Naturalmente que lo ideal sería que un acuerdo o pacto social
nos saque del actual grave atolladero. Que no sólo los partidos políticos, sino
también las instituciones de la sociedad –incluyendo entre ellas a las de
carácter sindical y corporativo–coincidiesen en un plan que, resolviendo en
términos idóneos los problemas sucedáneos a la renuncia del presidente Carlos
Mesa, nos devuelvan a la normalidad, con democracia y paz social.
Representan graves obstáculos para lograr lo anteriormente señalado, las
actuales condiciones de fragmentación extrema que se dan en nuestra sociedad.
Los conflictos equivalen a mil puntos de fuego que desde todas partes e
impulsados por los vientos de toda clase de móviles e intereses, muchos de los
cuales, inclusive, son contrapuestos entre sí, nos amenazan con el incendio
político-social que tanto temen las gentes sensatas de este país. Costará muchos
esfuerzos y, sobre todo, demandará demasiado tiempo hacer que todos coincidan en
algo que la más elemental sensatez aconseja hacer en cualquier democracia del
planeta. Nos referimos a la necesidad de reemplazar la confrontación por el
diálogo, en la perspectiva de un acuerdo con rango de consenso nacional en torno
a temas de la Agenda Nacional que no pueden ser postergados por más tiempo.
Entre esos temas figura el de la Ley de Hidrocarburos. A Bolivia, para fines
inherentes a la explotación y comercialización de nuestros energéticos, se le
está por cerrar, lamentablemente, el espacio temporal que le corre en el mercado
internacional para formalizar compromisos en este frente y garantizarse los
ingresos que por concepto de regalías e impuestos necesita para mejorar las
cifras en el cuadro de su macroeconomía. El país necesita contar con fondos de
contrapartida para la cooperación multilateral y bilateral, y asegurarse así un
futuro mediato libre de sobresaltos fiscales.
La aprobación de la ley citada, por parte del Legislativo, no garantiza nada en
la línea referida si no se ajusta a los términos que imponen la racionalidad y
la prudencia en una Bolivia que hoy, sin los programas del FMI, el Banco
Mundial, el BID y la cooperación bilateral de influyentes países miembros de la
comunidad internacional, no tendría dinero ni siquiera para pagar salarios en el
sector público. Naciones hermanas cien veces más prósperas y mil veces mejor
constituidas que la nuestra, como Brasil, Chile, Argentina o México, se
esfuerzan siempre por atraer y no ahuyentar a la inversión extranjera, que es un
factor clave para el crecimiento económico, como lo demostró en Asia la China
socialista, convertida hoy en potencia económica mundial tras su apertura de
puertas a las más grandes transnacionales del mundo. Para hacer aquello tuvo que
enterrar el dogmatismo que le legara Mao Tse Tung.
A donde vamos es a puntualizar la conveniencia de que cualquier diálogo para un
pacto social debe empezar con lo primero de lo primero para cualquier país que
es la economía, asignatura sobre la cual fulgura ya con rojas luces de alarma la
cuestión de la Ley de Hidrocarburos. De la forma en que ella finalmente entre en
vigencia, tras su tortuoso recorrido de ida y vuelta del Ejecutivo al
Legislativo, dependerá que el país tenga o no tenga plata para que cobren
ejecutoria los otros temas de la Agenda Nacional. Porque en los momentos
actuales esa plata no existe en la cantidad necesaria para llevar adelante el
referéndum sobre las autonomías regionales, la elección de prefectos por voto
directo del pueblo y la Asamblea Constituyente. Se la necesita también para
financiar el alto costo que significará, por lo menos en la etapa inicial, una
entidad fiscal del petróleo de unidades ejecutivas, técnicas y administrativas
diseminadas en varias regiones de la patria.
Hay que hacer lo indicado lo más rápidamente posible, porque, repetimos, el
tiempo apremia...
El dólar
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
El boliviano es nuestro signo monetario.
Así viejo, sucio, mal remendado, el boliviano es el instrumento para todas las
transacciones.
Al menos así lo aprendí yo y así lo entiendo hasta hoy.
Pero tengo la desagradable impresión de estar pateando oxígeno.
Y cómo no, sobre todo si tomo en cuenta que cuando hablo de bolivianos, me miran
igual que si fuese bicho raro.
Nadie me lleva el apunte con mis cien bolivianos en mano.
Hasta noto que se tapan la nariz para no olerme.
*****
Otra cosa muy diferente es con el dólar.
Y es fácil de comprobarlo.
Pele un billete de diez dólares y si usted es feo, de pronto le van a encontrar
lo bonito.
Lo van a tratar con respeto.
Lo harán objeto de toda clase de reverencias.
Se pelearán por atenderlo. Le ofrecerán servicios.
Incluso tratarán de conseguirle novia.
No dejarán que lo orinen los michis.
*****
Todo se cotiza en dólares.
Desde aparatos electrónicos hasta papel higiénico.
Desde la camisa hasta la marraqueta.
La vendedora del mercado de La Ramada saca su calculadora de bolsillo, teclea
febrilmente y dice: “Te cuesta diez dólares, caserito, esta piernita de
chancho”.
“Pero la yuca y la llajua no te las voy a cobrar”.
“Cariñito nomás es...”
*****
Si vas a pagar una deuda en dólares por montos que incluyen menudencias en
centavos, siempre te la redondean hacia arriba.
Debes 9,50 dólares, pues a la hora de pagar no son 9,50, sino directamente 10,
sin incluir los intereses.
Si en cambio tienes que cobrar, entonces ya no se trata ni de 9,50 ni de 10. Te
dan, de mala gana incluso, 9 redondos.
Expresión corriente, hasta hace poco, era aquella de “está feliz como con un
millón de bolivianos en el bolsillo.
Hoy, el que sólo tiene un millón de bolivianos en el bolsillo, apenas si se
considera un poquito más que un piojo tuerto.
La talla de la felicidad perfecta la da el que tiene un millón de dólares, no en
el bolsillo, sino en la cuenta reservada de un Banco en Suiza.
Con un millón de dólares y con muchísimo menos, no hay que pensar en lo que se
puede hacer sino en lo que no se puede hacer.
Un millón de dólares es la mejor llave para abrir todas las puertas.
Incluyendo las de la locura.
Un loco lindo es el que tiene un millón de dólares en el bolsillo.
Un loco sin un millón de dólares es peligroso.
Hay que encerrarlo o mandárselo a su abuela para que lo aguante.