Retratos de una ciudad en
Conflicto
Le ofrecemos la cara incómoda de Santa Cruz a través de fragmentos de textos de siete narradores. En ellos, la ciudad idílica se desvanece y dar lugar a un territorio de sombras, contradicciones, sexo y corrupción: un rostro que vivimos, pero a veces no vemos
La ciudad ausente
Concejo se vistió de verde y blanco por Santa
Cruz
Aniversario de Santa Cruz
La ciudad idílica, la Santa Cruz bucólica y hospitalaria sólo existe en la
mente de los que se van o de los que recuerdan tiempos pasados. La ciudad real
es despiadada y se enorgullece de la 'viveza criolla' de sus habitantes.
Escogimos fragmentos de obras de siete escritores para configurar el mapa
psicológico del cruceño. En ellos, la corrupción se mezcla con la cotidianidad y
la violencia sexual se convierte en el privilegio de los poderosos. Se trata de
ficciones crudas y profundas que enseñan la cara incómoda de Santa Cruz, una
cara molesta a la que, como Dorian Gray con su retrato maldito, nos negamos a
mirar.
Café Canal (Desapariencias)
Gustavo Cárdenas
El nombre obedecía a un acto premeditado del dueño, aquél que me había abierto
la puerta vestido como una novia. Café Canal, porque allí se canalizaba todo
tipo de trámites. En los años sesenta, la gente del Ministerio de Gobierno,
junto a un asesor norteamericano, había instalado un equipo de radiotransmisión
en la mezzanine; escucharon claramente el mensaje "tenemos a papi", cambio.
Jaque mate, cambio y fuera: el Che Guevara moría minutos después acribillado en
una escuelita de La Higuera. Al poco tiempo, un grupo de contrabandistas y
paramilitares, mientras jugaban billar, planearon el golpe de estado a Luis
Adolfo Siles Salinas. Todo lo planificado y ordenado en el Café Canal, se
realizaba. A principios de los setenta se tramó la caída de Juan José Torres.
Ascendió a la presidencia un oscuro teniente coronel de apellido Banzer. Luego
de ordenar torturas y muertes anunciadas, el Café Canal se convirtió en el
cuartel general del narcotráfico. Envíos y ajustes de cuentas, era el libreto
que se repetía. (...)
En los noventa, cuando yo visité por primera vez el Café Canal, el menú había
sido cambiado, aunque no en su totalidad: se tramitaba papeles chutos para autos
de lujo, se vendían concejalías, se compraba ministerios, se seguía armando las
consabidas componendas, se reunían en secreto los candidatos opositores y
pactaban en nombre de todos.
Ahora en los dos mil, que he vuelto al Café Canal, hay algunas sugerencias del
chef. Putitas quinceañeras para gente clase A: adinerada. Putitos musculosos
para señores B: bien maricones. Clonación de celulares con tarjeta y chip
incluidos. Historias llenas de fantasía como la que acabo de contar. Muchos que
no han probado el café bien tinto y bien dulce, dicen que son verdaderas, de
verdad.
Luna de locos
Manfredo Kempff
Mi tía Asunta, que es una perversa, le contó a mamá que me había pillado
encamada con Virgilio y que los peones de la estancia le habían chismeado que
nos espiaban cuando lo hacíamos en el corral, detrás del horno, en la cocina, en
el platanal, en el cafetal y en el río. Mi madre se hizo la desmayada y mi padre
me arreó una paliza que casi me mata. De un manazo me tiró al suelo. "¡Una puta
en mi casa! ¡Una puta en mi casa!", gritaba, colorado de rabia. Mamá se olvidó
de su desmayo y con tía Asunta lo agarraron cuando chillaba que me iba a romper
las nalgas de pecadora a patadas. Después papá sacó su revólver del velador y
juró que iba a agujerearle la barriga al pobre Virgilio por degenerado. "Abusivo
de mierda", gritaba y se ponía con la cara color violeta. "Ahorita se muere",
pensaba yo. A mí me castañeteaban las muelas de miedo y creí que mi padre me iba
a pegar un tiro.
Cuando tía Asunta le dijo, temblando, que el único remedio inteligente era que
nos casáramos, papá se sosegó y puso el revólver otra vez en el velador. Pero
seguía gruñendo. Entre ellos arreglaron todo, delante de mí, y decidieron que lo
mejor era simular una huida al campo hasta que la gente se olvidara de nosotros.
