Desde que empezaron a circular los primeros colectivos allá
por los años 60 del siglo pasado, cuando la ciudad bordeaba los cien mil
habitantes y apenas pasaba del segundo anillo aunque ya se insinuaban los
caseríos y las urbanizaciones con más pretensiones, surgió el problema del
transporte público urbano. No era cuestión de precio del pasaje sino que los
colectivos aparecían cada media hora, unos cuantos de sur a norte y otros tantos
de este a oeste retornando con la misma tardanza, dejando a los usuarios
bastante amolados: es que el viaje era por demás azaroso porque casi no había
calles pavimentadas y los referidos vehículos en sus orígenes eran camionetas o
camiones chicos adaptados, tan pequeños y con otras deficiencias que la gente
-sobre todo dichos usuarios-, dio en llamarlos ‘perreras’.
Fácilmente entonces el ‘problemita’ del transporte público en Santa Cruz de la
Sierra, la bullente capital oriental que se aproxima vertiginosamente al millón
y medio de habitantes, ha cumplido cuatro décadas y al tema de la incomodidad le
ha sumado otros peores. Ahí está la inseguridad, los recovecos que da para que
los “pavos” suban o bajen en la puerta de casa, la saturación de las vías y
zonas de mayor concentración humana y que por ello ninguna línea quiere dejar de
pasar por ellas, el escaso -por no decir nulo- control policial y municipal para
hacer respetar las reglas, el traslado a La Paz de asuntos netamente locales
como es la fijación de recorridos y precios y el funcionamiento de relojes
tarjeteros (¡hasta dónde llega el dichoso centralismo), el monopolio que lo
mismo se contrapone a la norma vigente...
Como se aprecia, ya no se trata de un ‘problemita’ sino que estamos frente a una
auténtica problemática dentro del ya complejo movimiento urbano de nuestra
ciudad. Esta circunstancia determina la toma de medidas en el plazo más breve
posible y para ello se debe impulsar dos cosas: la anulación inmediata de la
injerencia de la Superintendencia de Transportes en temas que ignora y que no le
incumben y la conformación de una comisión integrada por individuos con cabal
conocimiento de esa problemática que incluye desde el precio del pasaje hasta la
probable conversión de los motorizados de diésel a gas, pasando por el
reordenamiento de los recorridos de las líneas de microbuses y la renovación de
éstos o cuando menos una óptima reparación, garantizando en cualquier caso la
seguridad y el buen servicio que merecen los usuarios.
Desde luego que el primer paso tiene que ser la revisión de la tarifa, asunto
que está siendo motivo de discusiones y peleas incluso con saldo luctuoso hace
algún tiempo. Cierto que los precios fijados en esa tarifa se mantienen desde
hace años y que en cambio el valor de los combustibles y de los repuestos ha
experimentado alzas, pero cierto también que el trato dispensado a los choferes
-en materia de salarios, de horario de trabajo y de beneficios sociales-, deja
mucho que desear. Estos antecedentes ameritan una revisión concienzuda del tema
a cargo de expertos que representen a las autoridades, a los parlamentarios, a
los organismos laborales y por supuesto a las gremios del autotransporte, vale
decir, propietarios de microbuses por un lado y choferes por el otro.
Pero que se pronuncien con elevación de miras, con visión de futuro,
contemplando el interés general, quizá con desprendimiento, sin olvidar la
estética de esta urbe tan ultrajada, un aspecto en el cual el tráfico caótico de
colectivos y taxis tiene mucho que ver. Además que se haga conciencia de que
Santa Cruz de la Sierra no puede estar por años de años pendiente de huelgas,
marchas, alzas y rebajas, con percances y disgustos en cada esquina y en cada
parada de micros.
Los bolsillos
Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina
Los fabricantes de ropas, que hoy las confeccionan en series
por miles y millones, son una especie de verdugos modernos y a cara pelada.
No usan capucha como lo hacían en la antigüedad.
Pero son tan verdugos los fabricantes de ropas en la actualidad, como los que
más.
No hay día en que algún mortal, de los millones y millones a los que hacen
padecer los verdugos fabricantes de ropa, no les desee que mueran en masa de
disentería o de algún otro mal parecido.
Y es que los dramas de la terrible vida cotidiana, de los que todos somos
protagonistas centrales, comienzan bien temprano en la casa, precisamente cuando
empezamos a ponernos la ropa.
En ese momento sentimos una incurable envidia del homo sapiens porque no tenía
que vestirse.
Porque chuto y muy campante se subía a los árboles o abordaba el pterodáctilo
para salir a cazar dinosaurios y tiranosaurios.
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Hoy es cosa inexcusable pasar por la ceremonia de ponerse la ropa nuestra de
cada día.
Y es que ha llegado el momento de descubrir que los botones son más grandes que
los ojales.
O que los ojos de los ojales están cegados.
Y vaya el pobre mortal a tratar de introducir el botón grande en un ojal pequeño
o en un ojal cegado.
Lo que es yo, empiezo desesperado a los gritos.
Si a mano se me pusiera un fabricante de ropa, le torcería el cogote en ese
instante o le mordería la yugular.
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¿Va a salir a la calle con corbata porque es el día de San Roque?
¡Que Dios lo proteja.
Tendrá que abotonarse el cuello de la camisa.
Y no hay fórmula racional para lograrlo, porque el botón es muy grande o el ojal
es muy estrecho o está cegado.
Puja, resuella, se sofoca como endemoniado, maldice en todas las lenguas vivas y
en algunas muertas, pero el botón sigue sin encajar en el ojal maldito.
Jamás se dio forma tan cruel de torturar al ser humano.
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Hacer pasar el cinturón por las trabas del pantalón es otra forma de tortura
cotidiana.
Cada vez las tales trabas vienen más angostas.
Un cinturón corriente no pasa por la abertura de las trabas.
Tal vez una pita.
O mejor un bejuco.
Particularmente, yo estoy dejando de usar cinturón porque me agoto haciendo
fuerza para deslizarlo dentro de las trabas.
Salgo pues, a la calle, sin cinturón.
Temeroso de que al cruzar la avenida a paso vivo, se me caigan los pantalones.
El revuelo que se va a armar, mi Dios.
No se puede recurrir a los suspensores porque se han pasado de moda y porque al
que los usa, le brota la pinta de menonita.
Pero en verdad, la ropa está empezando a producirme urticaria. (Sigue)