Todo lo que tenemos de lerdos, de cortos de miras los
bolivianos, de faltos de imaginación para encarar y resolver nuestros problemas,
lo tenemos de ágiles y eficientes para adoptar medidas autodestructivas,
devastadoras y letales.
Nadie en el mundo, en alguna parte de este planeta tierra, ha concebido y ha
patentado de manera universal, medidas tan devastadoras en perjuicio propio y de
ninguno otro como hemos hecho los bolivianos dentro de nuestra extensa y
desamparada heredad. Aunque no poseemos el dato preciso, nos parece francamente
que no pecamos de exagerados si afirmamos que una gran mayoría, si no todas, de
las medidas de fuerza de que habitualmente se vale la humanidad para pedir, para
rechazar, para protestar, tuvieron su nacimiento, su origen en Bolivia y de aquí
se expandieron por toda la faz del universo.
Tan geniales hemos sido en el lanzamiento meteórico y triunfal de medidas de
fuerza para pedir, para rechazar, para protestar, que nadie, pero absolutamente
nadie sin duda, puede ufanarse de no haber recurrido jamás a nuestro nutrido
repertorio de disconformes y de rebeldes. Si hasta un jefe de Estado, en tiempos
no muy lejanos, entusiasmado en medio de las trifulcas de los descontentos y
levantiscos, se mandó una huelga de hambre en medio de dinamitazos y de roncos
vozarrones, o sea, tal cual correspondía.
Pero irracionalmente se nos está yendo la mano. Basta apelar al sentido común
para entender que una medida de fuerza debe estar orientada directamente en
contra de quien provoca el descontento, el reclamo, la protesta. ¿Es contra el
Estado? ¿Es contra las medidas de gobierno? ¿Es contra las instituciones copadas
por la burocracia que las esteriliza, que las anula? Pues, a emplazar contra
ellos toda la artillería, a colocarlos individualmente entre la espada y la
pared.
La más injusta y dura medida de fuerza es la del bloqueo porque de ella se hace
víctima a todo el mundo, a sectores que ningún pito tocan en las
confrontaciones, incluso a los propios bloqueadores. Los bloqueos que se
organizan y se consuman sin llenar ninguna formalidad jurídica, sin respetar los
procedimientos que contemplan las leyes, privan con prepotencia a las
comunidades todas, de ese derecho fundamental inalienable que es el de circular
libremente por todo el territorio nacional. ¿Es acaso aceptable esta limitación,
sobre todo tomando en cuenta que hace tiempo que nos hemos embarcado en el
tráfago de todos los días, con el convencimiento de tener a nuestra merced las
estructuras de un estado de derecho.
¿A quiénes perjudican los bloqueos? Además de aquellos a los que se restringen
sus derechos fundamentales, que lo somos todos, a los productores grandes,
medianos y pequeños que se ven imposibilitados de llegar a los centros de
consumo y que llegan a perderlo todo, el fruto de años de esfuerzo y sacrificio,
si es que la medida inmovilizadora se prolonga más del tiempo prudencial, cosa
que generalmente sucede, el perjuicio causado por los bloqueos alcanza al
consumidor, a las amas de casa que quedan a merced de los especuladores y que
tienen que esperar milagros para medio llenar la canasta familiar. Los bloqueos
perjudican a los propios bloqueadores puesto que, guste o no, ellos también son
pueblo. Los bloqueos entraban seria y fatalmente el desarrollo de las regiones y
del país. Después de cada bloqueo se dan a conocer cifras estimativas de los
daños económicos. Tales daños se calculan por millones de dólares que,
obviamente, nadie repone, pero que agudizan nuestra pobreza generalizada.
Arma letal la del bloqueo, utilizada tan desaprensivamente sin embargo, en este
país nuestro en que de conflictos vivimos, como se dice, a la orden del día.
Cosas que nos hacen pedir la autonomía como
mínimo
Marcelo Rivero
El domingo pasado a las 10 de la noche, pasando por el tercer
anillo, quedé asombrado al observar a numerosas personas en el corredor de
Migración ya instaladas en dos filas. ¿El motivo? Gestionar al día siguiente el
pasaporte con el que podrán viajar al exterior, y unas pobres mujeres y menores
de edad “guardando campo” en los primeros lugares para cederlos por 50
bolivianos. Algunas de esas personas acomodadas en pequeñas sillas, o en
silloncitos y otras mejor “equipadas” con su estera y su colcha, todas
resignadas a pasar a la intemperie por lo bajo 11 horas antes de ser atendidas
en dicha repartición o de encontrar clientes para sus “puestos”. El martes volví
por allí a las 10.45 (siempre de la noche), me acerqué y una señora humilde,
tras ofrecerme cuatro espacios (el suyo y los de sus tres hijos) me confirmó lo
que ya sabía y que me tocó vivir en diciembre cuando tuve que renovar mi
documento para viajar, es decir, pagos extras y a tramitadores para que el
pasaporte salga en dos o tres días. Ayer a las 8.15 de la mañana torné a pasar
por el mismo sitio y lo que encontré ya no fueron dos filas de gente parada,
sentada y echada, sino un bolleo de individuos de toda edad, sexo y condición
gritando y pugnando por lugares preferentes para ser atendidos a partir de las
8.30.
En Identificación (oficinas anexas a Tránsito), el relajo más o menos es el
mismo, cientos de ciudadanos tratando de obtener o renovar su carné de
identidad, algo que al igual que el pasaporte se podría lograr en media hora (me
consta y es lo que acontece en otras partes), pero en esta dichosa ciudad somos
atendidos en una mañana y entregan la cédula en 24 ó 48 horas, por tanto hay que
volver y frecuentemente de un canto a otro del pueblo.
En esta repartición en meses pasados se anunció la desconcentración de los
servicios de Identificación aprovechando la entrega de una construcción (módulos
han dado en llamarles) por cuenta de la Alcaldía en el barrio Los Tusequis,
asimismo en la Villa 1º de Mayo. No pasó del blablablá, la tal desconcentración
no dispone ni de una máquina de escribir, peor de computadora y ni hablar de
personal y de la máquina fotográfica imprescindible, por eso la oficina central
de la avenida Santos Dumont ve recargadas sus tareas.
No ocurren barbaridades de este calibre en el interior, por ejemplo en La Paz,
como lo comenté en enero, unos familiares gestionaron sus pasaportes siendo
atendidos en oficinas con todas las de la ley en 50 minutos, y 24 horas después
sin ninguna demora les entregaron los documentos pagando por cada uno Bs.
516.50.
Estas cosas, pensé ayer, son dos de las tantas que nos hacen pedir la autonomía
como mínimo.