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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 26, Febrero de 2005

../20050226/images/es4.jpgRetratos de una ciudad en Conflicto


Le ofrecemos la cara incómoda de Santa Cruz a través de fragmentos de textos de siete narradores. En ellos, la ciudad idílica se desvanece y dar lugar a un territorio de sombras, contradicciones, sexo y corrupción: un rostro que vivimos, pero a veces no vemos


La ciudad ausente

Concejo se vistió de verde y blanco por Santa Cruz

Aniversario de Santa Cruz

La ciudad idílica, la Santa Cruz bucólica y hospitalaria sólo existe en la mente de los que se van o de los que recuerdan tiempos pasados. La ciudad real es despiadada y se enorgullece de la 'viveza criolla' de sus habitantes. Escogimos fragmentos de obras de siete escritores para configurar el mapa psicológico del cruceño. En ellos, la corrupción se mezcla con la cotidianidad y la violencia sexual se convierte en el privilegio de los poderosos. Se trata de ficciones crudas y profundas que enseñan la cara incómoda de Santa Cruz, una cara molesta a la que, como Dorian Gray con su retrato maldito, nos negamos a mirar.

Café Canal (Desapariencias)
Gustavo Cárdenas

El nombre obedecía a un acto premeditado del dueño, aquél que me había abierto la puerta vestido como una novia. Café Canal, porque allí se canalizaba todo tipo de trámites. En los años sesenta, la gente del Ministerio de Gobierno, junto a un asesor norteamericano, había instalado un equipo de radiotransmisión en la mezzanine; escucharon claramente el mensaje "tenemos a papi", cambio. Jaque mate, cambio y fuera: el Che Guevara moría minutos después acribillado en una escuelita de La Higuera. Al poco tiempo, un grupo de contrabandistas y paramilitares, mientras jugaban billar, planearon el golpe de estado a Luis Adolfo Siles Salinas. Todo lo planificado y ordenado en el Café Canal, se realizaba. A principios de los setenta se tramó la caída de Juan José Torres. Ascendió a la presidencia un oscuro teniente coronel de apellido Banzer. Luego de ordenar torturas y muertes anunciadas, el Café Canal se convirtió en el cuartel general del narcotráfico. Envíos y ajustes de cuentas, era el libreto que se repetía. (...)
En los noventa, cuando yo visité por primera vez el Café Canal, el menú había sido cambiado, aunque no en su totalidad: se tramitaba papeles chutos para autos de lujo, se vendían concejalías, se compraba ministerios, se seguía armando las consabidas componendas, se reunían en secreto los candidatos opositores y pactaban en nombre de todos.
Ahora en los dos mil, que he vuelto al Café Canal, hay algunas sugerencias del chef. Putitas quinceañeras para gente clase A: adinerada. Putitos musculosos para señores B: bien maricones. Clonación de celulares con tarjeta y chip incluidos. Historias llenas de fantasía como la que acabo de contar. Muchos que no han probado el café bien tinto y bien dulce, dicen que son verdaderas, de verdad.

Luna de locos
Manfredo Kempff

Mi tía Asunta, que es una perversa, le contó a mamá que me había pillado encamada con Virgilio y que los peones de la estancia le habían chismeado que nos espiaban cuando lo hacíamos en el corral, detrás del horno, en la cocina, en el platanal, en el cafetal y en el río. Mi madre se hizo la desmayada y mi padre me arreó una paliza que casi me mata. De un manazo me tiró al suelo. "¡Una puta en mi casa! ¡Una puta en mi casa!", gritaba, colorado de rabia. Mamá se olvidó de su desmayo y con tía Asunta lo agarraron cuando chillaba que me iba a romper las nalgas de pecadora a patadas. Después papá sacó su revólver del velador y juró que iba a agujerearle la barriga al pobre Virgilio por degenerado. "Abusivo de mierda", gritaba y se ponía con la cara color violeta. "Ahorita se muere", pensaba yo. A mí me castañeteaban las muelas de miedo y creí que mi padre me iba a pegar un tiro.
Cuando tía Asunta le dijo, temblando, que el único remedio inteligente era que nos casáramos, papá se sosegó y puso el revólver otra vez en el velador. Pero seguía gruñendo. Entre ellos arreglaron todo, delante de mí, y decidieron que lo mejor era simular una huida al campo hasta que la gente se olvidara de nosotros. Luego volveríamos casados a hacer vida normal. Entonces aproveché para decirles que no me bajaba la regla desde hace tiempo. Aulló mi padre de nuevo y me apretó el cuello con sus manazas como a un pollo, hasta que sentí que mi lengua topaba con mi nariz. "No quiero bastardos en mi familia", gritaba y corrió de nuevo al velador, para meterse el revólver entre el cinturón y la panza.

