Para bien de nuestro país, la inmensa mayoría de los
bolivianos quiere vivir en paz y tener la oportunidad de ganarse el sustento
dignamente. Son nueve millones de habitantes que luchan día a día velando por el
bienestar de sus familias; son nueve millones de personas que trabajan y
resisten estoicamente y en silencio cuando grupos de abusivos se lo impiden, por
medio de bloqueos, de amenazas, del chantaje, de la violencia.
Hoy jueves al mediodía, esos nueve millones de pacíficos bolivianos tendrán la
oportunidad de levantar su voz y manifestar su repudio hacia esos grupos
minoritarios de agitadores y bloqueadores que—a punta de prepotencia y
desconsideración hacia el prójimo— aparentan ser más de lo que realmente son. Si
hasta se arrogan la representatividad del pueblo… No hay que dejarse engañar.
Hoy al mediodía, las plazas principales de todas las ciudades del país se
llenarán de gente que ya está cansada de que pisoteen sus derechos. Allí estarán
los jornaleros, que no comieron porque dejaron de trabajar un día; los
agricultores, cuya cosecha se echó a perder en los camiones varados; los
exportadores, que no alcanzaron el barco y ahora no pueden cubrir sus deudas;
los enfermos, que no recibieron asistencia médica oportuna; los escolares, que
perdieron días de clases y oportunidades de superación.
El pedido del presidente Carlos Mesa de asistir a la manifestación de hoy
trasciende la crisis política que vive Bolivia. La asistencia multitudinaria de
ciudadanos al mencionado evento, más allá de que pudiera interpretarse como una
adhesión a la continuidad del primer mandatario, significaría una advertencia
clara y rotunda a los que hacen inviable el desarrollo del país: ¡dejen trabajar
en paz!
Qué mal momento al que eligieron los micreros cruceños para bloquear la ciudad
de Santa Cruz. ¿Acaso no se dieron cuenta de que el país se caía a pedazos,
justamente por medidas irresponsables como las que ellos estaban imponiendo?
¿Así quisieron vengarse de quienes les pincharon las llantas, los agredieron,
les pintaron la tarifa de Bs 1,50 en las puertas de sus vehículos? No señor. Los
abusos son repudiables vengan de donde vengan, porque al final sólo se perjudica
a la población.
La acción conjunta de la Policía, de la municipalidad y de la justicia que logró
el desbloqueo de las vías urbanas fue celebrada por la ciudadanía. Se ha sentado
un precedente. Si la ley es pareja para todos, se debería proceder de la misma
manera con futuras movilizaciones que pisoteen el derecho a la libre
circulación. Si se convoca un paro pacífico, por ejemplo, las fuerzas del orden
deberían impedir que los bloqueadores—aquéllos que se identifican con la causa o
los otros que lo hacen a título personal—se instalen en plena vía pública. Si
los agitadores comienzan a pinchar llantas, a impedir el ingreso a edificios
públicos y privados, o a violar cualquier derecho de sus conciudadanos, allí
deben constituirse los organismos del Estado para hacer que prevalezca la paz,
la libertad y la justicia.
La cultura de la protesta debe cambiar por la cultura del diálogo y la
concertación. Diferentes sectores de esta Bolivia multiétnica y pluricultural
sienten los efectos de la crisis; se entiende la necesidad que tienen de ser
escuchados en sus demandas y reivindicaciones. Mas, ellos deben comprender que
no son los únicos que gozan de ese mismo derecho, y que la democracia se
sustenta en el respeto, en la tolerancia que debe existir hacia los criterios
ajenos.
Hoy al mediodía, la oportunidad está dada para romper el silencio y decir ¡no! a
los bloqueos desconsiderados. Es hora de exigir que se respete el derecho de una
mayoría que sólo quiere trabajar y vivir en paz.
Mucho despelote en este
desastre que se llama Bolivia
Marcelo Rivero
Un revoltijo general, la más grande olla de grillos, una
porfía como la del pobre animal enjaulado que da mil vueltas en vana porfía por
quedar libre, y encima de estas características, una podredumbre generalizada.
Eso es la Bolivia actual, en pleno goce de la democracia que la inmensa mayoría
de la población está convencida de que es el derecho de hacer lo que le venga en
gana, alentada por unos cuantos individuos que ofician de dirigentes sindicales,
empresariales, universitarios, vecinales, colonizadores, ‘gremiales’, cívicos,
etcétera, de jefes o de ideólogos políticos, incluso de "padres de la patria".
Todos no pasan de demagogos, de impostores y de vivillos que aspiran a
encaramarse en los puestos de mando o permanecer en ellos años de años para
llevar una vida muelle a costa del bolsillo de las "bases" y del erario público.
Anteayer hablaba de los estragos que ocasionan los bloqueos a la ciudadanía y al
país, que además causan tantos disgustos, al extremo de que uno desee que un
rayo parta en mil pedazos a los que los cranean y encabezan, o que una peste
cargue son sus huesos a los pagos de mandinga, que los pueblos y comunidades que
apelan a dicha medida como si tal cosa desaparezcan del mapa o se los devoren
vivos los enviados del mal.
Ayer, tras dar vueltas y más vueltas eludiendo los bloqueos de los
transportistas para llegar a destino -y previa búsqueda de un canchón o de un
garaje en el vecindario para dejar el vehículo porque también hay que cuidarse
de los ladrones y de los destructores de los bienes ajenos-, no tuve más remedio
que llegar y desahogarme con esta nota. El martes quedé deseando que el precio
del pasaje en micro suba a cinco pesos, ayer mi anhelo máximo era que los fuegos
del infierno conviertan en cenizas esos cientos de colectivos que impedían el
libre tránsito de motorizados. Así de contrapuestas son las reacciones que
brotan de nuestras cabezas, porque este razonamiento no es de mi exclusividad,
es el mismo que se hacen decenas de amigos y compañeros de trabajo.
En el colmo de los desatinos, ¿quiénes realizan los bloqueos de los micros? ¿Los
dueños de estos vehículos? ¡No señor, los choferes que son explotados por los
empresarios transportistas!
Gigantesco es el despelote porque si damos vuelta a la página del diario, fuera
de los bloqueos encontraremos que hay gente en peligro de muerte horrible por
falta de vacunas contra la rabia, que los niños en varias escuelas tienen por
pupitres unos ladrillos y escriben en cuclillas, que los policías en vez de
imponer orden andan buscando la forma de extorsionar a la gente.
El espacio es pequeño para exponer otras pruebas de este desastre que se llama
Bolivia.