Conocernos, desconocernos y reconocernos
Gabriela Ichaso Elcuaz (*) ®® El país que tenemos
Días atrás me conmoví hasta el tuétano compartiendo, en la plaza de la
Independencia de Montevideo, las banderas, el canto y la inédita alegría del
pueblo uruguayo a una sola voz, décadas después, por el “nunca más a los muertos
y desaparecidos”, por el “cambio del tradicional bipartidismo sin revolución y
sin una bala”, por el “hacer lo que queremos, sin joder al otro”. Volví pensando
con tristeza y con esperanza en mi lugar, donde amo, crezco y vivo, aquí donde
sólo sabemos mirarnos el ombligo.
Por un momento, dejemos a un costadito el único e inesperado anuncio que Carlos
Mesa nos hizo en los tres últimos minutos de su mensaje la noche del domingo 6
de marzo: su renuncia a la presidencia –tremenda decisión- a consideración
nuestra y del Congreso de la Nación.
Bastó sólo media hora para que en el aula abierta del país fuéramos enfrentados
con una cátedra de historia contemporánea nacional. Menuda pieza de realidad que
merece ser difundida en cada escuela entre maestros, padres e hijos porque, lo
que escuchamos, no lo dijo un dios pagano de televisión ni el Fondo Monetario
Internacional ni el Foro Social de Porto Alegre. Se desgarró el vituperado
Presidente de la República con sus 850 conflictos, 12.000 reclamos en sendos
pliegos petitorios y casi 9 millones de ciudadanos en manos de sectores que
creen que el cambio del orden político, económico y social se impone con el
terror, con la fuerza y, sobre todo, aislados de un mundo que nos está pasando
por encima.
¿Novedad? Ninguna, si todos nos conocemos, si eso ya se sabe, diremos con la
sarcástica viveza chola o criolla. Y nos haremos los que no nos hace el guante
porque, para los ‘unos’, la solución es el estado de sitio (aunque cuidadito que
un paco se meta con ellos) y, para los ‘otros’, el conflicto acaba sacando a las
transnacionales a patadas (mientras las organizaciones no gubernamentales de
esos países los sigan financiando).
Y si nos jactamos de conocernos, ¿por qué insistimos en desconocernos, en
desconocer al otro, en permanecer al otro lado del escritorio, en regodearnos en
que nos sentimos bien viendo al que queremos joder, jodido?
Se jodió solo o con los que se juntó, decimos. O si no lo jodemos, nos funde,
sentenciamos.
¿Por qué si nos las damos de conocernos, basta esa razón para desconocernos y
darnos la espalda como si fuera imposible poner la silla del lado del que
queremos que se funda y reconocernos hasta entender unos y otros que los que nos
fundimos somos todos?
Sabemos que el tema de los hidrocarburos es fundamental para los bolivianos,
pero ¿es EL tema? ¿No será que mientras Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela
se dan la mano construyendo un ala, nosotros ni siquiera miramos el cielo para
echar a volar?
Conocernos, dejar de desconocernos y reconocernos no es una lección nueva, pero
deberíamos estudiarla, masticarla hasta practicarla, sufrirla hasta disfrutarla
o hasta que nos pongan unas gigantescas orejas de burro. Por burros o porque tal
vez con ellas, aprendamos a escucharnos mejor.
(*) Ciudadana en ejercicio.
E-mail: idearia@bolivia.com
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