa reglamentación, la autoridad local fija el recorrido de la marcha, bajo protección policial contra ataques de contrarios. La demostración tiene que ser pacífica y responder a un móvil absolutamente legal, porque de lo contrario no se la autoriza. Si hay violencia contra terceros o contra la propiedad pública o privada, la Policía detiene a los infractores para que sean puestos a disposición de la justicia ordinaria.
Lo anterior no significa de ningún modo “criminalizar” la protesta social como atolondradamente opinó en La Paz el Defensor del Pueblo (¿del pueblo o de los bloqueadores?), sino sujetar a aquella a las normas de derecho a las cuales se halla ceñida en todos los países civilizados y democráticos del mundo, donde llevan a la cárcel, para que sean juzgados, a los que cometen desmanes cuando salen a las calles a protestar o pedir algo.


Bolivia, mi país

Juan Carlos Rivero

No todo en Bolivia es malo. Yo diría que algunas cosas nuestras son inigualables, las mejores del mundo. En materia de servicios, por ejemplo, me causa inmensa satisfacción llevar mi vehículo al mecánico para que le arregle desde un resorte roto hasta un motor fundido. En otro país, los mecánicos se reirían de mí indicándome dónde queda el depósito de chatarra más cercano.
Lo mismo ocurre con el plomero, el maestro albañil y el carpintero, para quienes nunca existe un desperfecto imposible de reparar o un detalle arquitectónico que no puedan lograr a punta de músculo y perseverancia.
Viajar por Bolivia no tiene parangón, si uno busca la tranquilidad. Lo que nos falta en baños públicos y miradores con un letrero de Kodak que nos indique de dónde sacar la foto, lo compensamos con paisajes vírgenes y pueblos acogedores. Allí nos recibe la humildad y melancolía del hombre del campo, que no se hace de rogar para empuñar una guitarra y cantarnos coplas que le salen del alma. Imposible encontrar esto en Disney World.
Las frutas bolivianas… ¡qué delicia! En otros países te meten las frutas por los ojos porque se las ve tan perfectas y brillantes que hasta da pena comerlas. En cambio las nuestras vienen magulladitas, tienen semillas incómodas y hasta comienzan a negrearse por pasarse de maduras. Aun así, comerse un guineo cruceño, una uva tarijeña, un durazno cochabambino o un achachairú porongueño es una fiesta de sabor para la boca, que es por deben entrar los alimentos al final de cuentas.
Me emociona hasta las lágrimas el espíritu de superación de las nuevas generaciones bolivianas: jóvenes de Urubichá tocando melodías barrocas en instrumentos fabricados por ellos mismos; muchachos de la Orquesta Sinfónica Juvenil dándole un aire ‘allegro e passionato’ a una danza húngara de Brahms. Ellos también son únicos, por encarnar en la música sus inspiraciones de vida.
Pese a que está de moda darle palo a los transportistas, debo destacar que difícilmente encontremos un servicio de taxi como el nuestro en otras latitudes. Basta que salgamos a una avenida, a cualquier hora del día o de la noche, y en cuestión de minutos agarramos un taxi. Ni qué hablar de los radiomóviles, que ahora nos recogen el saco del lavaseco y hasta nos llevan a los niños al colegio. Los taxis londinenses también ofrecen estos servicios, pero luego de pagar un ojo de la cara y si se tiene la suerte de encontrarlos en medio de la lluvia.
¿Quejas de la atención médica? Muchísimos pacientes bolivianos llegan a tener una relación de amistad con su médico. Éste conoce las dolencias del enfermo y de toda su prole como si las sintiera en carne propia. En países desarrollados, el paciente es apenas un número del sistema librado a los designios del seguro médico.
Bolivia, mi país, no me ofrece una copa media vacía; me ofrece una copa media llena.

 

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