Jonás y la ballena rosada
Wolfango Montes

El martes el gerente me llamó a su despacho y con extrema amabilidad me despidió del banco.
-Es injusto que me bote del empleo; he cumplido con mi deber -reclamé.
- No critico tu eficiencia. Cabalmente te expulso porque trabajas con demasiada dedicación. En poco tiempo más ganas todos los procesos y nos arruinas -me explicó con una sonrisa de pez ladino. Usaba terno gris pasado de moda y corbata azul más ancha que un pañuelo.
- Si denuncio este caso al Colegio de Abogados la pasará mal -amenacé cordialmente.
- No mucho, si tus colegas perciben el bien social que practico al echar un elemento de tu calaña. Imagina qué le ocurriría a nuestro país si todos los ciudadanos ‘cumplieran con su deber’.
- Seríamos la Suiza de América -respondí, como buen colegial.
- Te equivocas, el país se vendría abajo. Descenderíamos del tercero al cuarto mundo. Te explicaré la razón: si la Policía, por ejemplo, desempeñara sus obligaciones apresaría a todos los narcotraficantes. En consecuencia, se dejaría de bombear al país el único dinero que lo mantiene vivo: sufriríamos la hambruna de la historia.
- Me parece que está justificando la ilegalidad -observé.
- No disculpo nada. Apenas estoy ejemplificando los efectos del "cumplimiento de nuestro deber". Imagina qué podrá suceder el día que el Ejército se retire a custodiar nuestras fronteras. Se crearán conflictos internacionales. Nos veremos obligados a reclamar a los vecinos los territorios que nos usurparon antaño. Resultado: guerra y miseria. Más nos conviene que acampen en las ciudades y pololeen con el poder.

Las Camaleonas
Giovanna Rivero

-¿Por qué habría de estar desesperada una mujer como usted?
Amparada por mi generosa pregunta, Judy Palas se regocija en su relato:
- No es algo simple. Estoy consciente de que soy una mujer bella, es más, me gano la vida con mi belleza, sin mucho trabajo, sin nada de esfuerzo. No sé hacer otra cosa. Póngame usted en una cocina y le aseguro que soy capaz de confundir la sal con el azúcar, pues en mi dieta diaria no incluyo a ninguna de las dos. Pero de aquí en poco mis ingresos bajarán terriblemente, porque a mí me pagan por cuerpo entero, son gajes del oficio. Quizás usted no sepa de qué estoy hablando, pero en la industria de la belleza uno vale por kilo, es decir, no por cuánto pesa exactamente pues entonces yo sería pobre, sino por lo que no pesa, por lo que aparenta, por lo que luce. Mis promotores siempre han valorado mis senos y mi rostro, ése es mi fuerte. Desafortunadamente, y éste es el motivo de mi desesperación, pronto sólo me quedará el rostro. ¿Usted cree que yo pueda mantener el mismo nivel de vida sólo con el rostro? ¿Qué opina?

Un día como cualquiera
Roger Otero

Paso el semáforo en rojo de la rotonda del Cristo, sin doblar, y me decido por la recta del segundo anillo. Voy tranquilo a más de ochenta por hora hasta que una patrulla me detiene. Me pide mi brevet en un idioma de halitosis que despeina mi buen humor y me sumerge en una depresión por la segura multa que va a recaer en los bolsillos de estos hambrientos oficiales. Primero cumplimos con el protocolo acostumbrado: les doy mi brevet, me dicen que me vieron pasar la luz roja, que no debería tener vidrios ahumados si no porto la autorización respectiva, que me falta un guardabarros y que mi espejo retrovisor está un poco chueco, y que por tales motivos debo acompañarlos a Tránsito, entonces yo les insisto que todo tiene arreglo y que no es necesario llegar a tal extremo, que todos tenemos prisa y que el asunto puede arreglarse ahí nomás.
Ellos asienten como haciéndome un extraordinario favor y me teorizan un artículo inexistente que se olvidan con cincuenta bolivianos que dejo caer sutilmente en el piso. "Es para la gasolina", me dicen a modo de despedida, y yo "sí, claro, por supuesto, para la gasolina" sigo mi recorrido, pero ya con más calma.

