La delincuencia es tan antigua como la edad del hombre.
Aparece desde los primeros tiempos de la humanidad. Los grandes sucesos que se
dieron a través de los siglos y que tuvieron como protagonistas a sujetos de
nuestra especie humana, nunca estuvieron a cubierto de la delincuencia.
Pero la delincuencia, aunque en determinadas circunstancias fue el modo de vida
de la gente con poder o de la que pugnaba por él o de facciones y aún de pueblos
ensoberbecidos por su fuerza y su impunidad, se manifestó generalmente al amparo
de las sombras, de manera subrepticia, tratando de pasar inadvertida. De la
misma manera, los delincuentes, salvo casos excepcionales, siempre se movieron,
se desplazaron en los espacios en que se consumaban sus fechorías, escondiendo
el rostro, disimulando sus culpas bajo las apariencias de la honorabilidad y de
la decencia.
Delincuencia y delincuentes, entonces, los hubo en todos los tiempos de la
historia de la humanidad. Pero, originalmente, sus manifestaciones, salvando
casos muy especiales, se daban de manera embozada pues de lo contrario se los
hacía blanco de la repulsa pública.
El delito era investigado, perseguido y castigado y, en muchos casos, de manera
extremadamente severa. El delincuente recibía el mismo trato y debía moverse con
extremo sigilo, borrarse virtualmente de los cuadros ciudadanos, desaparecer de
todos los acontecimientos comunitarios para siempre. El delincuente quedaba
automáticamente proscrito de la vida pública.
Tal vez sea imposible precisar el momento histórico en que delincuente y
delincuencia dejaron de ser taras, signos estigmatizantes y más bien, en no
pocos casos, sirvieron de instrumentos para abrirse paso y encumbrarse en las
escalas de los valores sociales, políticos y económicos. Pero de que el cambio
se operó, de que fue un hecho que a través del mal camino muchos llegaron sin
merecimientos a las alturas, ninguna duda cabe. Debió ser tormentoso, en la
historia de la humanidad, el momento aquel en que expeditas quedaron para buenos
y malos, las puertas de la respetabilidad y de la estima.
Está curado de espanto el género humano hoy en día. Ya no es una rareza que al
delincuente se le confíe, incluso voto personal directo de por medio, el mismo
género de responsabilidades que se le reconoce a una persona justa y cabal. Ya
no es una rareza que, por voluntad mayoritaria, un delincuente sea el
responsable de la suerte y los destinos de las comunidades. Y porque hay un Dios
en el cielo, tampoco es rareza que el delincuente, depositario de una misión
delicada, lo haga mucho mejor que aquel que se postula con los mejores
antecedentes personales bajo el brazo.
Lo grave, lo serio de la situación es que también llegan a asumir
responsabilidades extremadamente grandes y delicadas, delincuentes que sí lo son
y que no tienen el más pequeño propósito de corregirse, de enmendarse. Por el
contrario, asumen las responsabilidades que les caen por cualquier título, con
la determinación de valerse de la situación para seguir delinquiendo, con más
ganas incluso, por aquello de que hay que saber aprovechar las ocasiones.
Del que por naturaleza es delincuente, difícil resulta esperar un cambio para
mejorar. El escepticismo en este aspecto, tiene infinidad de fundamentos que se
refuerzan en el plano de las realidades presentes.
No hay cuero que aguante
Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina
La lucha por la vida es intensa.
Toma, lo menos, diez horas todos los días.
Y diez horas bien machucadas, con apenas unos minutos para medio rascarse la
panza.
Después de diez horas de duro batallar, la mente, el cuerpo sólo exigen reposo.
La hamaca, el muelle sillón, reliquia heredada de los abuelos, las chancletas,
el torso desnudo, el sueño reparador.
Mas, con cuánta sangre fría se le escamotea al que está sediento de reposo el
pequeño goce de vestir el pijama y tenderse a olvidar el mundo y sus miserias.
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Los verdugos están a la vuelta de cada esquina.
Esperan con todos sus instrumentos de tortura activados.
Una reunión. Una conferencia. Un foro.
Un simposio. Una rueda de negocios. Un encuentro sectorial.
Una exposición. Un congreso. Una asamblea.
Cumpleaños, matrimonios, nacimientos, velorios.
La inauguración del horno de tiluchi número cinco mil.
La declaratoria de "zona sin piojos, pero con garrapatas, del barrio Los
Pepinos.
La colocación del primer adoquín en las playas del río de las Uñas Verdes.
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Y por x o por z razones, el desventurado protagonista de la lucha por la vida se
siente obligado a ser partícipe de tantas y tan abrumadoras sandungas.
Adiós hamaca.
Adiós muelle sillón.
Adiós sueño reparador.
Ahí va el protagonista, más muerto que vivo, para ser un actor más de la
mascarada y del despilfarro.
Bebidas y comidas en abundancia y para todos los gustos.
Marcas nacionales y extranjeras en las mesas, las mejores y las de mayores
precios.
Fácil de imaginar los cuentononones correspondientes al despilfarro que es cosa
de todos los días.
Y pensar que luego no hay recursos para servir un desayuno nutritivo a los niños
indigentes.
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Nos hace falta un par de sindicatos.
Hay que crearlos con personalidad jurídica reconocida mediante resolución
ministerial.
Uno de los sindicatos debería ser el de los organizadores de sandungas, que
vendría a llenar sentido vacío en el campo institucional.
El otro, igualmente con personalidad jurídica, tendría que ser el de los
sandungueros y ramas afines.
La pasarían muy bien entre ellos solamente. Los unos organizando sandungas. Los
otros disfrutando de las sandungas.
Y de esta forma dejarían tranquilos a los hombres de trabajo para que disfruten
de su hamaca.