Los diversos rostros de la violencia
Ronald Jiménez Franco
Vivimos en una sociedad en la que la violencia es una constante y cuyo
incremento nos afecta a todos de un modo u otro. El impacto de la violencia es
tan grande que desborda el ámbito legal y policial. La Organización Mundial de
la Salud (OMS), tomando conciencia de este fenómeno, ha declarado que la
violencia se ha convertido en un "importante problema de salud pública en el
mundo", con un enorme costo de vidas perdidas, heridas o traumatismos que dejan
secuelas o invalidez física o mental, y deterioran la calidad de vida y el
bienestar de las personas.
La violencia se define como el uso deliberado de la fuerza abierta u oculta, con
la finalidad de obtener de un individuo o de un grupo algo que no quiere
consentir libremente. La violencia es una acción injusta con la que se ofende,
se coacciona, se humilla o se perjudica a alguien.
Si partimos de estos conceptos y reflexionamos sobre la situación actual en
nuestro país, nos damos cuenta de que nuestra sociedad está atravesada por la
violencia y la intolerancia.
Son los médicos quienes en última instancia reciben y tratan los daños causados
a las víctimas de todo tipo de violencias, en las unidades de urgencias, en
clínicas y hospitales. Ellos deben ser los primeros en reconocer la violencia en
sus pacientes. Más allá de las tragedias humanas personales que trae consigo
todo acto de violencia, sus consecuencias tienen para la sociedad un costo
extremadamente elevado.
Los medios de comunicación amarillistas y sensacionalistas la estimulan y la
alimentan a diario; se informa sobre sucesos escabrosos y sangrientos que crean
un clima de temor e inseguridad entre las personas al mostrar escenas grotescas
y traumáticas de manera reiterativa. Estamos cultivando una ‘cultura de
violencia’ que afecta a nuestra salud mental, convivencia social y desarrollo.
La violencia se ha hecho algo cotidiano; por ejemplo, cuando un gran número de
personas se ven obstaculizadas para desarrollar sus actividades normales, por la
toma de calles, el bloqueo de caminos y carreteras, la toma de edificios
públicos o privados, marchas y manifestaciones que no respetan el derecho ni los
bienes de los ciudadanos a los que no conciernen esos problemas. Los paros y las
huelgas, justificados o no, se multiplican y todos ellos proclaman a los cuatro
vientos que de ocurrir hechos mayores, serán responsabilidad única de los
órganos encargados de mantener la paz y hacer respetar el estado de derecho. ¿Y
dónde queda la responsabilidad de los organizadores y promotores?
Lo detestable y violento es que estas medidas siempre plantean propuestas que
deben ser impuestas a la fuerza para beneficio de pequeños grupos y sectores,
sin pensar en el interés general, el bien común y la solidaridad social. Es cada
vez más frecuente escuchar esta amenaza: huelga de hambre, hasta las últimas
consecuencias; nos preguntamos, ¿morirse de inanición o qué…? Como le estamos
perdiendo el respeto a la autoridad, ¿también le estaremos perdiendo el respeto
a la vida?
(Primera parte)
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