Luego volveríamos casados a hacer vida normal. Entonces aproveché para decirles
que no me bajaba la regla desde hace tiempo. Aulló mi padre de nuevo y me apretó
el cuello con sus manazas como a un pollo, hasta que sentí que mi lengua topaba
con mi nariz. "No quiero bastardos en mi familia", gritaba y corrió de nuevo al
velador, para meterse el revólver entre el cinturón y la panza.
Jonás y la ballena rosada
Wolfango Montes
El martes el gerente me llamó a su despacho y con extrema amabilidad me despidió
del banco.
-Es injusto que me bote del empleo; he cumplido con mi deber -reclamé.
- No critico tu eficiencia. Cabalmente te expulso porque trabajas con demasiada
dedicación. En poco tiempo más ganas todos los procesos y nos arruinas -me
explicó con una sonrisa de pez ladino. Usaba terno gris pasado de moda y corbata
azul más ancha que un pañuelo.
- Si denuncio este caso al Colegio de Abogados la pasará mal -amenacé
cordialmente.
- No mucho, si tus colegas perciben el bien social que practico al echar un
elemento de tu calaña. Imagina qué le ocurriría a nuestro país si todos los
ciudadanos ‘cumplieran con su deber’.
- Seríamos la Suiza de América -respondí, como buen colegial.
- Te equivocas, el país se vendría abajo. Descenderíamos del tercero al cuarto
mundo. Te explicaré la razón: si la Policía, por ejemplo, desempeñara sus
obligaciones apresaría a todos los narcotraficantes. En consecuencia, se dejaría
de bombear al país el único dinero que lo mantiene vivo: sufriríamos la hambruna
de la historia.
- Me parece que está justificando la ilegalidad -observé.
- No disculpo nada. Apenas estoy ejemplificando los efectos del "cumplimiento de
nuestro deber". Imagina qué podrá suceder el día que el Ejército se retire a
custodiar nuestras fronteras. Se crearán conflictos internacionales. Nos veremos
obligados a reclamar a los vecinos los territorios que nos usurparon antaño.
Resultado: guerra y miseria. Más nos conviene que acampen en las ciudades y
pololeen con el poder.
Las Camaleonas
Giovanna Rivero
-¿Por qué habría de estar desesperada una mujer como usted?
Amparada por mi generosa pregunta, Judy Palas se regocija en su relato:
- No es algo simple. Estoy consciente de que soy una mujer bella, es más, me
gano la vida con mi belleza, sin mucho trabajo, sin nada de esfuerzo. No sé
hacer otra cosa. Póngame usted en una cocina y le aseguro que soy capaz de
confundir la sal con el azúcar, pues en mi dieta diaria no incluyo a ninguna de
las dos. Pero de aquí en poco mis ingresos bajarán terriblemente, porque a mí me
pagan por cuerpo entero, son gajes del oficio. Quizás usted no sepa de qué estoy
hablando, pero en la industria de la belleza uno vale por kilo, es decir, no por
cuánto pesa exactamente pues entonces yo sería pobre, sino por lo que no pesa,
por lo que aparenta, por lo que luce. Mis promotores siempre han valorado mis
senos y mi rostro, ése es mi fuerte. Desafortunadamente, y éste es el motivo de
mi desesperación, pronto sólo me quedará el rostro. ¿Usted cree que yo pueda
mantener el mismo nivel de vida sólo con el rostro? ¿Qué opina?
Un día como cualquiera
Roger Otero
Paso el semáforo en rojo de la rotonda del Cristo, sin doblar, y me decido por
la recta del segundo anillo. Voy tranquilo a más de ochenta por hora hasta que
una patrulla me detiene. Me pide mi brevet en un idioma de halitosis que
despeina mi buen humor y me sumerge en una depresión por la segura multa que va
a recaer en los bolsillos de estos hambrientos oficiales. Primero cumplimos con
el protocolo acostumbrado: les doy mi brevet, me dicen que me vieron pasar la
luz roja, que no debería tener vidrios ahumados si no porto la autorización
respectiva, que me falta un guardabarros y que mi espejo retrovisor está un poco
chueco, y que por tales motivos debo acompañarlos a Tránsito, entonces yo les
insisto que todo tiene arreglo y que no es necesario llegar a tal extremo, que
todos tenemos prisa y que el asunto puede arreglarse ahí nomás.
Ellos asienten como haciéndome un extraordinario favor y me teorizan un artículo
inexistente que se olvidan con cincuenta bolivianos que dejo caer sutilmente en
el piso. "Es para la gasolina", me dicen a modo de despedida, y yo "sí, claro,
por supuesto, para la gasolina" sigo mi recorrido, pero ya con más calma.