Será justicia
(Taller del cuento nuevo)
Oscar Barbery Suárez

Dígame sinceramente, con la mano en el corazón: ¿cree usted que yo hubiera necesitado hacer todo lo que ese viejo afirma que hice sólo para culearme a una cunumi de catorce años? ¡Hágame el favor, doctor, en qué mundo estamos! Si lo que sobran son mujeres. No seré un Alan Delón y cualquiera sabe que en estos tiempos el amor ya no entra por los oídos. ¡Por la panza, doctorcito! Con una vaquillona para toda la familia, no hay quién le haga reproches. Y claro, cómo no; después del atracón la gente queda agradecida y es lo menos que se puede hacer. Que el viejo diga ahora que yo me violé a su hija son huevadas; porque su hija era bastante alegrona y me andaba jocheando: que don Ramón por aquí, que don Ramón por allá, que sírvase un cafesito don Ramón: ¡la hubiera visto a la tal Yuyi, bien instruida por su madre, corriendo a servirme!
(...) Ahora resulta que, según usted, yo soy el culpable del embarazo de la tal Yuyi. ¡Qué me dice! Y no sólo del embarazo, también de haberla violado y... ¡Doctor! ¡Doctor! ¿Qué le pasa? ¿Cómo puede hacerme esa acusación? Pongamos, doctorcito, los puntos sobre las íes. Ya le dije que sí, que reconozco que yo estuve con la chica, pero fue sólo una vez. No hubo tal violación, se lo ruego. La prueba de mi inocencia está en la plata que le di para ayudarla. No para que busque un curandero y se haga un raspaje. Yo, de sentirme culpable, habría buscado un buen médico, no un carnicero. No voy a estar mezquinando unos pesos, que si los pierdo hoy los gano mañana, para resolver un problema así. Pero sucede que la tal Yuyi, pelada burra, agarró esa plata que le di para ayudarla y pasó, Dios tenga piedad de ella, lo que pasó.
(...) Mire, doctorcito, lo he pensado bien. No quiero complicarme más la existencia, quédese con el auto. Ya se lo he dicho, es un Santana último modelo. Véndalo si quiere y déle unos pesos a esos campesinos; que paguen las deudas que, dizqué, les ha quedado del entierro de su hija. ¡Y que le hagan celebrar una misa con el obispo! O si quiere, doctorcito, regálele el auto a su mujer, porque es blanco y ese color les chifla a las mujeres. En resumen, el auto es suyo, pero arrégleme ese problema definitivamente, para que le firme los papeles. Y hágalo, doctorcito, lo más rápido que pueda, pues yo soy el principal interesado en que se haga justicia.


Santo Vituperio
Homero Carvalho

"Inés, muñeca mía,
nunca me abandones
ni de noche ni de día"
Graffiti en un muro del cementerio La Cuchilla.

Al cabo de dos semanas de la muerte de Inés, la fiesta mediática parecía haber llegado al paroxismo. La televisión fomentaba el espectáculo incentivando, exageradamente, la atención de la comunidad. El engranaje televisivo echó a andar la exacerbación permanente del escándalo, razón y motivo de su frágil existencia.
Cientos de testimonios se escuchaban en las radios y en los programas televisivos matinales: madres que, invocando el nombre de Inés, habían recuperado a sus hijos perdidos en los mercados, amas de casa que se encomendaban a ella, antes de salir de sus hogares, para que ninguna desgracia les sucediera en el camino, empleadas domésticas que habían cocinado sin que hubiera gas en las garrafas, estudiantes que aprobaron difíciles exámenes.
Trabajadoras sexuales que escaparon de brutales palizas cuando la supuesta santa se apareció asustando a sus crueles clientes. Poetas que ganaron certámenes literarios dedicando sus versos a Inés de las Muñecas y hasta mujeres arrepentidas que terminaron con sus amantes de años para no seguir dañando a las familias de éstos. Borrachos que juraban nunca más beber porque Inés se les apareció en la madrugada cuando, entre San Juan y Mendoza, se recogían de sus casas y les reprochó el que se hubieran gastado el dinero de la comida; una monja que se salvó de ser violada por una pandilla levantando el nombre de la mujer y vio, con alivio, que los jóvenes retrocedían y se santiguaban ante su mención.

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