El país está a punto de quedar atrapado en una dialéctica de
confrontación de la cual debemos salir lo más rápidamente posible si no queremos
que la misma nos lleve al precipicio. No es –de ninguna manera– alarmista esta
perspectiva, si se tiene en cuenta la actual y extrema fragmentación que se da
en el país. La situación se agrava en forma dramática ahora que el jefe del
Estado, Carlos Mesa, presenta al Congreso Nacional la renuncia a sus funciones.
Determinan su actitud el MAS de Evo Morales y otros sectores que hasta fines de
la semana pasada preparaban intensamente la paralización del país a través de un
bloqueo generalizado de caminos.
A las diferencias entre oriente y occidente sobre la autonomía regional, se
agrega hoy la que tiene que ver con ciertos temas cruciales de ese parto de los
montes en que se ha convertido la Ley de Hidrocarburos. Cordillera y el Chaco
demandan para sí la sede de una ‘refundada’ YPFB. A fin de salir del trance, el
gobierno propone algo equivalente al descuartizamiento burocrático y técnico de
YPFB. Varias regiones deben repartirse presidencias, vicepresidencias y
gerencias de la entidad. No interesa para nada que así quede al garete la unidad
de gestión de la empresa estatal, la cual no se puede concebir sin la
concentración de funciones y tareas en un solo lugar. Lo peor es que de esta
manera se crean condiciones propicias para una hipertrofia burocrática que
dañará la economía de la entidad fiscal del petróleo.
Por su parte, las organizaciones indígenas pretenden para sí la decisión final
respecto a la explotación de hidrocarburos, aun cuando los respectivos
yacimientos no se hallen en sus territorios. Aquí se abre otro frente para una
confrontación con regiones y otros sectores de la colectividad, la misma que
podría generar consecuencias difíciles de prever, pues aunque los actores, muy
bien digitados desde las sombras por intereses político-partidarios y ciertas
Organizaciones No Gubernamentales, corporativamente hablando, carecen de mayor
significación cuantitativa, se hallan lo suficientemente pertrechados y
organizados como para paralizar regiones enteras a través de los ya consabidos
bloqueos de caminos.
La cuestión de los hidrocarburos se mezcla con otros asuntos para crear un
ambiente muy próximo a una generalizada convulsión social. Se encañona a Tarija
y Santa Cruz con la demanda de ‘departamentalización’ del Chaco, asunto que
podría generar un grave conflicto. Acaso la región más acosada por las
movilizaciones sea ahora la nuestra. Por las regalías, Yapacaní le cierra el
paso a Cochabamba, mientras que por el norte se bloquea el tránsito a la altura
de Pailón, aunque por otros asuntos. Conste que en torno a este denominado
‘Poder de Poderes’ las discrepancias recién salen a flote. Tienen que ver con el
número de los constituyentes y la modalidad de elección de los mismos. Sobre el
particular muy pocos de los protagonistas de la gresca coinciden con la mayoría
sensata del país, partidaria de atenerse a lo que la Carta Magna y las nuevas
leyes disponen: elección por voto universal y directo de candidatos propuestos
por partidos políticos, agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. Que el
asunto lo defina el voto mayoritario, como corresponde en toda democracia y no
la pertenencia étnico-racial-cultural o la militancia corporativa.
En síntesis, nos acercamos a una situación gravísima en la que occidente y
oriente se enfrentarán con tanto e igual furor todavía que el norte con el sur,
mientras en cada uno de estos escenarios regionales tendrán lugar pugnas
domésticas de imprevisibles consecuencias. Bolivia no puede ni debe ir a la
disgregación. Justamente en su variedad geográfica y diversidad étnico-cultural
radican las claves de su integración nacional, esa que debe sellar su
consolidación exitosa como Estado Nacional.
Ha llegado la hora de la reflexión profunda sobre los asuntos mencionados y la
necesidad de dejar atrás la confrontación. Acaso sea necesario que la Iglesia
Católica—la institución de mayor credibilidad y prestigio en el país—, tomando
la iniciativa, inste a todos los sectores al cese inmediato de hostilidades,
convocándoles luego a un diálogo nacional, en la perspectiva de un consenso que,
garantizando la paz, salve a Bolivia del caos político y social.
Los malditos bloqueos nos
hacen merecer el infierno
Marcelo Rivero
Cuánto se habrá escrito y hablado sobre los perjuicios que
ocasionan los bloqueos de caminos y calles, tanto en el periodismo como en las
muy diversas tribunas y centros de reuniones de diversa naturaleza. Cuántas
cifras se habrán barajado haciendo estimaciones de las pérdidas de comerciantes,
industriales, ciudadanos comunes, ni hablar de los productores agropecuarios y
sin excluir a los gremiales callejeros y a las pobres vendedoras de roscas y pan
casero.
Todo es inútil, así lo pida el Santo Padre con su voz ya débil pero siempre
fraternal, así se escuchase la palabra implorante de Jesús desde el cielo. Allí
continuarán plantados en sus siete los dirigentes cívicos, campesinos,
universitarios, empresariales, provinciales, etc., todos obstinados en llevar a
cabo las “medidas de presión hasta sus últimas consecuencias” y, encabezándolas,
los bloqueos.
En los últimos meses se han vuelto tan comunes los bloqueos que no pasa semana
sin que se verifique por lo menos uno y creo que el departamento de Santa Cruz,
donde siempre nos enorgullecimos de cumplir como Dios manda las leyes de la
convivencia pacífica y el respeto a los semejantes -además de no alterar la
jornada laboral sino en situaciones extremas-, es el que está comandando esta
infame fórmula de presionar para reclamar derechos, de yapa supuestos y
peregrinos derechos. Claro que habría que hacer una salvedad en el asunto, ya
que generalmente los bloqueadores, y más aún los que cranean este recurso y
disponen que se lo ejecute, no son cambas sino collas llegados en calidad de
“colonizadores”, “gremiales” y otras yerbas.
En los últimos días en la dirección que se mire topamos con bloqueos -y todavía
los tipos que los llevan a cabo exhiben actitudes beligerantes-, desde El Alto
hasta Pailón. En Camiri porque quieren la burocracia de ese cadáver que esperan
resucitar (YPFB), en Yapacaní porque también desean morder de la torta de las
regalías petroleras.
A nadie le importa perder plata, aunque después lloran porque ayer las sequías
desoladoras y hoy los desbordes de los ríos se llevan decenas de millones de
dólares y millares de familias quedan sin techo ni comida. ¡A continuar con los
bloqueos!
De tan podridos que estamos con los bloqueos, el viernes último, cuando pasado
el mediodía topamos con un bloqueo de unos tipos que enarbolaban una bandera de
la FUL, varios de los afectados quedamos maldiciendo y deseando que el pasaje de
los micros suba a cinco bolivianos, que en Camiri no brote ni una gota de
petróleo y que en Cochabamba, El Alto, Potosí y en toda Bolivia una peste
fulminante nos lleve a todos a los dominios del diablo. ¿Y el gobierno? Un
títere sin el coraje de ponerle la paletilla en su lugar a los bloqueadores.