No hubo nadie que a su tiempo ponga freno al desorden. No hubo
nadie que salga al paso con firmeza, con resolución para impedir que de la
buena, de la acogedora ciudad de Santa Cruz de la Sierra se hiciera un sucio,
desagradable y maloliente mercado persa. En esta ciudad llanera, como en ninguna
otra del país, todo es posible, todo es permitido. Los propios hacen lo que les
viene en ganas. Y los que llegan de fuera se permiten faltamientos que, bajo
ningún título, les permitirían consumar en sus lugares de origen.
¿Puede haber algo tan desordenado y caótico como los mercados públicos de
nuestra ciudad? No creemos que el desorden en que se debaten los nuestros tenga
parangón. Aquí se da una mezcolanza de todo con todo, de gente sucia, con gente
enferma y sana, de la más sorprendente variedad de artículos de consumo diario
en deplorables condiciones en cuanto a higiene y presentación de refiere.
Y esa mezcolanza que de por sí provoca náuseas, se percibe en los propios
lugares de expendio, en que por igual hay madres que amamantan a sus hijos o
niños pequeños que todo lo contaminan con las manitas gruesas de mugre, y no
pocas veces al lado de un perro famélico que se rasca enloquecido las niguas y
las pulgas.
La salud de los consumidores, del pueblo en general no puede estar más
amenazada. El Dios misericordioso que hasta aquí no nos falta, permite que
sobrevivamos a esas condiciones infrahumanas en que se debaten los puestos de
venta en los mercados públicos.
Seguramente si a tiempo se imponían normas básicas de higiene, si se cortaba de
manera radical los brotes de anarquía y caos, la suerte de los mercados públicos
de esta cordial ciudad cruceña no sería tan estrujante, tan dramática. Pero
irresponsablemente se dejó hacer, se dio vía libre para que nuestros mercados
públicos, nuestros centros populares de abastecimientos se transformaran en
verdaderos chiqueros en que la inmundicia está generalizada. Vaya manera de
desempeñar la función pública. Vaya manera de servir al campanario y a su gente
resignada y hospitalaria.
A estas alturas, enderezar la cosas, si no imposible, muy difícil y sobre todo,
de costo muy alto. Los que a su modo han adquirido un derecho de propiedad sobre
los puestos de venta de los mercados de la ciudad y otros centros de
abastecimiento popular, ya están en el hábitat que mejor les acomoda, en el que
se sienten plenamente a gusto, en que a la vez que hacen sus pequeños negocios,
retozan, satisfacen sus necesidades fisiológicas y tienen a rienda corta a sus
hijos pequeños.
Atrévanse las autoridades competentes a interrumpir este pacífico dominio si es
que quieren saber lo que es canela. No sólo que levantarán coros airados de
protesta, sino que también desencadenarán manifestaciones de diversa magnitud o
abrirán las compuertas para que hagan su presentación otras duras medidas de
hecho. Sin duda alguna, muy alto es el costo que se va a tener que pagar si es
que a alguna autoridad con los pantalones bien puestos, se le ocurre restablecer
el orden, imponer la higiene, racionalizar el movimiento en mercados y otros
centros populares de abastecimiento.
De todas maneras, hay que buscar una solución, no se puede seguir como hasta
hoy. Santa Cruz de la Sierra, con mucho, es la primera ciudad de Bolivia en
importancia y es una vergüenza que sus mercados públicos den una imagen tan
desprolija, tan sucia y sinceramente, tan primitiva.
Siliconas
Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina
La mujer siempre es bella.
Algo tiene siempre digno de ver o mejor dicho, de admirar.
Feas con ganas, no existen.
Lo de ser feo está reservado exclusivamente para nosotros, los del sexo opuesto.
Y que me perdonen los Adonis si es que con este criterio los lastimo.
Lejos la intención de lastimarlos.
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Pues, siendo bellas por algún lado las hijas de Eva, no consigo explicarme por
qué están en permanente búsqueda de embellecedores naturales o artificiales.
Que unas yerbas, que unas resinas, que unas raíces, que la espalda de un sapo,
que la raspadura de la mesa.
Que una crema, que una pomada, que una inyección, que una lavativa, que una
píldora, que una cirugía, que la dieta de la luna, que la lipoaspiración, que el
masaje reductor o que el masaje agrandador, que una estiradita, que una
planchadita.
Quirófano, en fin, para de allí salir como recién comprada de la tienda o del
mercado de las Siete Calles.
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Las que están en boga a estas alturas son las siliconas.
Según ellas, las hijas de Eva, las siliconas son una maravilla.
Una bendición, aunque no se sabe si del cielo o del purgatorio
Proveen a las que no tienen nada de nada.
Aumentan a las que tienen algo de algo, pero en todo caso, muy poquito,
insuficiente.
Agrandan a las que todo de todo lo tienen grande.
Pero cuyos novios se pasan de golosos.
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Yo estoy de acuerdo con las siliconas.
Estoy de acuerdo con los recursos de que se valen las bellas para lucir más
bellas aún.
Pero no puedo impedir que me asalten algunas dudas.
¿Cómo se sienten las siliconas cuando se las pellizca?
¿O cuando dejando de lado los buenos modales y la cordura, se les dan una
mordidita?
¿Tan dulces y excitantes cuando el pellizco y la mordidita es en vivo y en
directo, o por mejor decirlo, en carne viva.
¿Se corre el riesgo de perder los dientes dando una mordidita a un pecho con
silicona?
¿Da como para romperse la uña un pellizco en un tentador glúteo siliconado?
¿Cómo suena, cuando se lo golpea, un pecho o también una nalga que han recibido
tratamiento con silicona?
¿Como golpear un cartón, o una lata, o una tambora destemplada?
Trataré de responderme a mí mismo recurriendo a una bella que ha pasado la
experiencia de la silicona.
Pero, ¿cuál de nuestras bellas con silicona, aceptará dejar pellizcarse por mí?
Ahí radica el problema.