En los últimos días hemos tenido la oportunidad de participar
de encuentros cívicos, culturales, empresariales, sociales y de índole diversa,
en que nuestra gente se congregó por centenares y quizás totalizó mil almas,
poco más, poco menos, en algunos de tales encuentros motivados por diversas
causas.
Lo notorio de estos encuentros fue que el tema de las autonomías, que tiene en
vilo y movilizada a la vigorosa comunidad cruceña, estuvo presente siempre, fue
el obligado centro, no sólo de los discursos protocolares, sino también de la
conversación de los asistentes. Para nada aparecía en los programas a que debían
ceñirse los encuentros aludidos la materia de las autonomía y, sin embargo, de
ello se habló desde el estrado de los oradores oficiales, y de lo mismo hubo un
constante intercambio de comentarios por el lado de la concurrencia.
Normalmente, y lo decimos porque creemos conocernos a fondo, los cruceños no
somos muy afectos a los discursos por muy buenos que ellos sean. Hombres de
acción por naturaleza, prácticos en todo sentido, preferimos actuar, avanzar
hasta cuando las dificultades para hacerlo sean mayúsculas. Por eso no dejó de
impresionarnos que en el tiempo presente, que en los últimos días de la semana
que concluye, habiendo copado el tema de la autonomía todos los discursos y
motivado todos los cambios de opinión, se le hubiera dedicado largas y
agotadoras horas y con una manifiesta concentración.
Como no podía ser de otra manera, los discursos acerca de las autonomías
coincidían en casi todos los aspectos y machacaban en torno de principios,
estrategias, ventajas, para concluir demandando firmeza, entrega total,
renovación de votos de fe y de esperanza en cuanto a la necesidad de cambiar los
viejos moldes en que se debate la república frustrada a merced del centralismo.
Una y otra vez se repetían los argumentos y una y otra vez se lanzaban las
mismas críticas y reproches en contra de los que no comulgan con la posición.
Mas pese a la reiteración y a que se abusaba en el uso del tiempo y de la
palabra, el auditorio se mantenía enfervorizado, expectante, sin dar una sola
muestra de fatiga. Para corroborar aquello de que así estaba de templado el
ambiente, el auditorio interrumpía las peroratas con sostenidos aplausos y
concluía con el grito atronador de “¡Autonomías!”
En rigor de verdad, grande, muy destacable, difícil de regular y menos todavía
de controlar semejante fervor. Hay una positiva animosidad, la que es
indispensable para llevar adelante programas y proyectos audaces.
El fervor que han encendido las autonomías no hay que desaprovecharlo, hay que
conservarlo cuando menos y, de ser ello posible, acrecentarlo. Las autonomías no
se van a dar, de ello tenemos que estar seguros, por el solo hecho de que Santa
Cruz de la Sierra esté liderando el movimiento autonomista. Para conseguir que
las autonomías salgan del plano de los ideales y se abran campo en la maltrecha
realidad nacional, es preciso crear una conciencia cabal acerca de lo que
implica el concepto autonómico, y no sólo en el ámbito de este Oriente soñador,
sino a lo largo y a lo ancho de todo el país que vive crónicamente minado por el
escepticismo
El fervor que ha eclosionado aquí en torno de las autonomías hay que encenderlo
asimismo en los valles, en las alturas y en todos los rincones del país. Difícil
de lograrlo por la falta de medios materiales para movilizarse y porque, sin
duda, no serán pocos los intereses creados que se pongan al frente dispuestos a
hacer fracasar la renovadora corriente. Pero aun reconociendo que las cosas no
se van a dar con facilidad, hay que actuar, hay que hacer cundir el fervor
autonomista. Frente a mayores desafíos nos hemos visto los cruceños y no nos ha
fallado la fórmula de la voluntad que es tan importante cuando se quiere marchar
de frente.
Santa Cruz: garante de la
unidad nacional
Dominicus
Contra toda la perversa campaña mediática tejida gratuitamente
en Occidente, surge una verdad irreversible: Santa Cruz es el garante, la única
garantía, de unidad nacional. No hay nadie más que pueda hacerlo. La Paz alguna
vez estuvo en condiciones, ya no lo está más por su proceso de declinación y por
sus agudos conflictos étnico-sociales; Cochabamba no ha sido ni lo será;
Chuquisaca fue alguna vez, pero eso ya es cosa del pasado; Oruro y Potosí
estuvieron durante el auge de la minería en lugar preponderante, ahora no lo
están; Tarija es veleidosa y cambiante, apenas puede pensar en garantizarse a sí
misma; Beni y Pando están todavía pendientes de un cambio que les permita hacer
que su futuro se transforme en presente.
Así, pues, no hay nadie, nadie más que Santa Cruz, para preservar y unir a este
país llamado Bolivia. Y esto, guste o no guste, es la realidad pura. Por tanto,
¡basta ya de anticruceñismos infantiles! Porque además lo único nacional que hay
en Bolivia es lo que hay en Santa Cruz. Todo el resto es regional. Santa Cruz,
por la diversidad de su gente, la pujanza y producción que tiene, más el
innegable liderazgo que poco a poco va ejerciendo y que tarde o temprano
terminará en hegemonía, es de lejos -repito- lo más auténticamente nacional que
tenemos en Bolivia y por tanto, la solitaria prenda de garantía para que este
país permanezca unido en su diversidad.
A estas situaciones que tan sumariamente anotamos, debe sumarse el hecho de que
Santa Cruz es aglutinadora, incluyente y cohesiva; acá marchan igual obreros,
campesinos, estudiantes, profesionales y empresarios. Y lo hacen todos del
brazo, sean blancos, mestizos, cambas o collas asentados en esta tierra bendita.
No hay divisionismos clásicos y antipáticos que, sin ir muy lejos, son típicos
de La Paz y de Cochabamba, las otras dos "troncales" del eje fundamental de
Bolivia que ahora tiene en Santa Cruz su centro de gravedad y que, en un futuro
próximo, será también sede de gobierno.
El cruceño es modesto y no aspira a hegemonías; por ahora pide su legítima
demanda de autonomía. Pero las líneas del destino están trazadas: tarde o
temprano Santa Cruz está llamada a mandar en Bolivia y mandar para bien, para
provecho de todos y para sostener unida a esta patria. No hay nadie más, que así
se entienda de una buena vez. Sin Santa Cruz no hay ninguna garantía, con Santa
Cruz Bolivia tiene todas las posibilidades de salir adelante. Este nuestro
departamento es el único aval del futuro boliviano.