img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 05, Marzo de 2005  

>>    Delincuencia con legitimidad

La delincuencia es tan antigua como la edad del hombre. Aparece desde los primeros tiempos de la humanidad. Los grandes sucesos que se dieron a través de los siglos y que tuvieron como protagonistas a sujetos de nuestra especie humana, nunca estuvieron a cubierto de la delincuencia.
Pero la delincuencia, aunque en determinadas circunstancias fue el modo de vida de la gente con poder o de la que pugnaba por él o de facciones y aún de pueblos ensoberbecidos por su fuerza y su impunidad, se manifestó generalmente al amparo de las sombras, de manera subrepticia, tratando de pasar inadvertida. De la misma manera, los delincuentes, salvo casos excepcionales, siempre se movieron, se desplazaron en los espacios en que se consumaban sus fechorías, escondiendo el rostro, disimulando sus culpas bajo las apariencias de la honorabilidad y de la decencia.
Delincuencia y delincuentes, entonces, los hubo en todos los tiempos de la historia de la humanidad. Pero, originalmente, sus manifestaciones, salvando casos muy especiales, se daban de manera embozada pues de lo contrario se los hacía blanco de la repulsa pública.
El delito era investigado, perseguido y castigado y, en muchos casos, de manera extremadamente severa. El delincuente recibía el mismo trato y debía moverse con extremo sigilo, borrarse virtualmente de los cuadros ciudadanos, desaparecer de todos los acontecimientos comunitarios para siempre. El delincuente quedaba automáticamente proscrito de la vida pública.
Tal vez sea imposible precisar el momento histórico en que delincuente y delincuencia dejaron de ser taras, signos estigmatizantes y más bien, en no pocos casos, sirvieron de instrumentos para abrirse paso y encumbrarse en las escalas de los valores sociales, políticos y económicos. Pero de que el cambio se operó, de que fue un hecho que a través del mal camino muchos llegaron sin merecimientos a las alturas, ninguna duda cabe. Debió ser tormentoso, en la historia de la humanidad, el momento aquel en que expeditas quedaron para buenos y malos, las puertas de la respetabilidad y de la estima.
Está curado de espanto el género humano hoy en día. Ya no es una rareza que al delincuente se le confíe, incluso voto personal directo de por medio, el mismo género de responsabilidades que se le reconoce a una persona justa y cabal. Ya no es una rareza que, por voluntad mayoritaria, un delincuente sea el responsable de la suerte y los destinos de las comunidades. Y porque hay un Dios en el cielo, tampoco es rareza que el delincuente, depositario de una misión delicada, lo haga mucho mejor que aquel que se postula con los mejores antecedentes personales bajo el brazo.
Lo grave, lo serio de la situación es que también llegan a asumir responsabilidades extremadamente grandes y delicadas, delincuentes que sí lo son y que no tienen el más pequeño propósito de corregirse, de enmendarse. Por el contrario, asumen las responsabilidades que les caen por cualquier título, con la determinación de valerse de la situación para seguir delinquiendo, con más ganas incluso, por aquello de que hay que saber aprovechar las ocasiones.
Del que por naturaleza es delincuente, difícil resulta esperar un cambio para mejorar. El escepticismo en este aspecto, tiene infinidad de fundamentos que se refuerzan en el plano de las realidades presentes.


No hay cuero que aguante

Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina

La lucha por la vida es intensa.
Toma, lo menos, diez horas todos los días.
Y diez horas bien machucadas, con apenas unos minutos para medio rascarse la panza.
Después de diez horas de duro batallar, la mente, el cuerpo sólo exigen reposo.
La hamaca, el muelle sillón, reliquia heredada de los abuelos, las chancletas, el torso desnudo, el sueño reparador.
Mas, con cuánta sangre fría se le escamotea al que está sediento de reposo el pequeño goce de vestir el pijama y tenderse a olvidar el mundo y sus miserias.
****
Los verdugos están a la vuelta de cada esquina.
Esperan con todos sus instrumentos de tortura activados.
Una reunión. Una conferencia. Un foro.
Un simposio. Una rueda de negocios. Un encuentro sectorial.
Una exposición. Un congreso. Una asamblea.
Cumpleaños, matrimonios, nacimientos, velorios.
La inauguración del horno de tiluchi número cinco mil.
La declaratoria de "zona sin piojos, pero con garrapatas, del barrio Los Pepinos.
La colocación del primer adoquín en las playas del río de las Uñas Verdes.
****
Y por x o por z razones, el desventurado protagonista de la lucha por la vida se siente obligado a ser partícipe de tantas y tan abrumadoras sandungas.
Adiós hamaca.
Adiós muelle sillón.
Adiós sueño reparador.
Ahí va el protagonista, más muerto que vivo, para ser un actor más de la mascarada y del despilfarro.
Bebidas y comidas en abundancia y para todos los gustos.
Marcas nacionales y extranjeras en las mesas, las mejores y las de mayores precios.
Fácil de imaginar los cuentononones correspondientes al despilfarro que es cosa de todos los días.
Y pensar que luego no hay recursos para servir un desayuno nutritivo a los niños indigentes.
****
Nos hace falta un par de sindicatos.
Hay que crearlos con personalidad jurídica reconocida mediante resolución ministerial.
Uno de los sindicatos debería ser el de los organizadores de sandungas, que vendría a llenar sentido vacío en el campo institucional.
El otro, igualmente con personalidad jurídica, tendría que ser el de los sandungueros y ramas afines.
La pasarían muy bien entre ellos solamente. Los unos organizando sandungas. Los otros disfrutando de las sandungas.
Y de esta forma dejarían tranquilos a los hombres de trabajo para que disfruten de su hamaca.

 

 

Contáctese con nosotros: editorial@eldeber.com.bo

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.