La Bienal de Venecia recibirá a Giomar Mesa y Joaquín Sánchez
Trabajo. Giomar Mesa ha pintado figuras humanas con técnicas hiperrealistas sobre palos de lluvia. Los instalará en toda una sala, tendrán movimiento y sonido
Pablo Ortiz
La Bienal de Artes de Venecia es el concurso mundial más importante de la
escena plástica. Con 51 años de trayectoria, se ha convertido, junto a la
Documenta de Kazel, en el principal termómetro de las tendencia del arte
contemporáneo y tendrá a dos representantes del arte boliviano: Giomar Mesa y
Joaquín Sánchez.
Cecilia Bayá es la curadora de Venecia en Bolivia y tuvo a su cargo la selección
de los artista que representarían al país. El Viceministerio de Cultura le
comunicó de manera oficial su designación como curadora cuatro día antes del
cierre de la convocatoria, por lo que tuvo que trabajar contrarreloj. Gracias a
su contínuo trabajo, tiene documentada en imágenes la muestra de arte
contemporáneo más relevante del país, por lo que revisó sus archivos para ver
qué artistas podría seleccionar para Venecia. Después, llamó a las personas que
sabía que tenían proyectos ambiciosos y depuró una lista de seis posibles
representantes. Se trataba de videoinstalaciones de Raquel Schwartz, Rodrigo
Bellott, Narda Alvarado; instalaciones de Giomar Mesa y Joaquín Sánchez y una
intervención urbana de Gastón Ugalde. Luego fue depurando la selección, ya que
algunas de las videoinstalaciones no estaban listas y la organización de la
Bienal no consiguió los permisos para que Ugalde instalara islas flotantes en el
Gran Canal de Venecia.
De esa manera Bayá seleccionó a Mesa y a Sánchez, propuesta que fue aceptada por
la organización. En estos momentos, ambos artistas dan los últimos retoques a
sus obras y prepara el éxodo hacia el Viejo Continente.
Mientra tanto, Bayá hace las gestiones para conseguir el financiamiento. Venecia
cobra una inscripción de 5.000 euros por participante y, además, hay que cubrir
los gastos de transporte, alojamiento y estadía de los artistas. Bolivia es uno
de los pocos países que no cubre estos gastos. Bayá ya ha comprometido el apoyo
de una empresa privada y un organismo internacional para hacer posible el viaje.
Otra buena nueva es que esta vez los artistas nacionales no estarán relegados en
un galpón a 20 minutos de Venecia, sino que estarán en un palacio ubicado en el
Gran Canal de la ciudad italiana.
Ovillos para
conectarnos
Cecilia Bayá /
Curadora
La hibridación de las
tendencias artísticas y las nuevas tecnologías de las últimas décadas abren
nuevas ventanas a los artistas latinoamericanos, por las que dejan pasar la
fuerza de sus raíces con un particular orgullo. Esta situación se presenta en el
caso de la obra Ovillos, de Joaquín Sánchez. Como producto de su tiempo y ante
el peso de sus propuestas, su obra merece una atención concentrada.
Por un lado, simbólicamente, la esfera puede ser considerada como totalidad de
las posibilidades en un mundo limitado, como una forma que contiene a muchas
otras, como la abolición del tiempo y el espacio, como representación de lo
eterno, como renovación o símbolo espiritual. Estos ovillos son esferas de
materia prontas a ser desenvueltas para tejer nuevas historias, para entrelazar
realidades, para establecer relaciones: para conectarnos. Estos objetos, de más
de dos metros de diámetro, penetran sus puntas en la tierra o en el pavimento.
Esperan listas para urdirse en una nueva trama. Los intensos colores de la lana,
usados en las vestimentas y textiles de los indígenas andinos, dan vitalidad y
contrastan con el entorno de un frío y árido paisaje de tonos terracota.
La sensualidad de la lluvia
En la obra elegida
para esta Bienal, Giomar da un giro abriendo otras posibilidades, tanto
propositivas como expositivas. Deja el lienzo tomando como soporte troncos de
cactus que llevan dentro semillas o arena que producen el particular sonido de
la lluvia cuando se los mueve. Sobre estas rústicas maderas, que se son
elaboradas por las comunidades indígenas de varios países. Estos cuerpos o
torsos de gran sensualidad parecen reclamar un erotismo confiado y profundo,
como fuente de deseo, de sentimientos genuinos y no de sensaciones vacuas.
El erotismo en esta obra actúa en la relación del ser con la tierra, con lo
natural, con el sonido sugestivo que provoca imaginar, que despierta el poder
creativo del deseo, la capacidad de sentir.
Se trata de una propuesta sencilla, pero profunda. Está instalada en una sala
oscurecida, con luces dirigidas que destacan sólo los cuerpos y torsos pintados,
fortalece el efecto misterioso del ambiente acompañado del sonido que provoca la
ilusión de ser lluvia producida por estos 60 objetos.
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