De todo hijo a todo padre
Freddy Pando Villalta (en memoria de FPS)
Excepcionalmente indiscutible: todos nos contaminamos, de alguna mínima o
máxima manera, de nuestros padres.
Particularmente, al mío (como otros de otros padres, pues todos tienen
exactamente el mismo rango de 'especiales') le debo esa inclinación por la vida,
ese gusto por la cerveza, la morbosidad y libido por las mujeres. Cosas
aparentemente simples, insignificantes, intrascendentes o insuficientes, que sin
embargo gravitan en nosotros mucho más de lo que quisiéramos.
De todas esas cosas, quizás muchas, pocas o suficientes (ni él ni yo podemos
medirlo) rescato por supuesto esa inocencia útil que su generación no supo
aprovecharla en su entera dimensión. De cualquier padre, podremos rescatar esa
vocación al sentimiento sinrazón, a "viva la patria e himno nacional" para
quedarse con las manos vacías, lo cual es el peor desperdicio. En todo caso,
muchos nos criamos contradictoriamente: entre ellos y nosotros, ¿cómo saber
quién tiene la razón?
Entre hijo y padre, incluso hay una intemperancia mutua que en el fondo nos
distancia por propia simetría. Curioso me resulta, ahí, comprobar cada vez
cuánto nos parecíamos y cuán diferentes fuimos.
Como muchos hijos de sus padres, gestos de él dicen que me sobran. Cosas
insignificantes, otra vez, que igual considero que me signan innegablemente como
hijo suyo y que me dan suficiente argumento para anular toda formulación
existencial: sin duda un vacío llenado del que me siento privilegiado, porque
tengo la vaga certeza de que otros hijos, con el mismo derecho, quizás no gocen
de tal gracia: esa cierta noción de existencia por el mero hecho de percibir ser
un poquitín 'más' entre todos, por ser él, por tener un apellido.
A un padre por definición se le debe la identidad. Y la mía, a pesar de tanta
discusión de por medio, resulta inobjetable: llevo, por si las dudas y por si
cualquier consideración no fuera suficiente, su mismísimo nombre, aquél del que
reniego siempre por una errada derivación de un inglés yanqui, que afecta
ciertos varios personales.
Ahora escribo sobre él, sobre mi padre, pero espero estar haciéndolo por otros.
Sería apócrifo confesar ésto como un homenaje, pero sería igualmente falso negar
que no lo sea. Esta contradicción pudiera ser también suya, pues semejantes
sinrazones sólo un padre contra un hijo pueden ser inculcadas con tanta
docilidad.
Finalmente, reconozco que tengo el deber de concluir esto que no tiene género
(ya se ha dicho que ni homenaje ni lo contrario), hablándote directamente, papá.
Jodido que, también de alguna manera ignota, solapada o ladina, me estés como
que obligando a estar haciéndolo, ¡tan poco que me gusta usar saco y corbata!.
Pero hecho está y no me arrepiento. Por eso te hablo para que hoy, en nombre de
todos los hijos de sus padres, te sientas con el poder que todo hombre tiene
sobre su vida. A negarla, a amarla, a despreciarla, a lamentarla, a gozarla.
Y te hablo a vos por descuido, distraimiento o insensatez. Por esas cosas
comunes y extrañas de cuyo origen o explicación ni vos ni yo podríamos estar
seguros.
Nada más tenía que decírtelo. Y vos escuchármelo.
|