Será justicia
(Taller del cuento nuevo)
Oscar Barbery Suárez
Dígame sinceramente, con la mano en el corazón: ¿cree usted que yo hubiera
necesitado hacer todo lo que ese viejo afirma que hice sólo para culearme a una
cunumi de catorce años? ¡Hágame el favor, doctor, en qué mundo estamos! Si lo
que sobran son mujeres. No seré un Alan Delón y cualquiera sabe que en estos
tiempos el amor ya no entra por los oídos. ¡Por la panza, doctorcito! Con una
vaquillona para toda la familia, no hay quién le haga reproches. Y claro, cómo
no; después del atracón la gente queda agradecida y es lo menos que se puede
hacer. Que el viejo diga ahora que yo me violé a su hija son huevadas; porque su
hija era bastante alegrona y me andaba jocheando: que don Ramón por aquí, que
don Ramón por allá, que sírvase un cafesito don Ramón: ¡la hubiera visto a la
tal Yuyi, bien instruida por su madre, corriendo a servirme!
(...) Ahora resulta que, según usted, yo soy el culpable del embarazo de la tal
Yuyi. ¡Qué me dice! Y no sólo del embarazo, también de haberla violado y...
¡Doctor! ¡Doctor! ¿Qué le pasa? ¿Cómo puede hacerme esa acusación? Pongamos,
doctorcito, los puntos sobre las íes. Ya le dije que sí, que reconozco que yo
estuve con la chica, pero fue sólo una vez. No hubo tal violación, se lo ruego.
La prueba de mi inocencia está en la plata que le di para ayudarla. No para que
busque un curandero y se haga un raspaje. Yo, de sentirme culpable, habría
buscado un buen médico, no un carnicero. No voy a estar mezquinando unos pesos,
que si los pierdo hoy los gano mañana, para resolver un problema así. Pero
sucede que la tal Yuyi, pelada burra, agarró esa plata que le di para ayudarla y
pasó, Dios tenga piedad de ella, lo que pasó.
(...) Mire, doctorcito, lo he pensado bien. No quiero complicarme más la
existencia, quédese con el auto. Ya se lo he dicho, es un Santana último modelo.
Véndalo si quiere y déle unos pesos a esos campesinos; que paguen las deudas
que, dizqué, les ha quedado del entierro de su hija. ¡Y que le hagan celebrar
una misa con el obispo! O si quiere, doctorcito, regálele el auto a su mujer,
porque es blanco y ese color les chifla a las mujeres. En resumen, el auto es
suyo, pero arrégleme ese problema definitivamente, para que le firme los
papeles. Y hágalo, doctorcito, lo más rápido que pueda, pues yo soy el principal
interesado en que se haga justicia.
Santo Vituperio
Homero Carvalho
"Inés, muñeca mía,
nunca me abandones
ni de noche ni de día"
Graffiti en un muro del cementerio La Cuchilla.
Al cabo de dos semanas de la muerte de Inés, la fiesta mediática parecía haber
llegado al paroxismo. La televisión fomentaba el espectáculo incentivando,
exageradamente, la atención de la comunidad. El engranaje televisivo echó a
andar la exacerbación permanente del escándalo, razón y motivo de su frágil
existencia.
Cientos de testimonios se escuchaban en las radios y en los programas
televisivos matinales: madres que, invocando el nombre de Inés, habían
recuperado a sus hijos perdidos en los mercados, amas de casa que se
encomendaban a ella, antes de salir de sus hogares, para que ninguna desgracia
les sucediera en el camino, empleadas domésticas que habían cocinado sin que
hubiera gas en las garrafas, estudiantes que aprobaron difíciles exámenes.
Trabajadoras sexuales que escaparon de brutales palizas cuando la supuesta santa
se apareció asustando a sus crueles clientes. Poetas que ganaron certámenes
literarios dedicando sus versos a Inés de las Muñecas y hasta mujeres
arrepentidas que terminaron con sus amantes de años para no seguir dañando a las
familias de éstos. Borrachos que juraban nunca más beber porque Inés se les
apareció en la madrugada cuando, entre San Juan y Mendoza, se recogían de sus
casas y les reprochó el que se hubieran gastado el dinero de la comida; una
monja que se salvó de ser violada por una pandilla levantando el nombre de la
mujer y vio, con alivio, que los jóvenes retrocedían y se santiguaban ante su
mención.
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