En los sucesos del denominado ‘octubre negro’ no pasaron de
30.000 las personas que participaron en la revuelta social que desde esa visera
andina obligó a Gonzalo Sánchez a fugar al exterior.
Más de ocho millones de bolivianos observamos azorados cómo esa minoría
terminaba imponiéndole al país la ‘Agenda’ causante del monumental enredo en que
ahora nos encontramos y del cual podríamos salir si se ejecutaran los puntos del
‘Acuerdo ante la Nación’ con el cual se puso fin a la crisis originada en la
renuncia del Jefe del Estado, Carlos Mesa.
Desde los sucesos de El Alto, el adoptante de la lista indicativa de políticas
de Estado (Carlos D. Mesa), signadas de aventurerismo e irracionalidad, que
configuraron la denominada ‘Agenda de Octubre’, quedaría a merced de cuanto
sector social o gremial caía en manos de demagogos y politiqueros sedientos de
oportunidades para hacer plata o realizar sus sueños de poder. Los líderes del
neopopulismo utilitario acabaron demoliendo totalmente cuanto todavía quedaba de
principio de autoridad en el frente de los que rigen, legislan o administran
justicia, cuya capacidad para discernir entre pueblo y turba se hizo cada vez
mayor. El primero, como se sabe, entraña una categoría política indicativa de
mayoría social y fuente de soberanía. La turba tiene más connotación de adjetivo
que de sustantivo, sobre todo, si se lanza con furia delictiva contra los
derechos de los demás, como lamentablemente estuvo ocurriendo en grado extremo
en el país, en forma de paros y bloqueos que perjudican al conjunto de la
sociedad.
El Gobierno, por su parte, vio astillas iguales en dos palos completamente
diferentes. Una cosa es imponer el principio de autoridad en el marco de la ley
y otra muy distinta hacerlo en forma irregular, enviando tropas para que
simplemente tiren a matar. Esta confusión le condujo al inmovilismo, dejando al
país a merced de minorías revueltas, cuyas autoritarias prácticas de protesta
social acercan a Bolivia al abismo...
Ahora bien, entre los factores determinantes de la generalizada confusión entre
los citados conceptos, tendríamos que mencionar, en primer término, la actitud
acrítica de ciertos medios de comunicación, preocupados más en el ‘rating’ que
en la verdad. Califican de ‘multitudinaria’ cualquier pequeña concentración de
manifestantes que, en tomas de primer plano, pueda cubrir la pantalla chica; o
de ‘contundente’ el paro logrado con amenazas a los que no le acaten, como
ocurre en El Alto de La Paz. Lo demás lo hace la certidumbre de total impunidad
que, frente al ejercicio delictivo de los derechos de manifestación y protesta,
afirma en los cuadros de mando de sectores sociales y corporativos del país, el
ya crónico temor del Ejecutivo a aplicar la ley y restablecer el principio de
autoridad.
En la mayoría silenciosa del país —conforme lo acreditan las encuestas
realizadas por muchos medios de comunicación social para medir la reacción de la
opinión pública frente a las causas que dieron lugar al trance difícil que
generó la renuncia de Carlos Mesa— alcanzó una intensidad extrema la bronca por
los abusos y perjuicios, así como por la incertidumbre creada por los paros y
bloqueos. Un gran porcentaje de la gente consultada se mostró contraria a que se
le se acepte la renuncia a Mesa, pero también a que siga en el Palacio Quemado
sin gobernar, lo cual significa, entre otras cosas, aplicar la ley y reponer el
principio de autoridad, poniendo en su lugar a los que en nombre de unos cuantos
comprometen la suerte de todo un país. Éste es el reto que Mesa ahora ya no
puede eludir.
Se consolida la república de
‘Bloquivia’
Por Dominicus
El pasado 2 de mayo de 2004 Dominicus anunció el inminente
nacimiento de una nueva nación que reemplazaría a nuestra querida y sufrida
Bolivia: nada menos que la temible ‘Bloquivia’ asomaba en ese entonces por el
horizonte, con su estela de parálisis, desorden anárquico, pérdidas económicas y
agitación social. Pues bien, lamento comunicarles amigos lectores que Bolivia ya
prácticamente ha desaparecido, pues su terrible Némesis –‘Bloquivia’- se
encuentra floreciente y en ritmo de expansión. Lo sucedido a lo largo de toda la
semana anterior me exime de mayores comentarios...
Seguidamente y por ser nuevamente de actualidad, me permito reiterar algunas
partes relevantes de la nota del año pasado.
En este 2005 ya se atraviesa una plena etapa involutiva –es decir regresiva y
‘antinatura’– para transformar rápidamente a Bolivia en ‘Bloquivia’. De la
fiebre bolivianista que debería correr naturalmente por nuestras venas, se ha
pasado a la fiebre ‘bloquivianista’ que todo lo obstruye, enfrenta a unos contra
otros, coarta la producción, cierra calles, avenidas, carreteras y accesos; en
fin, genera un caos acumulativo de consecuencias imprevisibles, pero ciertamente
muy peligrosas y dañinas. También expresé antes que hasta podría cantarse el
himno de la nueva nación: “bloquivianos el sino maligno coronó vuestros malos
designios; ya es bloqueado este suelo, ya aumentó su servil condición”.
Todo este proceso de involución parece que se da con el beneplácito de algunos y
la desesperación e impotencia de muchos. La gente se ha acostumbrado a vivir en
el nuevo país de los ‘bloquivianos’; los días sin bloqueos son casi anormales,
transformando así lo normal en anormal. En una suerte de cruel patología social
se produce un aprendizaje al revés: se aprende a ser peor, no a ser mejor.
Un nuevo y ‘sui géneris’ estado asoma en Sudamérica. En lugar de la resistente y
valiente Bolivia, surge ahora la terrible ‘Bloquivia’.
No puedo darle la bienvenida a esta ‘Bloquivia’, pero lamentablemente la tenemos
ya frente a nosotros. Dicen que ‘Bloquivia’ está solicitando su ingreso a las
Naciones Unidas, seguramente para contagiar allí a sus 191 miembros con las
temibles tácticas ‘bloquivianas’, verdadera ‘blitzkrieg’ social del siglo XXI
que asombra al mundo por los descalabros que ocasiona entre sus propios
ciudadanos que, forzadamente y resignados, aceptaron ser naturales de
‘Bloquivia’ renunciando a ser bolivianos.
Bolivia se está muriendo, en su lugar nació la deforme ‘Bloquivia’.