img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


logo_brujula.gif (1087 bytes)

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 28, Febrero de 2005

../images/blanco.gifDe todo hijo a todo padre



Freddy Pando Villalta (en memoria de FPS)

Excepcionalmente indiscutible: todos nos contaminamos, de alguna mínima o máxima manera, de nuestros padres.
Particularmente, al mío (como otros de otros padres, pues todos tienen exactamente el mismo rango de 'especiales') le debo esa inclinación por la vida, ese gusto por la cerveza, la morbosidad y libido por las mujeres. Cosas aparentemente simples, insignificantes, intrascendentes o insuficientes, que sin embargo gravitan en nosotros mucho más de lo que quisiéramos.
De todas esas cosas, quizás muchas, pocas o suficientes (ni él ni yo podemos medirlo) rescato por supuesto esa inocencia útil que su generación no supo aprovecharla en su entera dimensión. De cualquier padre, podremos rescatar esa vocación al sentimiento sinrazón, a "viva la patria e himno nacional" para quedarse con las manos vacías, lo cual es el peor desperdicio. En todo caso, muchos nos criamos contradictoriamente: entre ellos y nosotros, ¿cómo saber quién tiene la razón?
Entre hijo y padre, incluso hay una intemperancia mutua que en el fondo nos distancia por propia simetría. Curioso me resulta, ahí, comprobar cada vez cuánto nos parecíamos y cuán diferentes fuimos.

Como muchos hijos de sus padres, gestos de él dicen que me sobran. Cosas insignificantes, otra vez, que igual considero que me signan innegablemente como hijo suyo y que me dan suficiente argumento para anular toda formulación existencial: sin duda un vacío llenado del que me siento privilegiado, porque tengo la vaga certeza de que otros hijos, con el mismo derecho, quizás no gocen de tal gracia: esa cierta noción de existencia por el mero hecho de percibir ser un poquitín 'más' entre todos, por ser él, por tener un apellido.
A un padre por definición se le debe la identidad. Y la mía, a pesar de tanta discusión de por medio, resulta inobjetable: llevo, por si las dudas y por si cualquier consideración no fuera suficiente, su mismísimo nombre, aquél del que reniego siempre por una errada derivación de un inglés yanqui, que afecta ciertos varios personales.
Ahora escribo sobre él, sobre mi padre, pero espero estar haciéndolo por otros. Sería apócrifo confesar ésto como un homenaje, pero sería igualmente falso negar que no lo sea. Esta contradicción pudiera ser también suya, pues semejantes sinrazones sólo un padre contra un hijo pueden ser inculcadas con tanta docilidad.
Finalmente, reconozco que tengo el deber de concluir esto que no tiene género (ya se ha dicho que ni homenaje ni lo contrario), hablándote directamente, papá. Jodido que, también de alguna manera ignota, solapada o ladina, me estés como que obligando a estar haciéndolo, ¡tan poco que me gusta usar saco y corbata!.
Pero hecho está y no me arrepiento. Por eso te hablo para que hoy, en nombre de todos los hijos de sus padres, te sientas con el poder que todo hombre tiene sobre su vida. A negarla, a amarla, a despreciarla, a lamentarla, a gozarla.
Y te hablo a vos por descuido, distraimiento o insensatez. Por esas cosas comunes y extrañas de cuyo origen o explicación ni vos ni yo podríamos estar seguros.
Nada más tenía que decírtelo. Y vos escuchármelo.

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.