La Alcaldía Municipal tiene casi todos sus programas
paralizados, circunstancia que crea situaciones difíciles en muchos de los
servicios públicos a su cargo. El caso de los hospitales, donde las carencias de
toda clase se hallan a la orden del día, acaso sea uno de los más patéticos. No
se queda atrás el relativo a infraestructura educativa, campo en el cual se
ensancha el abismo entre la demanda de locales escolares y las posibilidades
presupuestarias reales para atenderla.
El reordenamiento de los mercados constituye asignatura que sólo se atiende a
medias. Es cierto que en algunas ferias se hizo lo que se pudo, bastante bien,
en algunos casos, pero en la mayoría sigue rigiendo el desorden y la ausencia de
higiene en los puestos a cargo del expendio de productos alimenticios,
circunstancia que crea riesgos para la salud de la población.
Para qué hablar del transporte, donde el caos asume características de extrema
gravedad. La Alcaldía, sin mayor pérdida de tiempo debe ir a un reordenamiento
radical en este frente, tanto en lo que concierne al tipo de vehículo, como a
los recorridos, las tarifas y el cambio de matriz energética. No puede ser que
en una ciudad que dentro de pocos años sobrepasará el millón y medio de
habitantes, no se introduzcan los cambios que la más elemental prudencia
aconseja en dichos capítulos. Las calles de nuestra ciudad están sobresaturadas
de micros y buses medianos que en gran medida son los responsables del actual
mare mágnum en el flujo vehicular. Deben ser reemplazados por unidades de mayor
capacidad de transporte de pasajeros. Es importante también el cambio de matriz
energética de diésel o gasolina a gas natural, respecto al cual se dan ya varias
iniciativas empresariales privadas. De este modo se podrá reducir en algo la
sobrecarga de dióxido de carbono que envenena nuestra atmósfera, antaño una de
las más oxigenadas y puras de Bolivia.
En lo posible, en lo que respecta al transporte público, debiera concebirse y
ejecutarse, en forma progresiva, un plan mucho más integral. En 20 años más, sin
metro y ferrocarril urbano para el transporte masivo entre el centro y los
barrios periféricos, así como entre éstos y las ciudades del área metropolitana
(Warnes, Montero, Cotoca, La Guardia, etc.), debidamente conectados a los puntos
de embarque para el transporte interdepartamental, Santa Cruz podrá ser
cualquier cosa, menos metrópolis digna de llamarse tal.
Estamos conscientes de la situación de iliquidez presupuestaria que confronta el
municipio y del paralizante efecto que ella provoca en los programas
municipales. Pero al mismo tiempo consideramos que la Comisión de Transición
creada para salvar aquel obstáculo, hasta ahora, no ha hecho lo que debía,
dejando pasar el tiempo. Además, hay definiciones que en materia de política
municipal no requieren de financiamiento alguno, porque se refieren a meras
medidas de reordenamiento, como las mencionadas anteriormente. Ellas deben ser
tomadas de inmediato a fin de destrabar, de una vez por todas, la actual gestión
municipal.
El semáforo más prostituido
n Juan Carlos Rivero
Un trillado chiste habla de una fulanita a quien se le llama
‘semáforo’. ¿Y por qué le dicen así? Porque después de las diez de la noche ya
nadie la respeta. Al margen del tinte sexista del chiste, lo cierto es que los
semáforos en todo el mundo no se respetan en horas de la noche, a veces con
razones justificadas.
Sin embargo, hay un semáforo en Santa Cruz que no se lo respeta las 24 horas del
día, porque tuvo la mala suerte de haber sido concebido para que crucen los
peatones. Y todos sabemos que el respeto que reciben los peatones de parte de
los conductores es un pelo mayor al que se merecen los perros callejeros.
El semáforo en cuestión es el que está ubicado sobre la avenida Cristo Redentor
y sexto anillo, a la altura de la Ucebol y del colegio San Lorenzo. El lado de
la vía que va hacia el norte se cruza con un sexto anillo sin pavimento y, por
ende, con poco tráfico vehicular. No obstante, se justifica plenamente la
instalación del semáforo debido al gran número de estudiantes que debe cruzar la
carretera.
Lo que no tomaron en cuenta los ingenieros de vías, es que a los semáforos
peatonales (o ‘semipeatonales’, como en este caso) no los respeta nadie. Para
aquellos que se escudan detrás del volante les vale un pepino diferenciar entre
un peatón y un perro callejero.
En países medianamente civilizados, pasarse un semáforo en rojo tiene pena de
cárcel, sobre todo cuando el infractor es reincidente. No es para menos, pues la
falta se asemeja a un intento de homicidio.
Aquí no tendríamos que llegar a ese extremo, pero lo menos que podemos hacer es
poner un patrullero de Tránsito que se siente a esperar a que un ‘pavo’ se pase
en rojo para luego darle alcance, detenerlo y aplicarle la multa que se merece.
Si se cobrara Bs 50 por intentar matar a un perro/peatón (eso se llama sacarla
barata), un solo patrullero recaudaría unos Bs 1.600 en una sola jornada, más
que suficiente para cubrir su sueldo de todo el mes.
En pocos días, los ‘pavos’ al volante aprenderían que atentar contra la vida de
los perros/peatones tiene un costo, y, aunque sea por temor, comenzarían a
respetarlos, quizás dándose cuanta de que estos desdichados ‘de a pie’ pueden
ser sus propios hijos.
Basta con aplicar el control en horas de alto tráfico, porque es durante este
periodo que el perro/peatón arriesga su vida para llegar al otro lado. Después
de las diez de la noche, ya no importa tanto faltarle el respeto al semáforo
porque tanto vehículos como peatones ya tienen amplio margen para cruzar y,
además, ningún conductor quiere exponerse a que lo asalten cuando uno se detiene
en rojo y no hay un alma a una legua de distancia.