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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 28, Febrero de 2005  

>>    Problema del transporte público

Desde que empezaron a circular los primeros colectivos allá por los años 60 del siglo pasado, cuando la ciudad bordeaba los cien mil habitantes y apenas pasaba del segundo anillo aunque ya se insinuaban los caseríos y las urbanizaciones con más pretensiones, surgió el problema del transporte público urbano. No era cuestión de precio del pasaje sino que los colectivos aparecían cada media hora, unos cuantos de sur a norte y otros tantos de este a oeste retornando con la misma tardanza, dejando a los usuarios bastante amolados: es que el viaje era por demás azaroso porque casi no había calles pavimentadas y los referidos vehículos en sus orígenes eran camionetas o camiones chicos adaptados, tan pequeños y con otras deficiencias que la gente -sobre todo dichos usuarios-, dio en llamarlos ‘perreras’.
Fácilmente entonces el ‘problemita’ del transporte público en Santa Cruz de la Sierra, la bullente capital oriental que se aproxima vertiginosamente al millón y medio de habitantes, ha cumplido cuatro décadas y al tema de la incomodidad le ha sumado otros peores. Ahí está la inseguridad, los recovecos que da para que los “pavos” suban o bajen en la puerta de casa, la saturación de las vías y zonas de mayor concentración humana y que por ello ninguna línea quiere dejar de pasar por ellas, el escaso -por no decir nulo- control policial y municipal para hacer respetar las reglas, el traslado a La Paz de asuntos netamente locales como es la fijación de recorridos y precios y el funcionamiento de relojes tarjeteros (¡hasta dónde llega el dichoso centralismo), el monopolio que lo mismo se contrapone a la norma vigente...
Como se aprecia, ya no se trata de un ‘problemita’ sino que estamos frente a una auténtica problemática dentro del ya complejo movimiento urbano de nuestra ciudad. Esta circunstancia determina la toma de medidas en el plazo más breve posible y para ello se debe impulsar dos cosas: la anulación inmediata de la injerencia de la Superintendencia de Transportes en temas que ignora y que no le incumben y la conformación de una comisión integrada por individuos con cabal conocimiento de esa problemática que incluye desde el precio del pasaje hasta la probable conversión de los motorizados de diésel a gas, pasando por el reordenamiento de los recorridos de las líneas de microbuses y la renovación de éstos o cuando menos una óptima reparación, garantizando en cualquier caso la seguridad y el buen servicio que merecen los usuarios.
Desde luego que el primer paso tiene que ser la revisión de la tarifa, asunto que está siendo motivo de discusiones y peleas incluso con saldo luctuoso hace algún tiempo. Cierto que los precios fijados en esa tarifa se mantienen desde hace años y que en cambio el valor de los combustibles y de los repuestos ha experimentado alzas, pero cierto también que el trato dispensado a los choferes -en materia de salarios, de horario de trabajo y de beneficios sociales-, deja mucho que desear. Estos antecedentes ameritan una revisión concienzuda del tema a cargo de expertos que representen a las autoridades, a los parlamentarios, a los organismos laborales y por supuesto a las gremios del autotransporte, vale decir, propietarios de microbuses por un lado y choferes por el otro.
Pero que se pronuncien con elevación de miras, con visión de futuro, contemplando el interés general, quizá con desprendimiento, sin olvidar la estética de esta urbe tan ultrajada, un aspecto en el cual el tráfico caótico de colectivos y taxis tiene mucho que ver. Además que se haga conciencia de que Santa Cruz de la Sierra no puede estar por años de años pendiente de huelgas, marchas, alzas y rebajas, con percances y disgustos en cada esquina y en cada parada de micros.


Los bolsillos

Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina

Los fabricantes de ropas, que hoy las confeccionan en series por miles y millones, son una especie de verdugos modernos y a cara pelada.
No usan capucha como lo hacían en la antigüedad.
Pero son tan verdugos los fabricantes de ropas en la actualidad, como los que más.
No hay día en que algún mortal, de los millones y millones a los que hacen padecer los verdugos fabricantes de ropa, no les desee que mueran en masa de disentería o de algún otro mal parecido.
Y es que los dramas de la terrible vida cotidiana, de los que todos somos protagonistas centrales, comienzan bien temprano en la casa, precisamente cuando empezamos a ponernos la ropa.
En ese momento sentimos una incurable envidia del homo sapiens porque no tenía que vestirse.
Porque chuto y muy campante se subía a los árboles o abordaba el pterodáctilo para salir a cazar dinosaurios y tiranosaurios.
****
Hoy es cosa inexcusable pasar por la ceremonia de ponerse la ropa nuestra de cada día.
Y es que ha llegado el momento de descubrir que los botones son más grandes que los ojales.
O que los ojos de los ojales están cegados.
Y vaya el pobre mortal a tratar de introducir el botón grande en un ojal pequeño o en un ojal cegado.
Lo que es yo, empiezo desesperado a los gritos.
Si a mano se me pusiera un fabricante de ropa, le torcería el cogote en ese instante o le mordería la yugular.
****
¿Va a salir a la calle con corbata porque es el día de San Roque?
¡Que Dios lo proteja.
Tendrá que abotonarse el cuello de la camisa.
Y no hay fórmula racional para lograrlo, porque el botón es muy grande o el ojal es muy estrecho o está cegado.
Puja, resuella, se sofoca como endemoniado, maldice en todas las lenguas vivas y en algunas muertas, pero el botón sigue sin encajar en el ojal maldito.
Jamás se dio forma tan cruel de torturar al ser humano.
****
Hacer pasar el cinturón por las trabas del pantalón es otra forma de tortura cotidiana.
Cada vez las tales trabas vienen más angostas.
Un cinturón corriente no pasa por la abertura de las trabas.
Tal vez una pita.
O mejor un bejuco.
Particularmente, yo estoy dejando de usar cinturón porque me agoto haciendo fuerza para deslizarlo dentro de las trabas.
Salgo pues, a la calle, sin cinturón.
Temeroso de que al cruzar la avenida a paso vivo, se me caigan los pantalones.
El revuelo que se va a armar, mi Dios.
No se puede recurrir a los suspensores porque se han pasado de moda y porque al que los usa, le brota la pinta de menonita.
Pero en verdad, la ropa está empezando a producirme urticaria. (Sigue)

 

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