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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 09, Marzo de 2005  

>>    El tiempo apremia

Naturalmente que lo ideal sería que un acuerdo o pacto social nos saque del actual grave atolladero. Que no sólo los partidos políticos, sino también las instituciones de la sociedad –incluyendo entre ellas a las de carácter sindical y corporativo–coincidiesen en un plan que, resolviendo en términos idóneos los problemas sucedáneos a la renuncia del presidente Carlos Mesa, nos devuelvan a la normalidad, con democracia y paz social.
Representan graves obstáculos para lograr lo anteriormente señalado, las actuales condiciones de fragmentación extrema que se dan en nuestra sociedad. Los conflictos equivalen a mil puntos de fuego que desde todas partes e impulsados por los vientos de toda clase de móviles e intereses, muchos de los cuales, inclusive, son contrapuestos entre sí, nos amenazan con el incendio político-social que tanto temen las gentes sensatas de este país. Costará muchos esfuerzos y, sobre todo, demandará demasiado tiempo hacer que todos coincidan en algo que la más elemental sensatez aconseja hacer en cualquier democracia del planeta. Nos referimos a la necesidad de reemplazar la confrontación por el diálogo, en la perspectiva de un acuerdo con rango de consenso nacional en torno a temas de la Agenda Nacional que no pueden ser postergados por más tiempo.
Entre esos temas figura el de la Ley de Hidrocarburos. A Bolivia, para fines inherentes a la explotación y comercialización de nuestros energéticos, se le está por cerrar, lamentablemente, el espacio temporal que le corre en el mercado internacional para formalizar compromisos en este frente y garantizarse los ingresos que por concepto de regalías e impuestos necesita para mejorar las cifras en el cuadro de su macroeconomía. El país necesita contar con fondos de contrapartida para la cooperación multilateral y bilateral, y asegurarse así un futuro mediato libre de sobresaltos fiscales.
La aprobación de la ley citada, por parte del Legislativo, no garantiza nada en la línea referida si no se ajusta a los términos que imponen la racionalidad y la prudencia en una Bolivia que hoy, sin los programas del FMI, el Banco Mundial, el BID y la cooperación bilateral de influyentes países miembros de la comunidad internacional, no tendría dinero ni siquiera para pagar salarios en el sector público. Naciones hermanas cien veces más prósperas y mil veces mejor constituidas que la nuestra, como Brasil, Chile, Argentina o México, se esfuerzan siempre por atraer y no ahuyentar a la inversión extranjera, que es un factor clave para el crecimiento económico, como lo demostró en Asia la China socialista, convertida hoy en potencia económica mundial tras su apertura de puertas a las más grandes transnacionales del mundo. Para hacer aquello tuvo que enterrar el dogmatismo que le legara Mao Tse Tung.
A donde vamos es a puntualizar la conveniencia de que cualquier diálogo para un pacto social debe empezar con lo primero de lo primero para cualquier país que es la economía, asignatura sobre la cual fulgura ya con rojas luces de alarma la cuestión de la Ley de Hidrocarburos. De la forma en que ella finalmente entre en vigencia, tras su tortuoso recorrido de ida y vuelta del Ejecutivo al Legislativo, dependerá que el país tenga o no tenga plata para que cobren ejecutoria los otros temas de la Agenda Nacional. Porque en los momentos actuales esa plata no existe en la cantidad necesaria para llevar adelante el referéndum sobre las autonomías regionales, la elección de prefectos por voto directo del pueblo y la Asamblea Constituyente. Se la necesita también para financiar el alto costo que significará, por lo menos en la etapa inicial, una entidad fiscal del petróleo de unidades ejecutivas, técnicas y administrativas diseminadas en varias regiones de la patria.
Hay que hacer lo indicado lo más rápidamente posible, porque, repetimos, el tiempo apremia...


El dólar

Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

El boliviano es nuestro signo monetario.
Así viejo, sucio, mal remendado, el boliviano es el instrumento para todas las transacciones.
Al menos así lo aprendí yo y así lo entiendo hasta hoy.
Pero tengo la desagradable impresión de estar pateando oxígeno.
Y cómo no, sobre todo si tomo en cuenta que cuando hablo de bolivianos, me miran igual que si fuese bicho raro.
Nadie me lleva el apunte con mis cien bolivianos en mano.
Hasta noto que se tapan la nariz para no olerme.
*****
Otra cosa muy diferente es con el dólar.
Y es fácil de comprobarlo.
Pele un billete de diez dólares y si usted es feo, de pronto le van a encontrar lo bonito.
Lo van a tratar con respeto.
Lo harán objeto de toda clase de reverencias.
Se pelearán por atenderlo. Le ofrecerán servicios.
Incluso tratarán de conseguirle novia.
No dejarán que lo orinen los michis.
*****
Todo se cotiza en dólares.
Desde aparatos electrónicos hasta papel higiénico.
Desde la camisa hasta la marraqueta.
La vendedora del mercado de La Ramada saca su calculadora de bolsillo, teclea febrilmente y dice: “Te cuesta diez dólares, caserito, esta piernita de chancho”.
“Pero la yuca y la llajua no te las voy a cobrar”.
“Cariñito nomás es...”
*****
Si vas a pagar una deuda en dólares por montos que incluyen menudencias en centavos, siempre te la redondean hacia arriba.
Debes 9,50 dólares, pues a la hora de pagar no son 9,50, sino directamente 10, sin incluir los intereses.
Si en cambio tienes que cobrar, entonces ya no se trata ni de 9,50 ni de 10. Te dan, de mala gana incluso, 9 redondos.
Expresión corriente, hasta hace poco, era aquella de “está feliz como con un millón de bolivianos en el bolsillo.
Hoy, el que sólo tiene un millón de bolivianos en el bolsillo, apenas si se considera un poquito más que un piojo tuerto.
La talla de la felicidad perfecta la da el que tiene un millón de dólares, no en el bolsillo, sino en la cuenta reservada de un Banco en Suiza.
Con un millón de dólares y con muchísimo menos, no hay que pensar en lo que se puede hacer sino en lo que no se puede hacer.
Un millón de dólares es la mejor llave para abrir todas las puertas.
Incluyendo las de la locura.
Un loco lindo es el que tiene un millón de dólares en el bolsillo.
Un loco sin un millón de dólares es peligroso.
Hay que encerrarlo o mandárselo a su abuela para que lo aguante.

 

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