Acoso sexual
Pablo Gutiérrez Urgel
El acoso sexual se ha convertido, recientemente, en uno de los temas de
nuestra época: los diarios lo mencionan, se emiten declaraciones al respecto y
las mujeres en algunos países acuden a los tribunales de justicia donde se lo
tipifica como delito (hostigamiento sexual). Pero toda esta actividad
simplemente no existía hace una década. ¿Qué es, entonces, ese ‘acoso sexual’
que tanto preocupa? Consiste en actos, comentarios, miradas cargadas de
intención sexual e insinuaciones con palabras libidinosas. Con estas acciones se
trata a la persona involucrada como a un mero objeto sexual, que ve afectada su
seguridad laboral y sus perspectivas de ascenso; así se crea una atmósfera de
tensión en el trabajo. Obviamente que esta conducta se da también en situaciones
no laborales. Se puede distinguir de otras formas más generales de sexismo en
virtud de las clases de conducta que incluye. En la actualidad es públicamente
reconocido como un ‘problema social’, tal como lo fuera el abuso sexual
infantil, y antes que éste el caso de la ‘mujer maltratada’. Sin embargo, las
conductas comprendidas en la noción de ‘acoso sexual’ siempre han sido motivo de
gran preocupación. Y como un aspecto clave del modo en que la ‘política sexual’,
la opresión de las mujeres por parte de los varones, se pone en práctica en la
vida cotidiana. En nuestro país no es un delito, pero sí una ‘conducta policial’
que preocupa a la sociedad, pero sobre todo a las mujeres, que por el hecho de
serlo viven en una sociedad sexista. Se la podrá catalogar también como una
forma consciente de ultraje por la que los varones a veces humillan a las damas
y así acrecientan su autoestima, o como conductas propias de hombres
‘anormales’, independientemente de que lo consideremos como el resultado de
impulsos sexuales o agresivos de origen biológico, o como el de un sistema
social que los anima por la creencia de sentimientos de superioridad (aunque hay
antecedentes de hombres acosados). Es necesario controlar el acoso sexual no
solamente creando leyes protectoras, sino tomando conciencia de nuestras
acciones y provocando una revolución moral de comportamiento que sólo puede
empezar por nosotros mismos, y viendo a la mujer con respeto en su verdadera
dimensión: un ser humano, criatura de Dios, con valores y dignidad. La sociedad
en su conjunto debe producir muchos cambios personales, ya que aun el más grande
de los ‘sistemas’ se conecta en algún punto con personas, que se comportan bien
o mal, y que pueden ser influidas y cambiadas por los acontecimientos que se
producen a su alrededor. Pero no sólo es un cambio de ‘vida interior’
psicológico, sino que implica un cambio material de las circunstancias sociales
y materiales en que se vive.
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